MADRID / La prodigiosa versatilidad de Gerald Finley y Leo Hussain

Madrid. Teatro Real. 18-IV-2026. Gerald Finley (barítono), Leo Hussain (dirección). Orquesta Titular del Teatro Real. Obras de Mozart, Rossini, Verdi et al.
Pocos cantantes pueden hacer gala de una versatilidad tal que les permita cantar cualquier papel mozartiano de su cuerda, Verdi, Rossini y Wagner con la misma autoridad. Es el caso del bajo-barítono canadiense Gerald Finley, conocido, además de por la impecable calidad de su voz, por su enorme repertorio que abarca desde el barroco hasta la música contemporánea y todo a un nivel realmente estratosférico.
Con el título de “Amos, criados, truhanes y revolucionarios” ofreció en el Teatro Real el pasado sábado 18 de abril un programa que abarcaba los autores citados más un aria de Doctor Atomic de John Adams, en un despliegue de recursos vocales y expresivos casi sobrehumano. Perdonen la descortesía, pero el Sr. Finley pasa de los 65 años y tanto su agilidad física como su tersura vocal resultan francamente admirables, por suerte para él y para nosotros. Digo “agilidad física” porque hizo una representación semiescenificada de las arias y escenas elegidas que demandaba bastante movimiento y rapidez, con cambios de vestuario de cara al público o no; y me refiero a su tersura vocal porque no sólo interpretó un repertorio de la más alta exigencia, sino que el concierto se fue a las casi dos horas de música cantada.
Le acompañó al frente de la Orquesta Titular del Teatro Real el director británico Leo Hussain, que ya nos dejó una excelente impresión cuando dirigió Lakmé de Leo Délibes en versión concierto en 2022. Es Hussain un músico extremadamente solvente, de versiones estupendamente realizadas y fraseadas, sin grandes originalidades pero sí con muchos finos y sutiles detalles que denotan una personalidad clara que sabe lo que quiere y extrae la esencia de la partitura y lo mejor de cada músico. Un director que confía plenamente en el buen hacer de su orquesta y sus integrantes se lo devuelven con creces. Vamos, que no se puede pedir más y sobre todo teniendo en cuenta la segura escasez de ensayos dadas las agendas y el hecho de que la orquesta se halla inmersa en una serie de diez representaciones de La novia vendida de Smetana (por cierto, no se la pierdan, como recomienda también la crítica de Santiago Martín Bermúdez).
Mozart es siempre el mejor comienzo y más aún si una obertura sirve de preludio a dos arias de una misma ópera, en este caso Las bodas de Figaro. Estupendo Hussain, que encontró el equilibrio justo entre brío, elegancia, claridad expositiva y de articulaciones —incluidos los más mínimos ornamentos— fluidez discursiva y atención a cada sección. Seguidamente el director se puso al pianoforte para la transición, no a la primera aria de Fígaro sino a la segunda, “Se vuol ballare”, para la que Finley apareció en camiseta y enredando en un perchero. En perfecto acuerdo con Hussain, interpretó un criado indignado y digno, furibundo pero contenido. Siguió, mientras Finley se convertía en el Conde Almaviva aderezándose con chaleco, pajarita y levita de frac, el recitativo y aria “Hai già vinta… Vedrò mentri’io sospiro”. Solemnidad, contrariedad y lirismo fueron canalizados a través de una columna sonora de una solidez y ductilidad intachables y de unas dinámicas perfectamente controladas.
Siguiendo con los personajes mozartianos, Finley pasó a ser Leporello y Don Giovanni sucesivamente. Ataviado con una gorra, chaleco de trabajo y mochila nos desgranó el catálogo de féminas seducidas por el galán. Pero previamente, Hussain al pianoforte nos puso en antecedentes de las correrías europeas de Don Giovanni con dos sendas fugaces evocaciones del himno italiano y de La Marsellesa. Finley no ahorró teatralidad sin caer nunca en un exceso de histrionismo, pero sí imprimiendo toda la dulzura e ironía en su línea vocal a la sección central en la que describe las cualidades de las víctimas y toda su capacidad burlona en ese final tan delicado. Fantásticos Hussain y los suyos en el acompañamiento, perfectamente coordinados con el solista. Convertido en un macarra que va de boda con un smoking digno de tantas tiendas horteras especializadas en estos eventos, camisa roja brillante y gafas oscuras, nos ofreció un Don Giovanni mucho más elegante que su disfraz, ora viril y conquistador, ora falsamente caballeresco, con una afinación perfecta. Hay que destacar al solista de mandolina, un musicazo que acompañó con un gran sentido, una absoluta adecuación dinámica, un fraseo de gran delicadeza y una enorme flexibilidad. La sección donjuanesca no podía cerrarse sino con “Fin ch’han dal vino”, que Finley cantó como si nada en una interpretación llena de bravura y agilidad.
