MADRID / La OSCyL conquista el Auditorio Nacional

Madrid. Auditorio Nacional. 19-I-2025. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Viola: Antoine Tamestit. Director: Thierry Fischer. Obras de Berlioz y Chaikovski.
Si se pudiera resumir en una frase el resultado de la visita de la Sinfónica de Castilla y León a la temporada de la OCNE podría concluirse que no se escuchan tantos bravos en el Auditorio Miguel Delibes de Valladolid como hubo ayer en el Auditorio Nacional. Si, en Harold en Italia, Berlioz y Tamestit (valga la redundancia) contaron una historia extraordinaria con voz inigualable, con la Sinfonía Manfred de Chaikovski, Thierry Fischer y la OSCyL nos abrieron los ojos al arte a aquellos ignorantes que podíamos ser algo escépticos con esta partitura excelsa.
Fischer dirigió un concierto de intensidad sobrecogedora desde la introducción de Harold, que, mucho más allá de crear atmósfera, despertó la atención y la expectación mediante un juego de dinámicas con el que pintó ese mar de niebla, icono del Romanticismo, sobre el que se impone la figura de Tamestit. Antoine Tamestit, quien es evidente que ha leído los escritos de Berlioz, conoce al compositor tan bien que reconoce que, si se trata de música programática y hay un argumento detrás, hay que contarlo. Su viola no sólo es el solista de esta segunda sinfonía de Berlioz, sino también el protagonista de una historia que hay que narrar e interpretar, de ahí su deambular por las alturas y lugares del escenario. La Marcha de los peregrinos, con su sentido de avance y la vigilancia de Fischer para que los atriles más alejados no se quedasen atrás, no se conformó con mantener una homogeneidad, sino que buscó mantener el interés evitando la monotonía, sin sonar igual en ningún momento. El ataque de la Orgía de bandidos pilla a Harold sumido en sus apacibles sentimientos de serenata y un asustado Tamestit se retira del escenario para el gran solo de orquesta final. Esta representación que suele realizar el solista con su Stradivarius le confirma por encima de violistas históricos como el Harold más creíble y dramático de la historia, ergo, el mejor. Paganini también habría besado la cola de su frac en el podio, como hizo con Berlioz en 1838 en París.

Si no se ha subrayado el dificilísimo papelón de la orquesta en Harold es porque con la Manfred, Fischer ofrece una lección de dirección. A la pregunta de cómo conseguir emocionar con esta sinfonía que parece menos inspirada que la Quinta o la Patética, la respuesta que ofreció es múltiple: a través de la intensidad dramática; sacando partido y acentuando los recursos del compositor como orquestador; de sus melodías; del poder inmenso de los unísonos; de la magia del arpa; del papel sobrecogedor de contrabajos y timbal en el grave. El dramatismo en su grado máximo trasciende, en música instrumental, cualquier intención programática. Y todo ello, sólo en un primer movimiento que se dirige a un final que te deja el alma encogida.
Fischer demostró que no es una sinfonía demasiado larga, sino de profundidad insondable, sin apenas concesiones al gusto de los espectadores de su época, quienes es posible que supieran menos de música que él. Se dice que se echa de menos las bonitas melodías del autor: Jamás. El componente melódico, bien entendido, como fue el caso, es arrasador en la Manfred. En el segundo movimiento, quedó, en el despliegue chaikovskiano de juegos de timbres entre secciones, el detalle de cuánta energía se gana cuando los floreos melódicos suenan claros e iguales siempre, cuando obtienen su valor como tema (sustancia) en sí y, por el contrario, cómo ocurre lo contrario cuando quedan diluidos o quedan relegados a adorno poco relevante. Una vez en la Pastorale, Fischer vuelve a sacar oro a través de sutiles acentos o apoyos en la melodía a la rústica, entre las habituales formas de arco expresivas del compositor. En sus manos, Chaikovski parece que se supera a sí mismo en esta expresión desgarradora. La inquietud ante lo que podía deparar el Allegro con fuoco final se tradujo en una admiración por la capacidad de la OSCyL para fiarse de su director y el enorme gustazo de la aparición del tema del primer movimiento, con su portamento característico; el matiz expresivo intenso no académico de la fuga final; el aura milagrosa del arpa sobre cuerdas en registro agudo; el imperio del empuje melódico avasallador de la obra; una aparición imponente, comparable a la del Comendador en Don Giovanni, que es la del órgano en su grado exacto de volumen y presencia; y un etcétera para el que no queda espacio aquí. Gracias, Thierry Fischer, por redescubrir y abrirnos los ojos a esta sinfonía fantástica a cuantos, a través de grabaciones, no éramos capaces de comprenderla.
Enrique García Revilla


