MADRID / Herreweghe volvió a sentar cátedra con Bach

Madrid. Auditorio Nacional. 30-I-2025. La Filarmónica. Orquesta y Coro del Collegium Vocale de Gante. Grace Davidson, soprano. Alex Potter, contratenor. Guy Cutting, tenor. Kresimir Strazanac, bajo. J.S. Bach: Cantatas “Warum betrübst du dich, mein Herz” BWV 138, “Liebster Gott, wenn werd ich sterben” BWV 8 y “Die Elenden sollen essen” BWV 75.
La colosal colección de cantatas de Bach es, sin la menor duda, una de las mayores joyas de la historia de la música. Cada una de ellas es una maravilla, y uno no puede dejar de imaginar lo que tuvo que ser disponer de una nueva cada semana y cada festividad desde que Bach se hizo cargo, en 1723, del puesto de Cantor en la Iglesia de Santo Tomás de Leipzig. Colosal es la calidad, y colosal la dimensión. Más de 200 han llegado a nuestras manos, pero hay muchas más que se han perdido. En todo caso, poder disfrutar de algunas, por intérpretes de la mayor garantía, es un lujo que no hay que dejar pasar.
Y ha sido uno de los máximos intérpretes vivos de la obra coral bachiana, el maestro belga Philippe Herreweghe (Gante, 1947), el encargado de hacernos disfrutar tres de estas alhajas, al frente de los conjuntos que él mismo fundara hace más de medio siglo, en 1970. Las cantatas ¿Por qué te afliges, corazón mío? BWV 138, para el decimoquinto domingo tras la Trinidad, estrenada en septiembre de 1723, Amado Dios, ¿cuándo moriré? BWV 8, compuesta para el decimosexto domingo tras la Trinidad y estrenada en septiembre de 1724, y Los pobres comerán hasta saciarse BWV 75, para el primer domingo tras la Trinidad, estrenada en mayo de 1723, componían el programa, con la última, de dimensión más ambiciosa (catorce números en dos partes), ocupando la segunda mitad del concierto.
El esquema de todas ellas era el habitual en las cantatas bachianas: Coros iniciales, alternancia de arias y recitativos de solistas vocales con acompañamiento instrumental, y corales al final. En el caso de la BWV 75, dividida en dos partes, con un mismo coral (Lo que Dios hace, bien hecho está) repetido al final de cada una de las dos partes de la obra, y una sinfonía que actúa como primer número en la segunda parte. Las tres cantatas emplean un orgánico instrumental similar: violines I y II, viola, y continuo (órgano positivo, fagot, chelo y contrabajo), maderas (en la BWV 75 dos oboes y un oboe d’amore, en la BWV 138 dos oboes d’amore y en la BWV 8 dos oboes d’amore y Traverso). La trompeta, además de encargarse del cantus firmus en la cantata BWV 75, es protagonista en el aria de bajo Mi corazón cree y ama de la misma obra. Herreweghe, además, siguiendo la tendencia de otros (Sigiswald Kuijken, con la Netherlands Bach Society, por ejemplo), empleó además un instrumento que se escucha poco y se ve menos, la tromba da tirarsi, una suerte de trompeta de varas de sonido algo más apagado, que Herreweghe empleó con discreción en los dos corales repetidos de esa obra (Lo que Dios hace, bien hecho está). El belga empleó un conjunto de cuerda de 3/3/2/2/1 y un coro de 12 voces, estupendas, por cierto, del que también formaban parte los cuatro solistas.
Es difícil describir con fidelidad y justicia lo que la música coral de Bach supone. Es mucho más que la perfección bien conocida y admirada. Es algo que trasciende esa perfección, que lleva el espíritu a otra dimensión, a una superior que nos emociona y al mismo tiempo se nos antoja inabarcable. Más allá de la creencia religiosa está la sensación de una serenidad infinita, de una paz que no admite distorsión, que resulta hipnótica, imposible de resistir. Un conjunto perfectamente ensamblado de melodía y armonía que se convierte en vehículo incomparable de un mensaje tan silencioso como contundente: esta música es profundamente humana, porque a los humanos nos toca, pero al mismo tiempo tiene algo sobrehumano. Si el paraíso existe, en él esta música tiene que ocupar un lugar privilegiado. Muy privilegiado, porque una y otra vez, quedamos con la sensación de que todas las posteriores le son deudoras. Es para creer en lo sobrenatural pensar que alguna mente humana fuera capaz de generar músicas como estas con una frecuencia que se antojaría imposible si fuera incluso la décima parte. Ya en el final del primer coro de la BWV138, que se escuchó en primer lugar, se oye al coro decir Confía en el Señor tu Dios, que ha hecho todas las cosas. Y a fe que la música impelía a aceptar de buenos ojos el mensaje.