Pasó a la grand-opéra rossiniana con la preciosa obertura de Guillaume Tell. Impresionante fue la primera parte de la obra, donde esa sección de violonchelos y muy especialmente su solista llevaron a cabo un trabajo realmente fabuloso. Ese melancólico e inspiradísimo Andante, tocado únicamente por las secciones graves de la cuerda nos lleva a la cierta predilección del compositor por esos instrumentos, que le inspiró el hermosísimo Dueto para violonchelo y contrabajo, precisamente cuando cerró el periodo de ópera italiana y se tornó hacia la ópera francesa. Hussain condujo con magnífica pulsación a su orquesta de una sección a otra de la obra, dejando cantar por ejemplo al corno inglés y a la flauta ese tema tan bucólico, o permitiendo a los metales que impriman ese carácter casi diabólico al fragmento central, para terminar por todo lo alto con ese famosísimo final, que sonó seguro y controlado pero trepidante. Como debe ser. Estupendo preludio a la bellísima aria “Sois immobile” de la misma ópera, que anuncia a esos padres siempre llenos de cuitas y penas de Verdi. De nuevo, grandísima intervención del chelo solista que dibujó de forma maravillosamente sensible y delicada el carácter del aria. No diré que robó la atención para Finley, pero sí que estuvo al mismo nivel que ese soberbio Tell que interpretó el canadiense, partitura en la que —como siempre— Rossini no hace regalos a sus intérpretes: desde el registro empleado hasta las dinámicas piano en notas muy comprometidas o los grandes intervalos en fraseo muy legato. Finley dominó mostrándose vulnerable, tierno y extremadamente lírico. Una auténtica belleza.
Para terminar la primera parte del concierto, el barítono eligió un aria del primer acto de una ópera que él mismo estrenó en 2005: Doctor Atomic de John Adams. Personalmente considero que Adams es un tipo muy inteligente que sabe ser comercial, hacerse el moderno sin despeinar a su público, que a su vez se cree también muy moderno porque les gusta lo que hace. Normal. En esta aria conjuga ese minimalismo que parece una adaptación de la música electrónica a elementos acústicos en la introducción y el final, con una especie de lirismo post-romántico con una interválica apenas más audaz que la de Puccini. El resultado funciona, eso está claro y por tanto, se alaba el oficio y el conocimiento. En cuanto a la interpretación de “Batter My Heart” de Finley, no cabe duda de que está comprometido hasta el tuétano con el personaje y resultó realmente estremecedor. Como ven, fuimos de la comedia a la tragedia, cosa que, en lo dramático, se iría arreglando en la segunda parte, porque en lo musical ya anuncio que todos seguimos tan encantados.
Turno para dos de los tres Verdis shakesperianos. Otello en primer lugar, que Finley atacó en la gran escena de Jago del comienzo del Acto II, “Vanne!… Credo in un Dio crudel” en una interpretación sin histrionismos, en ese momento en el que el detestable personaje se nos muestra y se muestra a sí mismo tal como es, con orgullosa aceptación. Resultó una versión estremecedora, de enorme solidez canora y una tremenda gama de matices hasta llegar a esa terrible frase “al verme dell avel”. Muy bien el acompañamiento de Hussain, que siguió todas las intenciones de Finley al frente de una orquesta que sonó poderosa y matizada.
Siguió el “Baile de las brujas” del Acto III de Macbeth, fragmento que Verdi introdujo en 1865 como peaje habitual para estrenar cualquier ópera en el templo parisino. Y como peaje que es, hay que decir que no se trata precisamente la página más inspirada que escribiera. Aún así, Hussain le extrajo toda la gracia que por momentos tiene y dotó a la partitura de ese impulso y esa energía que hasta el Verdi más esforzado contiene. Finley se convirtió en ese rey de Escocia ya caído en “Pietà, rispetto, amore”, que interpretó con poderío y con un legato, una línea vocal y un agudo admirables, siempre magníficamente servido por Hussain y la orquesta del Real.
Para terminar el programa pasamos al mundo wagneriano con Die Meistersinger von Nüremberg, ópera que tuvimos la ocasión de ver representada en el propio Teatro Real hace casi exactamente dos años y precisamente con Gerald Finley como protagonista. La orquesta estuvo realmente fantástica en el Preludio del Acto III, con un comienzo imponente de las cuerdas y una fantástica intervención de los metales, especialmente de la sección de trompas. Ese magnífico ambiente creado por Hussain y los suyos se mantuvo en el aria “Wahn! Wahn! Überall Wahn!”, en la que Sachs se lamenta del desvarío humano al tiempo que reconoce que sin él no sería posible el arte ni la invención, de modo que la solución es dedicarlo a fines nobles. Esta aria, de enorme dificultad por implicar varios cambios de carácter y expresar pensamientos de profundo calado, es una de las más complicadas del repertorio wagneriano para barítono y hay que decir que Finley estuvo realmente fuera de serie: vocal y técnicamente impecable, poderoso, expresivo, con un fraseo lírico pero lleno de autoridad que fue estupendamente respondido por la orquesta, con un director siempre atento, imprimiendo un fraseo de largo aliento y respetando con mimo inflexiones y respiraciones. Una auténtica lección sobre interpretación wagneriana.
Ante la calurosísima respuesta del público, y como si acabara de cantar La Cucaracha (o eso parecía), Finley se pasó al musical con un nuevo cambio de chaqueta (en sentido literal). Primero “Some enchanted evening” de South Pacific y después “Edelweiss”, de Sonrisas y lágrimas, de Richard Rodgers. Si faltaba algún registro de seducción vocal, ahí lo tuvimos, además de que da gusto escuchar al canadiense en su lengua materna.
El largo aplauso del público duró más allá del encendido de las luces en claro agradecimiento a una velada muy completa de magisterio canoro y orquestal.
Ana García Urcola
(fotos: Javier del Real)


