MADRID / ‘I Lombardi alla prima Crociata’: ¡viva el joven Verdi!

Madrid. Teatro Real. 6.VII, 2025. Lidia Fridman. Francesco Meli. Iván Ayón Rivas. Marco Mimica. Miren Urbieta-Vega. David Lagares. Josep Fadó. Manuel Fuentes. Mercedes Gancedo. Orquesta y coro titulares del teatro Real. Maestro de coro, José Luis Basso. Director musical, Daniel Oren. Giuseppe Verdi. I Lombardi alla prima crociata (versión de concierto)
Gran acierto del Teatro Real de Madrid en programar estos Lombardi alla prima Crociata, título interesante de aquellos denominados “años de galera” del maestro, apenas visible en los teatros del planeta. Se vislumbra en él a un Verdi en plena búsqueda estilística, donde ya emergen indicios de la madurez compositiva que alcanzará más adelante, como lo evidencia el célebre terceto. Se trata de una ópera que se puede escuchar en versión de concierto, pero sin duda habría dado más juego en versión escenificada.
I Lombardi fue estrenada en el teatro alla Scala de Milán el 11 de febrero de 1843 con un éxito apabullante. Retoma la línea épica inaugurada con Nabucco, que ya había cosechado un rotundo éxito en este mismo teatro apenas un año atrás. Inteligentemente, Verdi repite el esquema de arias, cabalettas vibrantes y coros con un potente vector nacionalista que tanto entusiasmo despertaron en la ópera precedente.
El coro Va, pensiero emocionó en Nabucco, pero O Signore, dal tetto natio alcanzó un fervor aún mayor, reforzado por la identificación del público milanés con los lombardos medievales. Basta recordar que al levantarse el telón, muchos reconocieron de inmediato la iglesia de San Ambrosio, patrón de Milán.
Para este estreno, el empresario Bartolomeo Merelli contrató a dos cantantes excepcionales de la época: la soprano Erminia Frezzolini y el tenor Carlo Guasco. La primera fue una extraordinaria soprano sfogato que alternaba I Puritani con Maria di Rohan o Ernani y que en la primera temporada del Teatro Real ofreció nueve títulos. Guasco también estrenó para Verdi Ernani y Attila, y para Donizetti Maria di Rohan. Nos encontramos por tanto con un tenor al que sin duda podemos calificar de histórico.

Sin embargo, el verdadero protagonista de Lombardi, el que más canta, es, sin ninguna duda, el coro. El titular del Teatro Real evidenció lo que ya sabíamos: que es magnífico. A las órdenes del maestro José Luis Basso se mostró enérgico, dulce, fraseador, compacto, capaz de medias voces y de cumplir con brillantez a todas las demandas, que son muchas, previstas por Verdi para ellos. El público lo reconoció ampliamente y fue uno de los triunfadores de la velada.
Daniel Oren, conocedor del repertorio y con muchos años de experiencia, manejó con sabiduría los conjuntos del Real ofreciendo una dirección rica, matizada, poderosa, vibrante, reivindicando las virtudes de este Verdi juvenil al que —cada vez estoy más convencido— hemos tardado demasiado en volver la mirada. En la prestación orquestal merece mención especial la concertino Gergana Gergova, cálida y expresiva en sus delicados solos de violín.
Francesco Meli fue un espléndido Oronte. Es un tenor que canta con finura, que conoce el canto legato y sabe que con Verdi hay que alternar momentos de slancio con mordiente y otros con medias voces y pianos. La voz suena hermosa, bien proyectada, si bien en algunos momentos en el canto a media voz el instrumento pierde la altura de la posición y la soldadura de los registros no es perfecta. Pero nada de esto empañó una brillante actuación, impecable en la caracterización del personaje y en la que cabe destacar su famosa aria de salida, La mia letizia infondere, así como su fantástica prestación en el maravilloso terceto, donde las grabaciones históricas no lo ponen nada fácil.

Arvino es un segundo tenor con toda la barba, lejos del típico comprimario. Este papel requiere un tenor sólido, capaz de afrontar un papel vocalmente comprometido. E Iván Ayón Rivas lo fue con creces: su presencia en el reparto fue, sin duda, un auténtico lujo.
El papel de Giselda resulta francamente exigente. Inicialmente estaba prevista Anna Pirozzi para afrontarlo, pero una indisposición la obligó a desistir, planteando un desafío nada sencillo para la producción. Lidia Fridman enfrentó este reto con solvencia y profesionalidad. Sus mejores momentos los encontramos en la intervención solista del primer acto, destacando por el uso controlado de medias voces y un centro de tono sombreado. Sin embargo, sus limitaciones afloraron en el exigente segundo acto, donde el registro agudo extremo la puso en algún apuro.

Pagano es un gran papel para un bajo que posea un dominio indiscutible del registro agudo. Su tesitura es inclemente y exige del cantante un dominio de todos los resortes del bel canto. Mimica es un bajo-barítono con buenas intenciones, sobrio, musical y aplicado. Alguna dureza se manifestó en algún momento de esa complicada tesitura, pero sobre todo eché de menos intención, calor y expresividad. Cantar las notas no es suficiente, hace falta ese plus que da el salto al teatro musical. El resto del reparto mantuvo el alto nivel al que este teatro nos tiene acostumbrados.
En resumen, no es un Verdi que te empuje a invadir Polonia, pero sí a cruzar la Toscana en descapotable gritando Di quella pira como si no hubiera un mañana.
Ricardo de Cala


