MADRID / Krimmel y Bushakevitz emocionaron (de nuevo) con Schubert, y de qué forma

Madrid. Círculo de Bellas Artes. Teatro Fernando de Rojas. Círculo de Cámara 2025-26. 15-II-2026. Konstantin Krimmel, barítono; Ammiel Bushakevitz, piano. Schubert: La bella molinera, D. 795.
Si en la mañana Zubin Mehta cerraba su concierto con la última de las Sinfonías de Schubert, la tarde nos traía, en el Círculo de Bellas Artes, el primero de los tres grandes ciclos schubertianos de lied: La bella molinera, escrito en 1823 sobre poemas de Wilhelm Müller. Bien diferente del crepuscular Viaje de Invierno que, sobre poemas del mismo Müller, Schubert escribiría en el tramo final de su vida (y que, por cierto, escucharemos en la voz de Andre Schuen en esta misma temporada del Círculo de Cámara). Pero bien diferente no implica que ese genio que era Schubert, con el único recurso de la voz y el piano, no sea capaz de tocarnos, y de qué forma, la fibra más sensible y despertar la más profunda de las emociones. Señala más que oportunamente Miguel Ángel González Barrio en sus notas al programa que el resultado de este ciclo de La bella molinera “es un relato íntimo, casi teatral, en el que el arroyo se convierte en confidente, guía y, finalmente, destino.” Apunta también, acertadamente, al papel del piano como narrador paralelo, y destaca algo que la escucha hace evidente: el giro hacia lo más lúgubre que se produce a partir del ecuador del ciclo.
No puedo, en fin, sino suscribir por completo su afirmación final: La bella molinera “sigue siendo un ejemplo insuperado de cómo la unión de poesía y música puede revelar la verdad emocional de un personaje con una profundidad que anticipa el drama psicológico moderno”. Y ello sirve de pretexto para recordar lo antes mencionado: se requiere el talento de un genio para que esa unión de poesía y música revele todo ese caleidoscopio de emociones, para que cada dibujo del acompañamiento del piano cree, cierre o introduzca el clima adecuado, a veces con una sencillez y economía que en sí misma nos asombra. La música no es tan uniformemente devastadora como la del citado Viaje de Invierno, pero Schubert la escribe en el año que muchos, no sin razón, consideran crítico, y que marca un cambio en su música, que pasa, cada vez más, a estar dominada por la tristeza. Hablamos de 1823, cuando se produce ese serio trance de salud que algunos decidieron, con no despreciable ligereza científica (como quien firma estas líneas apuntó en un artículo sobre la cuestión) que era, sin lugar a duda, sífilis.
Si el precitado universo emocional ha de llegarnos en toda su variedad y riqueza, es menester contar con quien sea capaz de transmitirlo con la adecuada fidelidad. Para empezar, un cantante que no solo posea los medios vocales, la belleza y el buen timbre de la voz, sino la sensibilidad para que cada estrofa, cada verso, a menudo con la misma música (o debería decir mejor, las mismas notas, que no es exactamente lo mismo) adquiera su significado individual, su expresión diferenciada. Porque ese era también el talento de Schubert, que incluso con las mismas notas era capaz de decir cosas diferentes. Y el piano, claro está, es mucho más que un soporte. Es, como señalaba González Barrio, el narrador paralelo, el introductor, el que resalta, matiza, pausa, cambia y ayuda en la coloración. Al teclado, pues, se requiere un músico de primera, porque de lo contrario, muchas de las sutilezas del vienés, muchas veces evidentes, otras muchas no tanto, se escaparán, y con ellas, se evaporarán las emociones.

