MADRID / Konstantin Krimmel y Ammiel Bushakevitz – Viaje emocionante y sombrío

Madrid. Círculo de Bellas Artes. Círculo de cámara 2023-24. Teatro Fernando de Rojas. 7-IV-2024. Konstantin Krimmel, barítono. Ammiel Bushakevitz, piano. Schubert: Viaje de invierno, D. 911.
Debo empezar esta reseña atípica pidiendo disculpas a los lectores, sobre todo a aquellos que tienen la santa paciencia de leerme con cierta asiduidad y se han acostumbrado a determinado estilo en mi manera de reseñar conciertos. Estilo que, en esta ocasión, va a cambiar inevitablemente. Es el caso que no estaba previsto que yo me encargara de reseñar el concierto que ahora comento, pero, por razones que no viene al caso explicar, la persona encargada de la misma no ha podido finalmente hacerla, de manera que, sin preparación previa, ni notas, ni ninguna de esas cosas que acostumbro a hacer cuando voy a una tarea planificada (manías que tiene uno), heme aquí tratando de retratar lo vivido ayer sin otro recurso que la propia memoria. El lector perdonará, por tanto, la omisión de muchos detalles presentes en otros de mis comentarios, que aquí serán necesariamente más generales precisamente por depender solo de la memoria.
Ayer mismo, a vuelapluma, y aún bajo una fuerte impresión emocional, escribía en mis redes sociales justo tras el concierto (cuando aún ignoraba que tendría que escribir estas líneas) que el Viaje de Invierno de Schubert es una obra tan magistral como emocionalmente demoledora. Esta colección de dos docenas de canciones sobre poemas de Wilhelm Müller, uno de los productos de su último año de vida, es una música que sobrecoge y estremece desde el primero al último compás. Dije ayer, y no veo razón para no reiterarlo aquí, que te rompe el alma en la primera canción y te la termina de triturar en la última. Es difícil imaginar un dibujo más perfecto de la más desolada congoja, la que pone un nudo en la garganta de esos que dificultan esa tarea tan elemental de tragar saliva. El arte de Schubert en alcanzar la perfecta fusión de música y texto le permite llevar la música a rincones más sombríos y ominosos que aquellos que se alcanzan en los textos de Müller, cuya sola lectura ya pone los pelos de punta. Lo describe muy bien Luis Gago en sus excelentes notas, citando a Joseph von Spaun: “Durante un tiempo Schubert presentaba un aspecto sombrío y parecía apesadumbrado. Cuando le pregunté qué pasaba dijo: Pronto lo oiréis y comprenderéis”, refiriéndose al Viaje de invierno. Sí, sombría, desolada congoja la que llega, con implacable carga emotiva, en esta música sublime.
Luego queda en el arte de cantante y pianista hacer el resto: resaltar las diferencias y matices entre los versos, a menudo, como en la primera o la última canción, con las mismas notas. No era fácil, por tanto, la tarea que ayer afrontaban el joven barítono alemán Konstantin Krimmel (Ulm, 1993) y el pianista israelí Ammiel Bushakevitz (Jerusalén, 1986). Porque traducir el desgarro que hay en cada nota implicándose lo justo, pero sin terminar de romperse uno mismo, es mucho más complicado de lo que al espectador puede parecerle. Y ayer, sin embargo, se dio uno de esos momentos en los que ese delicado equilibrio, esa magia singular, se consigue.
Las primeras notas del piano de Bushakevitz, en el aparentemente simple pero ya emocionante Buenas noches inicial, y luego el entero acompañamiento de esa canción, nos hizo llegar un claro mensaje: desde el teclado nos aguardaba algo muy especial. Y tanto que lo fue. Lo de Bushakevitz no fue acompañar. Fue estremecer, de la primera nota a la última, adecuar cada frase, por idénticas que fueran las notas, a la diversa intención de las palabras. Fue dibujar cada inflexión, de esas tan caras a Schubert, como verdaderas punzadas de una emoción que hiere. Fue, también, hacer música de los silencios, magistralmente manejados, espeluznantes en su significado, tan oportunamente tenebroso. Fue, en fin, obtener con el pedal los más sutiles efectos, desde el recortado de Lágrimas heladas (qué dolor en esa música y ese texto, madre mía) hasta el magistral de ese espeluznante cierre de la serie que es El zanfonista. En el camino, una sonoridad de gran belleza, riquísima en matices y colores, siempre subrayando con acierto lo que llegaba del texto (por cierto, perfectamente sincronizados los sobretítulos; encomiable labor de José Ángel Treviño).
Por su parte, Krimmel desplegó sus virtudes, que no son pocas. La voz, bonita, bien timbrada y emitida, sin problema de fluidez ni uniformidad en todo el registro, tiene presencia en el forte y delicada sutileza en el piano. Puede no tener la oscuridad imponente que nos sobrecogía en la voz de Hotter, pero el rango dinámico es amplio y maneja con gran sensibilidad esa media voz, incluso ese susurro que música y texto demandan muy especialmente para estas canciones. Porque el dolor, más aquí que nunca, es más dolor y hiere más cuando llega desde un hilo de voz. Y ayer Krimmel demostró que su canto se adecuaba perfectamente a esa laceración que Müller había desplegado en sus poemas. Así las cosas, desde la melancólica intimidad de ese mencionado Buenas noches, hasta el dulce lirismo de Sueño primaveral, coloreado este con más rotundas inflexiones cuando tocaba, pasando por la tremenda tristeza de Soledad, nos fue llegando, sin interrupciones extemporáneas (el público estaba comprensiblemente implicado en la experiencia), toda la carga emocional de esta sublime creación schubertiana, de la que es difícil salir indemne, y más cuando se escucha como lo hicimos ayer. No quiero pensar lo que puede ser cuando, con el tiempo, Krimmel profundice aún más, y seguro que lo hará, en estos pentagramas.
El estupendo barítono alemán me disculpará haber empezado por donde no suele hacerse, pero parecía oportuno, porque la demoledora carga emocional empezó en los primeros compases, en manos de Bushakevitz, y se cerró también en las suyas. Con el corazón en un puño, el público respetó en silencio los segundos, unos cuantos, que transcurrieron hasta que el pianista levantó las manos del teclado. El que suscribe, sin embargo, tardó unos cuantos más en poder reaccionar y aplaudir como merecía. Aún resonaban en mis oídos muchas estrofas, quizá esta de la sexta canción, Torrente, de forma muy especial: Han caído muchas lágrimas de mis ojos sobre la nieve; sus fríos copos absorben sedientos el ardiente dolor. Tuve la impresión de que Krimmel, al concluir, estaba también “tocado”, y que le costó algún tiempo salir del trance. No puede extrañar ello. Dije antes que es difícil salir indemne del Viaje de Invierno. Que se lo pregunten a quienes lo escucharon ayer.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: Miguel Balbuena)


