MADRID / ‘Iris’ de Mascagni: la pureza traicionada

Madrid. Teatro Real. 4.X.2025. Ermonela Jaho, Iris. Gregory Kunde, Osaka. Germán Enrique Alcántara, Kyoto. Jongmin Park, El Ciego. Carmen Solís, Dhia/Geisha. Pablo García-López, Mercader/Trapero. Íñigo Martín y David Romero, Traperos. Coro y Orquesta titulares del Teatro Real. Maestro del coro: José Luis Basso. Dirección musical: Daniele Callegari. Pietro Mascagni: Iris.
Pietro Mascagni estrenó Iris en el Teatro Costanzi de Roma el 22 de noviembre de 1898, seis años antes de Madama Butterfly de Puccini, dirigiendo él mismo. La soprano Hariclea Darclée, una de las grandes voces líricas de su tiempo —creadora también de la Tosca pucciniana—, dio vida a la inocente protagonista junto a Fernando De Lucia, legendario tenor napolitano, maestro del fraseo y del bel canto tardío, como Osaka, y Giuseppe Tisci Rubini como el Ciego. Fue un acontecimiento, aunque su fama nunca alcanzó la de Cavalleria rusticana.
Si aquella obra consagró el verismo con un realismo descarnado, Iris abrió otra puerta: la del exotismo y el simbolismo. Mascagni, sobre libreto de Luigi Illica, nos conduce a un Japón imaginario donde la joven Iris, criatura pura y soñadora, es engañada y explotada por Osaka y Kyoto. La ópera culmina en un final de rara belleza: moribunda, la muchacha se funde con la luz del sol en una transfiguración poética.
La partitura deslumbra por su orquestación —por momentos casi impresionista—, por su lirismo delicado y por páginas memorables como el Himno al sol. Es una obra que busca elevar el verismo a otra dimensión, donde el color y la atmósfera pesan tanto como la acción. Que nadie pretenda evocar aquí la orquesta de Cavalleria: la densidad, la instrumentación y la manera en que el tejido sinfónico dialoga con las voces son completamente innovadoras.

Hoy Iris puede leerse como metáfora de la vulnerabilidad femenina, de la víctima expuesta al poder y al prejuicio social. También como ejemplo de cómo Occidente ha mirado con ojos de exotismo al Oriente. Pero, sobre todo, sigue siendo una ópera que conmueve porque detrás de sus símbolos late un drama humano universal: la inocencia destruida y la necesidad de encontrar luz en la oscuridad.
El Teatro Real acierta al programar una ópera tan raramente representada, perteneciente a un repertorio —el verismo— escasamente visitado por los teatros actuales y que clama por una recuperación más decidida. Es una lástima que esta apuesta no se haya materializado con una puesta en escena, pues la versión de concierto, aunque impecable, resta impacto a una obra de tan fuerte carga teatral.
La orquesta y el coro brillaron a gran altura y triunfaron ampliamente ante un público entusiasmado. En algunos pasajes, la exuberancia orquestal oscureció las voces, algo inevitable cuando la masa instrumental no está en el foso sino sobre el escenario. Pese a ello, el maestro Daniele Callegari mantuvo la tensión dramática y supo ser lírico, sugerente o vehemente según lo pedía la partitura, culminando una velada de gran nivel. Iris es, además, un verdadero regalo para el coro, y el del Real —bajo la dirección de José Luis Basso— ofreció una actuación soberbia, especialmente en el Himno al sol que abre y cierra la ópera. Su versatilidad y entrega fueron admirables, más aún teniendo en cuenta que intercalan estas funciones entre representaciones de Otello.

Jongmin Park, con su oscura voz de bajo —aunque algo desguarnecida en el registro inferior—, aportó nobleza de acento, sobre todo en el tramo final, si bien se echó de menos mayor contraste y emoción. Carmen Solís, por el contrario, supo frasear con elegancia y convicción en su breve pero significativa intervención como Dhia, luciendo un timbre atractivo y un vibrato perfectamente controlado. Germán Enrique Alcántara mostró una voz baritonal bien manejada en un papel de carácter que ofrece más esfuerzo que lucimiento; aun así, su calidez y su capacidad de construir el personaje fueron notables. Pablo García-López cumplió con eficacia en su cometido como trapero.
Escuchar hoy a Gregory Kunde es siempre una experiencia. El tenor estadounidense, nacido en 1954 y debutante en 1978, conserva buena parte de su voz tras una carrera que abarca casi cinco décadas y un repertorio que va de Rossini al verismo, pasando por Verdi, Berlioz y la gran ópera francesa. Es cierto que el centro ha perdido cuerpo y que la unión de registros se resiente, pero el agudo —rotundo, sonoro, penetrante— sigue ahí, junto con la inteligencia y la emoción. Ver cómo resuelve la serenata de Osaka, de tesitura incómoda sobre el pasaje, o cómo enfrenta con gallardía el segundo acto, donde la orquesta parece querer sepultarlo, es un privilegio. El público madrileño, que le profesa afecto sincero, se lo reconoció con entusiasmo.

Otra artista muy querida en el Real, Ermonela Jaho, volvió a cautivar con una interpretación que fue pura emoción contenida. La soprano albanesa posee una sensibilidad extraordinaria y un instinto teatral fuera de lo común: es una actriz-cantante que necesita el espacio escénico para desplegar su universo interior. Su voz, no muy grande, pero de inconfundible color y textura, irradia verdad. En esta Iris, Jaho ofreció una lectura de conmovedora pureza: su inocencia inicial tuvo el candor de una niña que aún no conoce el mal, y su final, bañado en resignación luminosa, fue un momento de auténtico recogimiento colectivo. La temperatura emocional alcanzada en su aria del segundo acto y en el dúo con Osaka fue sencillamente arrebatadora. Su fraseo, siempre flexible y natural, convirtió cada palabra en un latido. Al final, cuando Iris se eleva hacia la luz, Jaho consiguió que el público, en silencio, respirara con ella. Una artista única, que no interpreta: habita a sus personajes.
Ricardo de Cala
Foto: Javier del Real