Hace dos años, los mismos intérpretes de hoy, en este mismo ciclo y auditorio, nos dejaban con el corazón en un puño en una sobrecogedora interpretación del Viaje de Invierno. Así lo recogió quien esto firma en la reseña correspondiente (https://scherzo.es/madrid-konstantin-krimmel-y-ammiel-bushakevitz-viaje-emocionante-y-sombrio/). Hoy puede perfectamente reproducirse buena parte de lo expuesto en aquella ocasión. En efecto, Konstantin Krimmel (Ulm, 1993) y Ammiel Bushakevitz (Jerusalén, 1986) nos volvieron a dejar sobrecogidos, emocionados, admirados y con la sensación de que había que asimilar la intensidad de lo vivido. Desde la alegre canción que abre el ciclo, Das Wandern se hicieron patentes varias cosas. La voz de Krimmel, que en cada ocasión que le escuchamos parece más redonda y mejor timbrada, volvió a evidenciar la fluidez y uniformidad de todo el registro, la dinámica ancha y estupendamente graduada, el dominio absoluto de la media voz (tan importante en este mundo del lied) y la sensibilidad e inteligencia expresiva no solo para el diferente matiz de cada estrofa, sino para adornar, con gusto y elegancia, la melodía en las sucesivas reiteraciones. El barítono alemán hizo evangelio de la afirmación antes mencionada de González Barrio en cuanto a que estamos, en este ciclo schubertiano, ante un ejemplo insuperado de cómo la unión de poesía y música puede revelar una verdad emocional con una profundidad realmente asombrosa.
Krimmel nos llevó así por todos los caminos de este singular arroyo schubertiano: la ternura, la alegría, la dulzura, la pasión, la energía y, claro está, la profunda tristeza que impregna, de forma creciente, la segunda mitad del ciclo. Matices, inflexiones, reguladores (los escuchados en la cuarta canción, Danksagung an den Bach, sobre las notas de valor largo son todo un ejemplo), formidable manejo de la agógica, acentos, pausas… imposible no quedar subyugado por ese despliegue de expresión que hizo que la paleta emocional de Schubert y Müller nos llegara con excepcional impacto. Es difícil escuchar con más sincera y honda expresión ese verso (O Bächlein meiner Liebe, Wie bist du heut so stumm?) de la sexta canción (Der Neugierige), y es difícil que emocione más el sotto voce que el susurrado en la tercera estrofa de Morgengruss. Al mismo tiempo, hay que admirar la impecable articulación en Mein! o la hondura de Die liebe Farbe, en la que algunas inflexiones pusieron los pelos de punta.
Pero si Krimmel nos emocionó con un caudal inmenso de recursos, lo de Bushakevitz es de punto y aparte. El israelí nos ha deslumbrado en repetidas ocasiones (también con otros cantantes, como Anna Lucia Richter) y volvió a hacerlo ayer. Bushakevitz mostró una variedad de matices, de pulsación, de expresión, con pausas inefables (las escuchadas en la última canción son solo un ejemplo; y sí, hablo de escuchadas con toda intención), fundiéndose con Krimmel en un entendimiento perfecto y ejemplificando de manera inmejorable ese papel de narrador paralelo antes mencionado. Con un pedal siempre justo y capaz de grandes efectos, y una pulsación que tantas veces conseguía una levedad que parecía inverosímil, el pianista israelí redondeó otra actuación para el recuerdo.

Entre los dos se creó poco a poco ese clima especial de implicación que hay en las grandes ocasiones. Se explican así los largos y respetuosos segundos de silencio que siguieron al estremecedor final, hasta que los intérpretes dejaron la puerta abierta al aplauso. Estalló este con más que justificado entusiasmo, porque lo que habíamos presenciado era una de esas interpretaciones que quedan en el recuerdo durante mucho tiempo. Krimmel y Bushakevitz decidieron entonces dar la puntilla emocional a una velada de intensidad tan bella como extenuante. Ofrecieron una demoledora interpretación de la también schubertiana Letanía para el día de difuntos D 343. Para entonces, quien firma estas líneas estaba ya sin palabras y, no me avergüenza decirlo, profundamente conmovido. Habíamos asistido a una inolvidable tarde de lied schubertiano, una inolvidable tarde de música.
Rafael Ortega Basagoiti


