MADRID / Gran triunfo de Nadine Sierra en ‘Romeo y Julieta’

Madrid. Teatro Real. 27-V-2026. Nadine Sierra, Javier Camarena, Roberto Tagliavini, Benjamin Appl, Hélöise Mas, Laurent Naouri, Maciej Kwasnikowski, Sonia Ganassi, David Lagares, Tomeu Bibiloni, Josep-Ramón Olivié, Pablo Martínez, Javier Castañeda. Dirección de escena: Thomas Jolly. Director musical: Carlo Rizzi. Coro titular del Teatro Real. Maestro del coro: José Luis Basso. Orquesta titular del Teatro Real. Gounod: Romeo y Julieta.
Entre las múltiples recreaciones operísticas del mito de Verona, tres títulos resumen bien la evolución del género entre el belcantismo y el siglo XX: I Capuleti e i Montecchi de Bellini, Roméo et Juliette de Gounod y Giulietta e Romeo de Zandonai. Bellini todavía confía Romeo a una mezzosoprano travestida y construye una tragedia esencialmente lírica, de largas líneas cantábiles y melancolía suspendida. Gounod convierte ya al personaje en un tenor lírico francés, elegante y apasionado, mientras Julieta conserva la agilidad de la soprano de coloratura antes de adquirir mayor densidad dramática. Zandonai llevará ambos personajes hacia una vocalidad mucho más expansiva: Romeo será un tenor spinto y Julieta una soprano lírica de amplio caudal, inmersos en una escritura orquestal densa y cromática, más cercana al simbolismo refinado de Respighi o Montemezzi que al verismo inmediato de muchos contemporáneos.
La tradición interpretativa de la obra de Gounod ha contado con nombres esenciales. Desde Jean de Reszke o Georges Thill hasta Jussi Björling, Corelli y Alfredo Kraus, cuya interpretación madrileña de 1987 sigue siendo una referencia absoluta de estilo francés. Entre las Julietas históricas permanecen Miolan-Carvalho, Adelina Patti o Mirella Freni. Precisamente a Kraus parece mirar de algún modo esta nueva producción del Teatro Real, que recupera la ópera de Gounod tras 115 años de ausencia escénica, más allá de aquellas representaciones del Teatro de la Zarzuela protagonizadas por el tenor canario y evocadas ahora en el umbral de su centenario.

La producción de Thomas Jolly nació durante la pandemia y conserva algo de la estética del exceso visual propia de aquellos años: omnipresentes escalinatas, referencias al carnaval veneciano y un movimiento escénico casi constante. La idea de introducir una gran escalinata inspirada en el Palais Garnier dentro de la Bastilla posee cierto interés conceptual —tradición y modernidad dialogando en el mismo espacio—, aunque el resultado visual termina siendo irregular. Hay imágenes logradas, pero también otras discutibles, como la aparatosa góndola utilizada para la boda y el desenlace de Julieta, o la escena del dormitorio, encerrada en un espacio iluminado con neones blancos que reduce la intimidad del gran dúo amoroso.
La sensación general es la de una producción muy trabajada y técnicamente compleja, resuelta con eficacia por el Teatro Real, aunque excesivamente coreografiada. En demasiados momentos el movimiento escénico parece imponerse sobre la música, privando a determinados pasajes de la concentración y la respiración que reclaman.
En el apartado musical destacó ante todo la labor de Carlo Rizzi. El director abrió buena parte de los cortes tradicionales —especialmente valiosos el dúo del cuarto acto y el aria del veneno— y condujo la función con elegancia, lirismo y un refinado manejo del rubato. Resultó especialmente admirable la relación entre el foso y el escenario: Rizzi acompañó constantemente a los cantantes, respiró con ellos y sostuvo el discurso dramático sin perder nunca claridad ni tensión. También el coro volvió a demostrar su excelente momento, sólido y compacto en una partitura particularmente exigente.
Dentro de un reparto homogéneo destacaron varios secundarios. Roberto Tagliavini aportó nobleza y autoridad a Frère Laurent con una voz de bajo cantante de apreciable calidad tímbrica, especialmente cómoda en la zona central. Muy eficaz resultó también el Tebaldo de Maciej Kwasnikowski, incisivo y bien proyectado.

Pero el triunfo de la noche perteneció claramente a Nadine Sierra. La soprano estadounidense construyó una Julieta de extraordinaria inteligencia musical, evolucionando desde la ligereza juvenil del vals inicial hasta la intensidad trágica de los últimos actos sin perder nunca unidad estilística. “Je veux vivre” apareció resuelto con brillantez técnica y naturalidad escénica, pero lo más interesante fue observar cómo el centro de la voz adquiría progresivamente mayor densidad y oscuridad expresiva a medida que avanzaba el drama.
Su gran momento llegó con el aria del veneno, ofrecida aquí íntegra y convertida en uno de los puntos culminantes de la velada. Sierra manejó con admirable control las medias voces, los reguladores y los pianos suspendidos, siempre desde el fraseo y nunca desde el puro efectismo. A ello se suma una presencia escénica magnética y un timbre luminoso, reconocible al instante, que la convierten hoy en una de las intérpretes más interesantes del panorama lírico actual.
Javier Camarena fue un Romeo elegante y musicalísimo. Su instrumento, más cercano al lirismo ligero que al tenor romántico de amplio caudal, encuentra su mejor terreno en la estilización del fraseo y en la inteligencia interpretativa. Hubo además momentos de evidente brillo vocal, especialmente en los dos Do agudos lanzados con seguridad y facilidad al final del tercer acto y en el dúo del cuarto, recibidos con entusiasmo por el público.
Pero más allá de aciertos y reservas, esta reposición confirma hasta qué punto Roméo et Juliette sigue siendo una máquina teatral de precisión. Gounod entendió como pocos que el lirismo, cuando está bien escrito, puede resultar mucho más devastador que cualquier exceso dramático. Y si además se cuenta con una Julieta como la de Nadine Sierra, unos Do agudos de Camarena lanzados con insolente facilidad y un Teatro Real entregado, entonces Verona vuelve a parecer peligrosamente cercana.
Ricardo de Cala
(fotos: Javier del Real)


