MADRID / Gran éxito de Nadine Sierra en ‘La traviata’

Madrid. Teatro Real. 24.VI.2025. Verdi: La traviata. Nadine Sierra, Violeta. Karina Demirova, Flora. Gemma Cola-Alabert, Anina. Xabier Anduaga, Alfredo. Luca Salsi, Giorgio Germont. Albert Casals, Gastone. Tomeo Bibloni, Douphol. David Lagares, Obigny. Giacomo Prestia, Grenvile. Joan Lainez, Giuseppe. Ihor Volevodin, Un caballero. Athol Farmer, Un invitado. Javier González, un mensajero. Koba SSardalashvili, criado de Flora. Dirección de escena, Willy Decker. Orquesta y coro titulares del Teatro Real. Maestro de coro, José Luis Basso. Dirección musical, Henrik Nánási.
La clásica producción de La traviata de Willy Decker cosechó un éxito sin paliativos en su presentación en el Teatro Real. Esta producción estrenada en Salzburgo hace más de veinte años ha perdido parte de su impacto inicial, pero perduran algunos de los valores que tanta y tan buena fama le dieron. En el debe observamos algunas metáforas y situaciones demasiado obvias o con escaso sentido, como la escena de los toreros, así como algunas incongruencias entre el texto y presencias escénicas no previstas en el libreto; por ejemplo, en el segundo acto Alfredo dice a Annina que Violetta no se entere de la conversación que acaban de mantener, con Violetta presente, cosa jamás prevista por Piave, que mantiene a Alfredo solo en escena. Asimismo, Alfredo es presentado en sociedad como un pardillo objeto de burla por esa sociedad encarnada por el coro en las fiestas que abren el primer acto y el segundo cuadro del segundo acto; y no es así, simplemente es tímido y posiblemente no tiene mucho mundo, pero nada más. En el haber nos encontramos, por encima de cualquier detalle, una dramaturgia teatral bien elaborada y que funciona con precisión extrema. Un magnífico trabajo con los cantantes a los que convierte en actores de un melodrama intenso, que encuentra sus mejores momentos en las escenas de papá Germont con Violetta y con Alfredo.
Musicalmente, el nivel rayó a gran altura. El coro, sé que es repetitivo, pero resultó espléndido una vez más. Al frente de la orquesta, Henrik Nánási estuvo atentísimo a la concertación entre foso y escenario (algo fundamental en este repertorio) y supo acompañar a los cantantes, mimándolos, dejándolos respirar y equilibrando con sabiduría los volúmenes orquestales. En los dos preludios mostró un fraseo elegante y musical. Si sacamos la lupa es posible que en algún momento se echara de menos ese mordiente y ese brío tan típicos de Verdi.
Tanto la vocalidad como la dramaturgia, que en Verdi están tan singularmente unidas, se centran fundamentalmente en los tres papeles protagonistas. El resto del reparto está ahí al servicio de ellos, y en este sentido el elenco reunido por el Real fue modélico.

El papel de Giorgio Germont es ideal para un barítono lírico, típico verdiano, que sepa mirar por el rabillo del ojo a Donizetti. Su preciosa aria Di Provenza il mar ha sido piedra de toque para los que provenían de ese repertorio. Precisa un legato inmaculado, espléndido control del fiato y gran habilidad para regular el sonido de forma casi infinita, mientras que el registro agudo debe ser sonoro y timbrado. Por encima de estas características técnicas debe transmitir calor, efusividad y ternura que hagan de él un padre en vez de un ogro insensible. Luca Salsi se desempeñó como el solvente profesional que es, buen artista, musical, voz grata, sabiduría para regular el sonido y quizá algo apurado en el registro superior.
Xabier Anduaga llama la atención inmediatamente por la calidad de su bello instrumento. La voz es cálida, bella y extensa, el intérprete valiente y generoso; la escena del dinero, al final del segundo acto, fue un gran momento una vez superado el inicio de una noche de estreno. Es un tenor muy joven asumiendo responsabilidades elevadas, que además está cambiando su repertorio de tenor ligero al de lírico, y eso siempre implica ajustes vocales nada sencillos de resolver. Alfredo es un personaje que se resuelve desde las media tintas, desde la sutileza y la exquisitez. La intención de cada frase, incluso de cada sílaba, la graduación caleidoscópica de la intensidad del sonido, lo que implica una soldadura de los registros nada fácil de conseguir en momentos de transición vocal y de repertorio, en fin, todas esas pequeñas (o grandes) cosas que te habilitan para apoderarte de un papel. Su Alfredo empieza a tener en cuenta esos detalles; por ejemplo, en la escarpada cabaletta estuvo muy pendiente de las semicorcheas, sabedor de que el do 4 conclusivo no era problema para él.

Nadine Sierra obtuvo un sonoro triunfo personal, y la verdad es que estuvo espléndida. Desde la precisión y nitidez de la coloratura del brindis, pocas veces tan bien delineada, hasta el trágico y emotivo final. Escénicamente estuvo desenvuelta, cautivadora, emotiva, sincera y desgarradora. Su Violetta fue creíble de principio a fin y su capacidad para traspasar las candilejas fue asombrosa. Vocalmente está en un momento resplandeciente. Voz cristalina, bella, extensa, capaz de transmitir emociones (no se olvide que estudió con Horne y Scotto), en la actualidad es mucho más una soprano lírica que ligera; además el instrumento posee un squillo notable, lo que ayuda mucho. La homogeneidad del material sonoro se mantiene en toda la gama, un poco menos en el extremo sobreagudo, pero el timbre es igual en todas las intensidades, lo que le confiere una gran amplitud de messa di voce. En este sentido, el do agudo en piano, no escrito, interpolado en el aria del primer acto fue asombroso y significativo. Su control del aire, su musicalidad, su compromiso con el papel y los personajes a los que encarna nos permiten imaginar e incluso desear lo que su arte nos pueda deparar en un futuro, que no parece muy lejano.
Si pueden, no lo duden, en el Real pasarán una gran velada de ópera aspirando el verdadero aroma del melodrama romántico italiano.
Ricardo de Cala


