MADRID / La luz de Porpora y la sombra de Vivaldi: Beatriz Oleaga y la OBS conquistan San Miguel

Madrid. Basílica Pontificia de San Miguel. 15-IV-2026. Beatriz Oleaga, mezzosoprano. Orquesta Barroca de Sevilla. Concertino y director: Ignacio Ramal. A. Corelli: Concerto Grosso en Fa mayor, Op. 6, nº 2; N. Porpora: Salve Regina, INP 74; G.F. Haendel: Concerto grosso en Fa mayor, Op. 6 nº 9, HWV 327; A. Vivaldi: Stabat Mater, RV 621.
En la vida del melómano los conciertos pasan como paradas en un largo viaje: unas dejan buena impresión; otras, mala. Acá uno queda impresionado por un detalle, una piedra, un árbol, un monte; allá, la indiferencia impregna los sentidos. En un lugar, uno desearía quedarse; en otro, huir como alma que lleva el Diablo. Y así. La de anoche fue una parada, una estación, en la que uno habría deseado quedarse largo tiempo, degustando las delicias de algo que no deslumbra como un rayo, sino que acompaña como un buen fuego en invierno; como la luminosa tarde de primavera que nos acompañó a la entrada de la Basílica de San Miguel, en pleno Madrid de los Austrias.
¿Qué contribuyó a la excelencia del concierto? Todo en general. En primer lugar, el marco físico. La Basílica Pontificia de Sn Miguel es una iglesia que, sin constituir un tesoro artístico extraordinario, sí posee una arquitectura y unas proporciones ideales para disfrutar de las delicatessen que se nos ofrecieron. Al menos en segunda fila. Lo he comentado muchas veces, pero nunca está de más subrayarlo de nuevo: un templo de estas características es, en la proximidad, el lugar perfecto para la música del Barroco interpretada con instrumentos y técnicas de época: hay oxígeno, una leve reverberación que, en la cercanía, proporciona un halo, un aura a voces e instrumentos que redondea el sonido, le priva de aristas y lo hace más bello. La sequedad mata a esos medios, que reverdecen a la sombra como brotes nuevos de mitsuba.
Y, luego, el programa. Un programa resultón, no vamos a negarlo, pero en absoluto trillado. Las antífonas marianas escogidas no pueden ser más bellas. El Salve Regina de Porpora se sitúa muy alto en su producción religiosa y, aunque se interna en la estética galante, lo hace con finura, elegancia y, sobre todo, sin almíbar. El Stabat Mater vivaldiano es una música devocional extraordinaria, sucinta, expresiva, triste —como no podía ser menos, al musicalizar la dolorosísima visión de María ante el cuerpo crucificado de su Hijo—, pero, como tanta otra del repertorio, escasamente escuchada en concierto. Y los conciertos… ¡qué podemos decir de las dos Op. 6 por antonomasia! La de Corelli: el canon. La de Haendel: el genio. Cualquiera de los veinticuatro conciertos habría sido una gran elección, porque aquí no hay material de relleno. Se escogieron sendos conciertos en Mi mayor (interesante contraste de tratamiento en la misma tonalidad), el nº 2 del italiano y el nº 9 del anglogermano.

Y ya llegamos al último factor que explica el rotundo éxito del concierto de anoche: los intérpretes y su desempeño. La Orquesta Barroca de Sevilla es decana del historicismo en España, treinta años atraviesan su carrera. Pioneros en algo que, en la época de su fundación, era una anomalía quijotesca. Hoy ya son conjunto veterano, consolidado, con solera y pátina. Y sonaron excelentes. A salvo algún momento puntual de falta de empaste —y casi siento decirlo, porque en absoluto empañó el resultado— se comportaron como un reloj de precisión. Pero no con la fría mecánica de otras agrupaciones; con una pasión e implicación extraordinarias. Es evidente que su concertino y director, Ignacio Ramal, tuvo mucho que ver en ello: dirigió desde el primer atril llenando la partitura de acentos, de silencios, de pequeños ritardandos, con unas dinámicas contrastadísimas, excelente en sus intervenciones solistas en los conciertos y siempre atento a la cantante en las obras vocales. Aquí hay que destacar un aspecto no menor; en las dos piezas sacras, la orquesta logró algo poco común: acompañó a la cantante sin imponerse, sin tapar, sin querer cobrar un protagonismo que no le correspondía, pero con personalidad. La orquesta estaba ahí, pero sin querer llamar la atención: una sombra poderosa, pero discreta. Un ideal de acompañamiento.
Dejo para el final a Beatriz Oleaga, la gran protagonista del concierto. La mezzo madrileña se enfrentó a dos composiciones muy contrastadas, muy diferentes en su concepción, carácter y contenido. Frente a la luminosidad galante de Porpora, la sombra desgarradora de Vivaldi. El Salve Regina exige una tesitura muy centrada, con algunas notas agudas, virtuosismo contenido y elegancia. Una Virgen María amable, delicada, amorosa, intercesora. Casi doméstica. Oleaga fue ganando expresividad a medida en que avanzaba esta música deliciosa, con un excelente fiato, voz de estupendo volumen, proyectada de forma impecable y envidiable dicción: se entendía todo. Posee un timbre cálido, con color y una técnica sólida, que le permitió manejar con maestría los pasajes de coloratura. Esperaba atento la llegada del Stabat Mater, una composición no solo transida de dolor, sino también concebida para una voz con un registro grave muy sólido, pues las notas más bajas no son solo de paso, sino que deben sostenerse con intensidad emocional. La sombra de la composición se traslada a la voz. Y aquí Oleaga se desempeñó con excelencia. Evitó entubar el sonido (algo frecuente en las mezzos cuando encaran estas tesituras) y proporcionó tanto el color vocal como el rango (Do3-Do4) sin apuros y —esto es esencial— con pasmosa naturalidad. Se han escuchado lecturas más desgarradoras, más desnudas y descarnadas, pero la que proporcionó nuestra cantante poseyó una cualidad algo más carnal y, en cierto modo, consoladora. Con teatralidad (¡es Vivaldi!), pero sin exageraciones.
En suma, un concierto con repertorio extraordinario, de duración idónea, en un marco perfecto y con unos intérpretes ideales. Una de esas paradas en las que uno se quedaría durante mucho tiempo.
Javier Sarría Pueyo
(fotos: Pablo Lorente)


