MADRID / Guirnalda de galanterías religiosas españolas por Alberto Miguélez y La Guirlande

Madrid. Auditorio Nacional. 4-IV-2025. Alberto Miguélez Rouco, contratenor. La Guirlande. Universo barroco. Luis Martínez Pueyo, traverso y dirección. Cantadas y sonadas de Francisco Hernández Illana, Diego Pérez de Camino y Juan Oliver Astorga.
Llevamos ya unas cuantas décadas en que la callada, laboriosa e imprescindible labor de los investigadores y el entusiasta y meritorio quehacer de músicos e intérpretes están rescatando nombres y obras que no eran sino meras referencias –o ni siquiera eso– en los libros especializados. Y así, poco a poco, en múltiples conciertos y grabaciones discográficas, la historia de la música española ha cobrado nueva vida y presencia en nuestro panorama cultural, enriqueciéndolo considerablemente. ¿Que no se han descubierto auténticos genios? Cierto, pero la historia de las artes, aquí y en todos los sitios, está integrada por nombres y obras de distinta talla y altura, con chispazos de brillo más o menos intenso y –como si de una cordillera se tratara– con cumbres de diversas alturas y perspectivas cambiantes, lo que conforma un todo cada vez más amplio y sólido.
Viene esta elemental reflexión a cuento del concierto que ofrecieron el pasado viernes Alberto Miguélez Rouco y La Guirlande en la sala de cámara del Auditorio Nacional. Un programa de cantadas y obras instrumentales compuestas por tres compositores de nuestro siglo XVIII que –apuesto doble contra sencillo– eran perfectos desconocidos para la inmensa mayoría del público –me incluyo, por supuesto, que no quiero dármelas de conspicuo erudito– que llenaba el recinto. Las obras vocales llevaban la anotación “recuperación histórica”. Novedad absoluta, pues. Y, vaya por delante que ese mismo público, también en su mayoría, abandonó la sala visiblemente satisfecho.
Francisco Hernández Illana (h.1700-1768), Diego Pérez de Camino (1738-1796) y Juan Oliver Astorga (1733-1830) fueron los compositores seleccionados. Los dos primeros –maestro y discípulo, respectivamente– fueron maestros de capilla de las catedrales de Burgos (Hernández Illana) y Calahorra y Santo Domingo de la Calzada (Pérez de Camino). De su producción vocal se ofrecieron, en primer lugar, tres cantadas al Santísimo. Como es sabido, la cantada española es el fruto musical resultado de la evolución del autóctono villancico tras experimentar la influencia de la cantata italiana. La estructura en un recitativo y una aria (área) terminó por prevalecer y fue la de las tres interpretadas. Añádase la influencia de la música teatral que invadió en toda Europa la música religiosa y los tintes galantes dominantes en el momento de su composición –quizá aquí un tanto retrasados con respecto a las vanguardias europeas– y tendremos caracterizada la música que pudimos oír.

Dada la juventud de Alberto Miguélez, quizá le falte algún tiempo para terminar de madurar, pero cuenta con indudables virtudes, exhibidas generosamente durante la velada: timbre más bien oscuro y hermoso, sobre todo, en la parte central, agudos a los que no les falta brillo y buen control del fiato. Posee, igualmente, buen gusto y sentido dramático y también capacidad para matizar su expresividad. Tales fueron las claves principales por las que llegó y caló en un público que –con excepciones, como en toda cuestión– respondió, ya se ha insinuado, generosamente. Pero, sobre todo, dispuso de un grupo instrumental literalmente soberbio arropando, acompañando, llevando en volandas la voz magníficamente.
Luis Martínez Pueyo es un flautista excepcional y todas sus intervenciones fueron para quitarse el sombrero. Estuvo espléndidamente secundado por Jesus Merino (violín primero) y, menos frecuentemente, por Andrés Murillo (violín segundo). Y el bajo continuo se mantuvo siempre compacto y perfectamente integrado. Recordemos sus componentes: Hyngun Cho al violonchelo; Ignacio Laguna con la tiorba y, ocasionalmente, con la guitarra; Jonathan Álvarez al contrabajo y Joan Boronat al clave, cuyo sonido cristalino, por cierto, se percibía más nítidamente que en otras ocasiones -¡ay!, su acuciante sed-.
Queda por señalar el mejor momento vocal: “Alef. Ego vir videns”, de la tercera lamentación del Jueves Santo de Diego Pérez Camino. Profunda en su concepción, variada en su estructura, los violines pasaron aquí a primer plano. Y su sección central, de tono más bien lúgubre y sostenida delicadamente por los violines en pizzicato, permitió a Miguélez mostrar sus cualidades y su fuerza en el registro bajo. Imaginando cómo podría haber sonado en la oscuridad del templo para el que fue concebida, se ponían los pelos de punta y se cortaba el aliento.
La parte instrumental estuvo integrada por dos breves recercadas de Hernández Illana y una sonata a tres del murciano Oliver Astorga, violinista y flautista que tras su aprendizaje en Valencia y Nápoles, viajó a Suttgart, donde estuvo a las órdenes de Jommelli, Fráncfort, donde fue muy celebrado como violinista, y Londres, para recalar finalmente en la corte española. De su periodo londinense es una colección de sonatas en trío para dos flautas o dos violines y bajo continuo (1769), de la que se interpretó la número 3, asumiendo Martínez Puello (traverso) y Jesús Merino (violín) las voces superiores. De corte muy galante, fina y elegante, incluso con cierto aroma telemanniano, constituyó una nueva ocasión para el lucimiento del grupo. Señalamos la deliciosa sustitución ocasional de la tiorna por la guitarra por parte de Ignacio Laguna. Pura delicia.
Muy buena velada, en resumen, de Miguélez y una Guirlande superlativa.
Manuel M. Martín Galán
(fotos: Elvira Megías)


