MADRID / Las bellezas confusas

MADRID / Las bellezas confusas

Madrid. Teatro del Canal. 14-II-2020. George Benjamin, Into the Little Hill. Jenny Daviert, Camille Merckx. Idea y dirección artística: La Veronal, Marcos Morau. Director musical: Tim Murray. Instrumentistas de la Orquesta del Teatro Real

Into the Little Hill, pieza de unos cuarenta minutos, se nos presenta como una ópera. Cabe dudarlo, aunque en nuestro tiempo hemos visto óperas que tenían características aún más contrarias al género que esta obra de Benjamin. La narrativa y el teatro son especies ajenas. La segunda excluye a la primera, salvo narraciones concretas dentro de la acción dramática. La primera, en cambio, puede acoger lo teatral, lo lírico, lo ensayístico, todo. Benjamin es autor de dos óperas magistrales, Written on Skin y Lessons of Love and Violence, siempre con libretos de Martin Crimp, como en Into the Little Hill. A Lessons nos acercaremos en un próximo número de esta revista por la puesta de la Royal Opera House en 2018, y que podremos ver durante la próxima temporada del Teatro Real. Pero antes fue autor de esta obra escénica, Into the Little Hill, en el que dos voces femeninas asumen narración y personajes. La acción dramática queda escamoteada en la secuencia de estas voces a las que, por cierto, se les exige unas amplias tesituras.

Es una pieza de cámara, con un reparto que solo admite esas voces que se desdoblan, y un pequeño conjunto orquestal muy diverso, que permite una (digamos) fiestas de timbres a partir de unas células (así las considera el propio Benjamin) cuyo desarrollo y yuxtaposición forman la trama orquestal del foso, si es que hay foso y no se prefiere presentar la orquesta junto con las cantantes (así fue en París, 2006). También permite a menudo que la pieza vaya precedida de otras obras breves; del propio Benjamin, hasta el momento. Hay que constatar la belleza de ese acompañamiento y también la de las líneas vocales. Pero no encuentro el punto de unión entre ambas, ni veo tampoco situación dramática. Aceptemos que esto es otro género, y no discutamos si es ópera o no lo es. Si era necesaria una obra así para que Written on Skin llegara unos años más tarde, bendito sea.

Es considerable la confusión que crea el entramado de voces y personajes desdoblados a partir de las mismas, a pesar de los sobretítulos. El viejo cuento del Flautista de Hamelin es manipulado o adaptado aquí como una relectura sobre las atrocidades que el populismo genera desde la base de la ciudadanía, que se convierte en meros votantes irracionales. Si la cosa no es muy explicable, utilice usted la palabra poder en una bonita mezcla, y le saldrá una explicación. Por otra parte, Benjamin no pertenece a los epígonos de la generación de la vanguardia, ni mucho menos. Pasó por Messiaen, y era muy joven para las aves rapaces de Darmstadt y otras plazas “emblemáticas”.

La puesta en escena de La Veronal es de una belleza singular, considerable. Podríamos decir que es espléndida. Esas reconstrucción de todo un decorado a partir de prácticamente nada es de una sorprendente matemática, que es también belleza. Lástima que tanto la puesta como la construcción de “la casa” y la serie de danzas (espasmódicas, se diría; bueno, al menos nerviosas: pero qué dices, me susurra alguien, ¿no ves que es danza contemporánea?) nada tengan que ver con la propuesta escénica de Crimp y Benjamin. Por el contrario, añaden confusión a lo que ya es confuso en origen.  Ocurre como con los hermosos Cuentos de Hoffmann de Marthaler, la preciosa Rusalka de Herheim, que lo que vemos nada tiene que ver con lo que se canta, se actúa, se vive, se dramatiza. Nada. Los ejemplos podrían ser muchos hoy día, pero basta con esos dos. Eso sí, en este caso se cae en otra trampa escénica: cuatro bailarines espléndidos (Lorena Nogal, Marina Rodríguez, Angela Boix y Núria Navarra) presentan una coreografía se diría que en permanente staccato frenético que crea aún más confusión. Añadir coreografías así se ha hecho algo normal en los teatros europeos, y siempre con resultados de considerable confusión, cuando no de gratuidad y hasta de irrelevancia (el Orfeo de Gluck se ha prestado mucho a ello; la reciente Rusalka de Dvorák en la Opera de Flandes ha dado lugar a un titular que decía: pero ustedes por qué bailan).

Este espectáculo es un ejemplo de cómo un montón de artistas de gran nivel pueden crear un espectáculo en el que el divorcio de las propuestas es anterior al matrimonio del conjunto (por decirlo así). Jenny Daviet y Camille Merckx asumen con un gran nivel artísticos los cometidos temibles y agotadores de las dos voces femeninas que integran todos los roles, y esa hazaña queda empañada por las múltiples propuestas de la escena, que a la construcción de la casa y el empeño de la coreografía omnipresente añade la presencia de operarios para los dispositivos escénicos y, sobre todo, la propia construcción.

Los bailarines se presentan de dos en dos, lo mismo que las cantantes son dos. Marina me llama la atención sobre lo inquietante de los dobles. Tiene razón, y no es preciso remontarse a Otto Rank ni al estudiante de Praga, ni al Doppelgänger de los románticos. Pero me recuerda a Joseph Brodsky cuando analizaba cierto poema de Hardy: “La belleza de Afterwards  [es el título del poema], en su conjunto, reside en que todo se halla duplicado”. La concepción total de Marcos Morau, con la compañía La Veronal, es coherente, pese a todo. La concertación de Tim Murray es irreprochable, es colorista, como reclama la propuesta de Benjamin. Los músicos de la Sinfónica, en excelente estado.

¿Entonces…?

De todo esto se pueden sacar conclusiones, como por ejemplo: hermoso, pero confuso; confuso, pero hermoso. Excelentes artistas, propuestas que se pisan unas a otras. Sin duda, son posibles otras conclusiones. Me encantaría conocerlas, y algunas acaso consiga desarrollarlas.