MADRID / Gran éxito de Dudamel y la Simón Bolívar con Mahler

Madrid. Auditorio Nacional. 25-I-2025. Ibermúsica 24/25. Orquesta Sinfónica Simón Bolívar. Coro de la Comunidad de Madrid. Pequeños Cantores de la ORCAM. Marianne Crebassa, mezzo. Director: Gustavo Dudamel. Mahler: Sinfonía nº 3.
Quien esto firma solo ha visto en vivo a la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar en una ocasión, hace ahora diez años, cuando ofreció un concierto extraordinario para la Fundación Scherzo, con la Novena de Beethoven en el programa. Regresaba ahora a Madrid como etapa final de una gira europea que no ha estado exenta de controversia por la coincidencia con los recientes acontecimientos en Venezuela, además de algunos artículos aparecidos en la prensa británica sobre en lo que ha devenido El Sistema de Orquestas Juveniles de Venezuela, el famoso y en su momento muy aplaudido empeño de José Antonio Abreu. Pero esto es una reseña musical, y más allá de reseñar que la polémica existe, procede decir aquello de “no expresaré mi opinión sobre el asunto aquí, aunque obviamente la tengo.”
La visita de 2015 resultó, en mi modesta opinión, decepcionante. La formación venezolana demostró una calidad discreta y, tampoco fue muy ayudada por un Dudamel que dejó demasiadas dudas, y planteó un Beethoven de tosco perfil y espesas texturas. El regreso, diez años después, debía permitir apreciar cambios en orquesta y director. De las varias ocasiones en que, con otras formaciones, he visto a Dudamel, he tenido la impresión de encontrarme ante alguien de un talento natural indiscutible, pero al que un cúmulo de circunstancias de diverso tipo puso en la primera línea demasiado pronto, cuando creo que aún le faltaba formación en el gran repertorio sinfónico y operístico. En estos años, a juzgar por lo observado en algunos vídeos recientes, parece haber pulido y madurado, y su reciente concierto straussiano con la Filarmónica de Viena en el Festival de Salzburgo de 2024 ofreció un resultado notable, bien diferente de lo que podía escucharse en ese repertorio hace unos años. Con todo, el marketing que le rodea era y sigue siendo poderosísimo, y eso, siendo a priori muy positivo para él, es también un arma de doble filo. Creo, de hecho, que ahora lo es más: en una decisión sorprendente que conocimos hace apenas unos días, su agencia, Fidelio Arts, anunciaba que abandonaba los otros artistas de su listado de representados para dedicarse exclusivamente a Dudamel, hecho que creo insólito entre las agencias de representación. Los “abandonados” no son ningunos desconocidos: Esa-Pekka Salonen y Susanna Mälkki, que han tenido que tomar otros derroteros para su representación futura.
El concierto se centraba en la hermosa pero nada fácil Tercera Sinfonía de Mahler, compositor en el que hemos escuchado a Dudamel con resultados variables (una notable Cuarta de Mahler con la Mahler Chamber Orchestra, también para la Fundación Scherzo, y una discreta, espesa y no bien ajustada Segunda con la Filarmónica de Múnich). Buena ocasión para comprobar hasta qué punto el incuestionable talento del venezolano ha avanzado en la progresión de su capacidad para construir con acierto y claridad un edificio tan complejo como la Tercera del compositor bohemio. Una sinfonía de monumental dimensión (la más larga del ciclo), dividida en dos partes, la primera ocupada con un primer movimiento que se prolonga por encima de la media hora y la segunda por los cinco restantes, que totalizan casi otra hora más. Partitura que tiene toda la abigarrada arquitectura propia del bohemio, que a tantos directores ha causado, con razón, un buen quebradero de cabeza.
Recoge Joan Grimalt, en sus estupendas notas al programa, las palabras del propio Mahler, que vienen muy a cuento: “Imagina una obra tan grande que se pudiera reflejar en ella, realmente, todo el mundo… uno mismo es sólo, por así decirlo, un instrumento con el que juega el universo. […] Mi sinfonía [3ª] será algo que el mundo todavía no ha oído jamás! ¡La naturaleza entera tendrá voz en ella, y se contarán secretos tan profundos como sólo se conciben en sueños!”
