MADRID / Gustavo Gimeno y la Sinfónica de Madrid, preparados para el despegue

Madrid. Auditorio Nacional. 27-I-2025. Orquesta Sinfónica de Madrid. Director: Gustavo Gimeno. Obras de Borodin, Stravinsky y Chaikovski.
Hay conciertos que tienen carácter extraordinario por su contenido, y acaso no es siempre ésa la intención original, qué sé yo. El concierto del lunes 27 en el Auditorio, ciclo de la Orquesta Sinfónica de Madrid, tuvo un toque de extraordinario, no tanto por su explícito homenaje a esa enorme figura española que fue don Santiago Ramón y Cajal, como por la significación que tiene asociar este conjunto sinfónico con la figura de Gustavo Gimeno. Ambos están en estos momentos en el foso del Teatro Real, juntos, en plenas sesiones de Eugenio Oneguin, de Chaikovski, reseñado aquí el día 23, tras su estreno. Hoy, día 28, estarán de nuevo allí para la tercera de esas funciones. Pero, además, Gustavo Gimeno será el director musical del Teatro Real, donde reside esta orquesta como titular, a partir de la próxima temporada. ¿Es casualidad que este concierto gire en torno a compositores rusos y tenga como protagonista a Chaikovski, con la inmensidad de su Quinta Sinfonía y la inspiración de piezas concretas para que Stravinski armase su Beso del hada? Abría el concierto una obertura de la ópera inconclusa de Aleksandr Borodín, El Príncipe Igor. Ampliamente inconclusa, habría que decir, acaso debido a que Borodín se sabía más filántropo y científico que músico, de manera que esta obertura es probable que no sea por completo suya, del mismo modo que el resultado final es obra de Rimski y Glazunov, que no siempre tuvieron a mano materiales del amigo compositor. Pero gracias a ellos se dio a conocer esta ópera épica y lírica; como gracias a la versión de Rimski se dio a conocer Borís Godunov, de Musorgski; en ambos casos, dura tarea de Rimski en detrimento de su propia obra y a favor de la sus amigos fallecidos. Gimeno marcó con esta obertura el terreno de lo que iba a ser el concierto, además de “lo ruso” como definición monográfica: afirmación plena del dramatismo sonoro, sin la tentación de la contundencia; claridad de la línea junto con el relieve de los colores, esa seña que siempre destaca en la mejor música rusa sin necesidad de acudir a temas supuesta o realmente populares (¡ah, la maldición del nacionalismo musical como coartada, primero, y como producto de exportación, después!)
El beso del hada es un poco la Snegúroshka de Stravinsky. Solo un poco, y proviene de Andersen más que de las leyendas rusas. Fue uno de sus últimos ballets para Diáguilev, y se basó en piezas para piano y en romanzas de Chaikovski. Piezas como una Danza rusa, un Vals de salón, una Polka “poco bailable”; o canciones como la muy conocida op. 6 nº 6, que podríamos traducir como Tan solo el corazón solitario, o la Berceuse en una tormenta. La obra parece unas veces muy chaikovskiana, pero casi siempre se impone Stravinski, tan anti romántico aunque adorase a Chaikovski: esas síncopas insistentes y características, ese ritmo tan marcado, que fue la aportación de este compositor a una música que no ignoraba pero descuidaba ese aspecto, el ritmo; ese ritmo, esos ritmos, provienen de Rusia, tal vez, pero son especialmente necesarios en el ballet, género al que se dedicó Stravinsky por la fuerza de las cosas más que por vocación teatral alguna; género que, por lo demás, fue su fortuna por la calidad de colaboradores coreográficos que acudieron a sus obras, ya compuestas o nuevos encargos, después de la muerte de Diáguilev.

Es El beso del hada una rareza en las salas de conciertos y más aún en las compañías de ballet. Excelente resultado sonoro en esta velada: protagonismo del ritmo, ya dijimos; del color, ya dijimos; del equilibrio de la secuencia dramática, de manera que el espectador podía realizar su propio apunte coreográfico, cambiante por la versatilidad de la batuta, no ya entre movimientos, sino entre episodios dentro de cada uno de ellos. Sí, toda una novedad y todo un logro sonoro que conquistó al público. Y que conste que el Divertimento de El beso del hada es de una estética opuesta a la habitual en el repertorio sinfónico, como en general sucede con las piezas consideradas neoclásicas de Stravinsky, entre Pulcinella y The rake’s progress, nada menos que treinta y un años.
Así que el pathos parecía reservado para la segunda parte, con ese monumento hermoso y dramático que es la Quinta Sinfonía de Chaikovski. Pero no, no hubo pathos, o al menos no fue ese el enfoque principal de Gimeno con la Sinfónica. Dramatismo y emoción, sí, en especial en momentos como el primer tema del Andante cantábile, el que enuncia la trompa (qué límpido fraseo el de este músico). La sinfonía abunda en crecimientos sonoros en los que Gimeno lució un sentido de la medida extraordinario. Hubo drama, como lo hay en Oneguin (donde, además, hay tragedia), abunda en motivos, en temas que se transforman, en secuencias como el amplio movimiento final, que puede ser derrota o triunfo, sin apellidos (religioso, fatal…), que Gimeno resolvió con admirable brillantez, un brillo que no esquivaba supuestas profundidades, sino trampas que la peor tradición nos ha legado; y que da sentido a un drama en el que ni siquiera la marcha o el coral pueden cantar victoria. Quedaba atrás la apoteosis del vals, tercer movimiento. Con la exposición y desenlace de Gimeno acaba uno por convencerse de que Chaikovski era uno de los reyes del vals, con movimientos como éste o con el insuperable Vals de las flores de Cascanueces.
El público mostró entusiasmo, encendido incluso. Un éxito merecido. Sin duda, esta orquesta y este espléndido director regresarán esta tarde con aún mejores talantes al foso del Real, al mundo de Tatiana, Lenski y Onegin. Bravo por Gimeno y la Sinfónica de Madrid. Nuestro colega Ossama el Naggar resume bien la afinidad de este director y la obra de Chaikovski, aunque él se refiere a Oneguin: “Gustavo Gimeno showed a strong affinity for Tchaikovsky’s music”. Totalmente de acuerdo, Ossama.
Santiago Martín Bermúdez
(fotos: Rafa Martín)


