MADRID / ‘I masnadieri’: éxito personal de Lisette Oropesa y gran sorpresa de Nicola Alaimo

Madrid. Teatro Real. 10.II.2026. Massimiliano, Alexander Vinogradov. Carlo, Piero Pretti. Francesco, Nicola Alaimo. Amalia, Lisette Oropesa. Arminio, Alejandro del Cerro. Moser, George Andguladze. Rolla, Albert Casals. Orquesta y Coro Titulares del Teatro Real. Director del coro: José Luis Basso. Director musical: Francesco Lanzillotta. Verdi: I masnadieri
Excelente propuesta del Teatro Real al incluir en su programación I masnadieri, obra infrecuente y llena de interés. Es una lástima que se haya ofrecido en versión de concierto en lugar de escenificada. Comprendo la cautela: no estamos ante el Verdi de mayor fuerza teatral y, además, la partitura se escucha muy bien en formato concertante. Pero, en mi opinión, la ópera es, ante todo, teatro.
I masnadieri ocupa un lugar singular en la producción de Giuseppe Verdi. Estrenada en 1847, pertenece al periodo conocido como ‘de galeras’ del compositor, pero revela ya una ambición dramática que trasciende el molde habitual se sus primeras óperas. No es una obra perfecta, aunque sí profundamente reveladora: en ella late la voluntad de confrontarse con un teatro de ideas, pasiones extremas y conflictos morales heredados de Friedrich Schiller.
Conviene recordar la enorme importancia del teatro romántico en la Europa del siglo XIX. Antes de que la novela se consolidara como gran vehículo de las ideas modernas, el escenario era el espacio donde se debatían la libertad individual, la rebelión contra el poder, la culpa, el destino y la violencia moral. En ese contexto, Schiller fue una figura capital, de prestigio inmenso, comparable durante décadas al de Goethe. Que hoy su nombre no resuene con igual fuerza dice más de nuestros hábitos culturales que de su verdadera estatura histórica.

Schiller fue, de hecho, el autor teatral que más influyó en Verdi, incluso por encima de Shakespeare, al que el compositor dedicó solo tres óperas. A Schiller recurrió en cuatro ocasiones: Giovanna d’Arco, I masnadieri, Luisa Miller y Don Carlo. En todas ellas halló un universo dramático marcado por la libertad, el conflicto entre deber y deseo, la figura del padre y la lucha del individuo frente a estructuras opresivas. I masnadieri, basada en Die Räuber (Los bandidos), lleva estos temas al extremo: enfrentamiento fratricida, idealismo pervertido y violencia como vía de escape recorren toda la partitura.
El estreno tuvo lugar en Londres, en el Her Majesty’s Theatre, el 22 de julio de 1847, y constituyó un acontecimiento social y artístico de primer orden. Londres era entonces una plaza esencial para Verdi, escaparate internacional que consolidaba su prestigio fuera de Italia. El reparto fue extraordinario: la legendaria Jenny Lind, el “ruiseñor sueco”, dio vida a Amalia, mientras Luigi Lablache, uno de los bajos más imponentes del siglo, encarnó al Conde Massimiliano con autoridad trágica.
Aunque I masnadieri ha sido siempre una ópera poco frecuentada, en las últimas décadas ha conocido recuperaciones relevantes en teatros como la Scala, la Royal Opera House o el Festival de Salzburgo. Escucharla hoy es asomarse a un Verdi todavía joven, impetuoso, que busca en Schiller un espejo ético y emocional y que ya traza el camino hacia el gran teatro musical del siglo XIX.
Desde el punto de vista vocal, la obra responde plenamente a las exigencias del primer Verdi y propone un cuarteto protagonista tan atractivo como ingrato. Carlo exige un tenor generoso, lírico y heroico; Francesco, un barítono oscuro de fraseo incisivo; Amalia, una soprano de amplia extensión y flexibilidad belcantista; y Massimiliano, un bajo noble capaz de transmitir dignidad y dolor sin excesos. El equilibrio entre estos cuatro polos resulta decisivo para que la ópera despliegue su fuerza teatral.
Volver al llamado Verdi ‘de galeras’ siempre resulta refrescante y vibrante: es reencontrarse con la ópera en su energía más directa, con aquella tradición en la que muchos crecimos. Y, en definitiva, significa disfrutar en el teatro. La representación del Real colmó sobradamente las expectativas. El coro, con numerosas intervenciones brillantes, se mostró arrojado y contundente, con un músculo vocal rotundo —quizá, solo quizá, de presencia sonora excesiva—. La orquesta confirmó el gran momento que atraviesa, mientras Lanzillotta apostó por un sonido netamente verdiano: tempi animados, fuerza, vibración y ausencia de decaimientos. Mención especial merece el violonchelo solista en el preludio, de intervención sobresaliente. A ello se sumó un sólido grupo de comprimarios, vocalmente por encima de lo exigido por sus breves cometidos.
Alexander Vinogradov posee una auténtica voz de bajo, rareza en los tiempos actuales: timbre cavernoso, materia sonora y buen dominio del instrumento. Cierta inexpresividad puede sugerir una presencia que emerge como magma profundo dentro del conjunto.
Piero Pretti fue creciendo a lo largo de la noche en el ingrato papel de Carlo. Aunque Verdi reserva al tenor dos arias, estas contienen más oficio que inspiración y apenas ofrecen verdadero lucimiento. Pretti cumplió con solvencia y conocimiento estilístico, brillando especialmente en el trío final, donde obtuvo el aplauso del público.

La gran sorpresa llegó con Nicola Alaimo, sustituto de última hora de Mattia Olivieri. Ya conocíamos su arte, pero no en un papel de tal densidad dramática. Dominador de las medias voces y del claroscuro expresivo, desplegó una amplia messa di voce y un fraseo elocuente que evocó, en la memoria, al gran Giuseppe Taddei. Su servicio al compositor fue ejemplar. Si quisiéramos buscar objeciones, podríamos pedir agudos más compactos y expansivos; pero todo resulta secundario cuando el canto posee tal inteligencia.
Lisette Oropesa logró un triunfo personal rotundo, hasta el punto de bisar la cabaletta de su aria del segundo acto, interpolando un sobreagudo (Mi natural 5) que desató el entusiasmo del público. Su voz, de volumen contenido, pero de proyección limpísima, revela una técnica refinada. Dueña de la coloratura y de un trino admirable, se muestra hoy plenamente idónea para Amalia. A ello se suma la evidente corriente de afecto que mantiene con el público madrileño.
En definitiva, una gran noche de ópera en la que solo se echó en falta la escenificación y que reaviva, si cabe, el deseo de seguir explorando el Verdi menos conocido.
Ricardo de Cala
[Fotos: Javier del Real]


