MADRID / Interesante primer programa de Gimeno, Kozhukhin y la Filarmónica de Luxemburgo

Madrid. Auditorio Nacional. 6-XI-2024. Ibermúsica 24-25. Orquesta Filarmónica de Luxemburgo. Director: Gustavo Gimeno. Solista: Denis Kozhukhin, piano. Obras de Gershwin y Prokofiev.
No lo tenía fácil el titular de la Filarmónica de Luxemburgo, Gustavo Gimeno (Valencia, 1976), en la doble visita al ciclo de Ibermúsica al frente de una de las orquestas que comanda actualmente (la otra es la Sinfónica de Toronto), porque los dos conciertos de la semana pasada a cargo de la fabulosa Tonhalleorchester Zúrich con su fantástico titular, Paavo Järvi, habían puesto el listón altísimo. Tampoco, seguro, era sencillo el empeño en el plano puramente personal, porque el horror vivido estos días en Valencia encoge el ánimo de cualquier persona, y más si encima la cosa afecta a su tierra natal. De hecho, la orquesta tenía prevista Valencia como una de las etapas de su gira española, etapa que ha sido, lógicamente, cancelada.
En favor del maestro valenciano obraba el interés indudable del contenido propuesto para los dos conciertos, porque en ambos aparecen obras que se escuchan poco o nada. Buena muestra de ello es que las dos que componían el concierto que se comenta en esta reseña se interpretaban por primera vez en el ciclo de Ibermúsica (y eso es decir mucho, teniendo en cuenta que hablamos de un ciclo con más de medio siglo de existencia). En todo caso, novedad que hay que agradecer. Sobre todo si, como fue el caso, las obras que se escuchan son de calidad contrastada.
Nos dice Eva Sandoval, en las excelentes notas al programa, que el Concierto para piano de Gershwin, escrito en 1925, “es una celebración de las sonoridades populares estadounidenses”, resumen que se muestra plenamente acertado desde su mismo comienzo. Sobre un esquema tradicional en tres tiempos (rápido-lento-rápido), el compositor de Brooklyn deja volar su rica imaginación melódica y rítmica, de manera que gozamos de una música a menudo chispeante, pero también llena de un lirismo muy bien entendido desde un constante fondo de libre fantasía e improvisación, todo ello tan cercano al jazz, presente de manera muy evidente. Música admirablemente escrita en ese ámbito, que también nos lleva al sugerente mundo del blues en el tiempo lento (algún guiño recuerda la Rhapsody in Blue del propio Gershwin) y a un verdadero festín de colorido rítmico en el rondó final.
El ruso Denis Kozhukhin (Nizhni Nóvgorod, 1986), ya escuchado anteriormente en Ibermúsica en dos ocasiones, con la partitura en una tablet sobre el atril, mostró sus ya conocidas virtudes: mecanismo segurísimo, buen entendimiento de una obra que exige tanto rigor como libertad y fantasía, acertada exposición del dibujo rítmico, y buena paleta de matices, especialmente en la gama piano. El sonido, siempre cuidado, llega con redondez y belleza, pero no deslumbra por potencia, algo especialmente palpable en algunos tutti, en los que se hubiera agradecido mayor presencia del solista frente a la orquesta.
Sonó convincente, nunca excesiva, la atmósfera de improvisación conseguida por el ruso, con matices muy cuidados, especialmente en el segundo tiempo, en cuya cadencia brilló un exquisito toque leggiero. Muy buen impulso rítmico en el vibrante Allegro agitato final, coronado por un bien logrado crescendo final de la orquesta. Gimeno comandó un acompañamiento preciso y bien ajustado en el impulso rítmico, con una prestación orquestal aceptable. El solista de trompeta pudo haber ajustado más su solo inicial del segundo tiempo al prescrito pp, y también haber conseguido, en su por lo demás aseada ejecución, un sabor jazzístico que se antojó más pretendido que conseguido. Éxito en todo caso apreciable de solista, orquesta y maestro. El pianista ruso regaló una elegante y sensible lectura de The man I love, del propio Gershwin.

Muy poco después de que Gershwin escribiera su concierto, hacía lo propio Prokofiev, en 1928, con su Tercera sinfonía, sobre material procedente de su propia ópera El Ángel de fuego. Música que Gimeno conoce bien, porque ofreció de dicha obra una estupenda interpretación en el Teatro Real en el año 2022. Y, en efecto, como en la ópera, estamos ante una música que apenas deja respiro en un clima que parece constantemente inquietante, tenso, ominoso, que se mueve entre un constante desasosiego y momentos en los que penetra abiertamente en lo tenebroso y hasta lo violento. Música intensa, de las de alto voltaje, que muchas veces se antoja furiosa en el carácter a menudo decididamente agresivo. En el trasfondo, como señalé en su día al reseñar la ópera de la que procede el material de la sinfonía, hay mucho de psicosis, de delirio.
Gimeno es maestro de mando firme y decidido, gesto atento, preciso en la intención, expresada con diáfana claridad. El movimiento de brazos es fogoso, amplio incluso cuando la música se desarrolla en matices más intimistas. Brazos que marcan con precisión y demandan con nitidez, con una mano izquierda que dibuja, planifica y sugiere planos, matices y acentos. Como antes se apuntó, conoce bien estos pentagramas. Lo demostró una vez más, con una interpretación bien construida. Fue ello evidente en el rotundo, siniestro inicio de la obra, en muchos tramos del obsesivo primer movimiento y en el tenebroso final de este, pero también en los endiablados múltiples divisi del tercer tiempo, razonablemente resueltos en su abigarrada textura, como acertadamente la califica Sandoval en sus notas. Convincente la conclusión impactante de éste, como la del movimiento final de la obra.
Quien esto firma quedó, sin embargo, con la sensación de que fueron mejores las intenciones que los resultados. La Filarmónica de Luxemburgo se nos antojó, en su visita anterior (2022), una formación esforzada, de ajuste estimable, pero sin la medida última de finura en muchos matices. No encontré ayer motivo para modificar esa apreciación. Faltó (sirva el mencionado antes del trompeta como ejemplo) esa finura en el matiz, especialmente en unos metales que cumplen pero están lejos de deslumbrar. Destaca para bien una madera generalmente solvente (menciones especiales para los solistas de fagot, oboe y clarinete). La cuerda, razonablemente bien empastada, salvó con más solvencia que impacto los numerosos escollos de la temible partitura, pero se echó en falta más presencia, más densidad en su sonido, sin las cuales la música no termina de impactar con la tremenda intensidad que sin duda contiene.
Éxito apreciable, en todo caso, del excelente maestro valenciano, que regaló una muy bien planteada lectura de Máscaras, del ballet Romeo y Julieta del propio Prokofiev, en la que también hubiéramos deseado más presencia de una cuerda que, en ese número, es la gran protagonista de la música.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: Rafa Martín/Ibermúsica)