Tan monumental como su dimensión es el equipo requerido para su interpretación. Orquesta al completo, que incluye una nutrida plantilla de metales (8 trompas, que fueron 9 esta vez, 4 trompetas, 4 trombones, tuba y, fuera de escena, postillón para el tercer movimiento) y percusión (que, entre otras cosas, incluye bombo, campanas y dos juegos de 4 timbales que requieren 2 ejecutantes, empleados a fondo en el final de la obra), más mezzo solista en los movimientos 4 y 5, y, en este último, coro femenino y coro de voces blancas.
El comienzo, decidido y rotundo del primer movimiento, prometía mucho. Trompas de redondo y conseguido empaste, buenos matices de inicio desde una batuta que, ahora más moderada en la exuberancia gestual, sigue siendo expresiva, directa y clara. Sin embargo, determinadas sutilezas de matiz, sobre todo en la cuerda, se quedaron en momentos aislados, que no terminaron de hilar un discurso cohesionado, sin demasiado lugar para esos extremos, a menudo contradictorios, de Mahler, capaz de lo más refinado y de lo más vulgar. Ese juego de contrastes, tan decididamente humano, no quedó del todo patente en la lectura del venezolano, que sí daba rienda suelta, cuando llegaba la oportunidad, al lado más bombástico. Quien suscribe hubiera agradecido más juego de inflexiones, más ancha agógica (esos elementos que tan bien manejaba el que ha sido uno de los grandes mahlerianos de la historia, Leonard Bernstein). Hubo, es cierto, momentos de indudable y muy intensa vibración, como el arrebatado y trepidante final del primer tiempo.

Pero muchos otros, como el minueto, parecieron más correctamente apuntados que cantados con la expansión lírica que la música parece demandar, y que solo apareció a ráfagas. Algo parecido ocurrió con el tercer tiempo, que contó con Pacho Flores como excelente solista de postillón fuera de escena, pero que quedó ayuno de ese contraste seriedad-alegría que resalta acertadamente Grimalt en sus notas. Se planteó bien el sehr langsam del cuarto movimiento, con un hermoso comienzo susurrado de chelos y contrabajos, y una bonita contribución de la mezzo Crebassa, voz de atractivo timbre, no especialmente densa, pero con buena presencia y excelente expresividad, y fue una lástima que varios roces notorios de las trompas lastraran el resultado. El que suscribe, por otra parte, no terminó de entender la razón de los repetidos glissandi del oboe, ciertamente no prescritos en la partitura y cuyo resultado, para qué nos vamos a engañar, distó de ser bonito. Los dos coros, el de niños y el de voces femeninas de la ORCAM, brindaron uno de los mejores momentos de la velada en el comienzo del quinto movimiento, magníficamente realizado, y fiel transmisor, este si, de la dulce “alegría” de los ángeles pretendida por Mahler. El inicio del sexto y último tiempo encontró al mejor Dudamel, capaz de extraer sentida y honda expresión del canto de la cuerda, muy bien matizado. Lástima que, de nuevo, los roces de los trompas (luego contagiados en parte a los trompetas), emborronaran algo el resultado. El final de la obra propende a la exaltación bombástica, y el venezolano no rehuyó la ocasión para aprovecharla, con contundente percusión y arrebatados metales.
La Simón Bolívar dejó a quien esto firma una impresión parecida a la de la otra vez. Orquesta disciplinada y de indudable entrega, con una cuerda ajustada a la que le falta presencia para la cantidad de integrantes que tiene, una madera más solvente que destacable (algo chillones los clarinetes) y unos metales que, salvo el excelente solista de trombón, evidenciaron muchas inseguridades en cuando estaban obligados a tocar piano. Pero la obra, ya lo apuntamos, es espectacular, y si se resalta su lado espectacular, el éxito está asegurado, sobre todo si quien lo preside es alguien carismático y que cae bien al público, como Dudamel. Así que el éxito, pese lo avanzado de la hora (el concierto, que empezó a las 22:30, terminó pasadas las 12:15 de la noche), fue arrollador. Como ya nos encontrábamos a día 26, la orquesta le tocó al maestro, que cumple en esta fecha 43 años, el “cumpleaños feliz” al final del concierto. Ni tan notable como aquella Cuarta, ni tan deslavazada y espesa como la Segunda. Esta Tercera de Mahler por Dudamel ha quedado entre ambas, como corresponde a su número. Una interpretación disfrutable en general, pero lejos de lo excepcional. Otras materias quedan, como ya apunté, para las columnas de opinión.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: Rafa Martín/Ibermúsica)