Se podrían poner muchos ejemplos, pero basten este coro inicial mencionado de la BWV 138, o el final de la misma obra, con ese himno solemne elevándose en las voces con grandeza sobre una floreada escritura de la cuerda que transmite una impagable y luminosa esperanza. ¿Cómo no sentir un estremecimiento cuando se escucha, otra vez, la serenidad, que parece imposible, sobre las palabras Amado Dios, ¿cuándo moriré? en el primer número de la BWV 8. Imposible también resistirse a la apabullante belleza de la escritura para oboe en el aria de tenor Mi Jesús es todo para mí, de la BWV 75, la bellísima música para alto y violines al unísono sobre el texto Jesús me enriquece espiritualmente, o la exultante vitalidad del aria de bajo con trompeta (con papel estelar de este instrumento) con las palabras Mi corazón cree y ama, en esta misma obra.

Lo señalé al principio de esta reseña. Philippe Herreweghe es uno de los grandes sabios bachianos de nuestra época. Y digo lo de sabio con toda la intención. Porque de enorme sabiduría está llena su interpretación. No necesita el maestro belga de lo aparatoso. De hecho, su gesto es hoy apenas perceptible. Diríase que se entiende con sus músicos por algún tipo de telepatía (creo que era el legendario clarinetista Jack Brymer el que decía que, en su opinión, la dirección de orquesta era la prueba de que la telepatía existe). Herreweghe apenas mueve las manos. Pero la nave parte con seguridad y la singladura transcurre con una solidez extraordinaria. Más aún, lo hace con un discurso que llega impregnado no solo del trascendente mensaje bachiano en toda su plenitud y expuesto con claridad cristalina, sino dotado de una solidez constructiva inatacable. Como si dijera, sin emplear palabras, ¿Veis? Tiene que sonar así. Y nosotros, naturalmente, asentiríamos convencidos, porque la sabiduría bachiana de este veterano maestro silencia cualquier objeción. Sí, claro que tiene que sonar así, y así, con esa solidez y con esa serenidad, es como el trascendente mensaje nos toca en lo más hondo. El belga parece que no hace nada… pero hace mucho más y mucho mejor que muchos maestros de la coreografía del podio.
Le respondieron de maravilla sus conjuntos. Impecable la cuerda, siempre ajustada, ágil (hay unos cuantos momentos de aquí te espero) y de precisa afinación. Maravillosa la pareja de oboes (creo que Kitazato era uno de ellos, pero desde donde estaba no puedo asegurarlo, y no se nos dieron los nombres de los músicos, por desgracia). Notable el traverso, pese a algún tropezón perceptible en el aria de bajo de la BWV 8. Espectacular el solista de trompeta en el aria mencionada de la BWV 75, sobre una escritura que demandaba una gran agilidad, resuelta con una prestación magnífica. Sí, tocó la trompeta con los agujeritos famosos que tanto molestaban a Torrico (y a algunos otros). Me sigue pareciendo un debate absurdo. El timbre era el adecuado y la trompeta sonó estupendamente.
Los solistas vocales se movieron en un nivel de más que aceptable corrección, salvando con mucha solvencia pasajes a menudo complicados (como esos cuatro compases de temible demanda en el aria de soprano Con alegría acepto mi sufrimiento en la BWV 75). En cuanto a la entidad de las voces, quizá la de la soprano Davidson, en todo caso muy competente, fue la menor. Potter y Cutting se desenvolvieron francamente bien, cantando con suficiente presencia y agilidad, siempre expresivos y con buena línea de canto. Pero fue el bajo Strazanac, con diferencia, el mejor del cuarteto. Voz de bonito timbre, muy buena presencia, generoso registro, muy competente agilidad y lograda expresión. Un verdadero lujo contar con alguien como él dentro del coro (así cantaba el coro, claro).
El éxito fue grandísimo para todos, en especial para el coro, los solistas vocales y los de oboe, flauta y trompeta, aplaudidísimos. Pero, por encima de todo, estaba el reconocimiento a ese gran maestro de la sobriedad y la sabiduría que sienta cátedra en la música de Bach: Philippe Herreweghe. Qué grande.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: Rafa Martín)


