MADRID / Gran éxito de Apkalna y Gimeno con la Filarmónica de Luxemburgo

Madrid. Auditorio Nacional. 7-XI-2024. Ibermúsica 24-25. Orquesta Filarmónica de Luxemburgo. Director: Gustavo Gimeno. Solista: Iveta Apkalna, órgano. Obras de Ravel, Poulenc y Respighi.
Tenía también el mayor interés el programa diseñado por Gimeno para su segunda actuación madrileña al frente de la Filarmónica de Luxemburgo. Se fundían en él obras bien conocidas, como la suite de Mi madre la oca de Ravel o esos dos brillantes poemas sinfónicos de Respighi, Fiestas Romanas y Pinos de Roma, con otra que se escucha tan raramente que era, como las del primer concierto, novedad en un ciclo tan veterano como el de Ibermúsica: el Concierto para órgano, timbal y cuerdas de Francis Poulenc. Dicha novedad, además, proporcionaba otra más, la del debut en la serie de la estupenda organista letona Iveta Apkalna (Rezekne, 1976). Todo ello sin contar con la oportunidad, no tan habitual para los asiduos al mundo sinfónico, de gozar del espectacular órgano (casi 5000 tubos) de la sala sinfónica del auditorio madrileño, obra del organero Gerhard Grenzing en 1990. De que el instrumento es una belleza da buena prueba (aunque a muchos no les haga falta) que, al final de la interpretación, fue objeto de inmediato aplauso y reconocimiento por la propia organista.
Escrito entre 1934 y 1938, el Concierto fue encargado por la princesa Edmond de Polignac (de soltera Winaretta Singer… si, una de las herederas de la familia que hizo fortuna con las máquinas de coser, que estudió piano y órgano y desarrolló un importante mecenazgo en el mundo musical), con la intención de tener un concierto de factura sencilla, cuya parte solista pudiera ejecutar ella misma. Pero Poulenc acabó haciendo algo bastante más ambicioso y complejo, y aunque la obra se estrenó en la residencia de la princesa, el solista de la ocasión fue el organista y compositor Maurice Duruflé. Sus siete secciones se interpretan sin solución de continuidad, y transitan por climas que van desde la apabullante grandeza del Andante inicial, un breve pasaje rotundo, como una toccata, al misterio del pasaje siguiente o la chispeante vitalidad del allegro giocoso y la contagiosa energía del allegro molto agitato. La obra, tal como señala oportunamente Gonzalo Lahoz en sus notas, se mueve, de forma casi sorprendente, entre un ambiente de carácter solemne y hasta religioso, y momentos, como los citados tiempos rápidos, en que encontramos un desenfado indiscutible.
Apklalna demostró haberse adaptado con rapidez al precioso instrumento de Grenzing y, con la excepción de lo que pareció un mínimo y anecdótico lapsus en un cambio de registro (justamente antes de la indicación a tempo assez librement), ofreció una interpretación magnífica, de articulación cristalina (todo lo cristalina que es posible en algunos de los pasajes más rápidos), envidiable legato y rica expresividad. Impactante en su contundente comienzo, Apkalna es de las que deja respirar adecuadamente a la música, que esta “resuene” cuanto debe, especialmente cuando despliega el poderío de la registración más potente del colosal instrumento del auditorio madrileño. Ágil y precisa, su lectura del Concierto fue modélica. Gimeno ofreció un acompañamiento bien ajustado, y la coordinación con Apkalna fue impecable, tarea no fácil teniendo en cuenta el tiempo, seguro que no largo, que han tenido ambos para ensayar la obra en esta sala, y el hecho de que el solista de órgano se sitúa arriba y dando la espalda al director (por mucho que un espejo ayude a ver a este con claridad). Excelente prestación del timbalero de la orquesta, y plausible la de la sección de cuerda de la formación luxemburguesa.
El público acogió con calor la interpretación, y la letona regaló una bonita propina de su compatriota Aivars Kalejs (Riga, 1951): la Toccata sobre el coral Allein Gott in der Höh sei Ehr, escrita en 1997, en una interpretación realmente sobresaliente, que confirmó su gran clase.

Antes, la primera parte se había iniciado con la mencionada suite raveliana, concebida originalmente como obra para piano a cuatro manos y orquestada con posterioridad. Partitura llena de sutileza en su colorido orquestal, fue planteada desde el podio con delicadeza en la Pavana inicial, que contó con buenos solos de flauta y atinados pp de la cuerda. Lució el corno inglés en Pulgarcito, y sonaron con corrección, aunque sin especial encanto evocador, Laideronnette, emperatriz de las pagodas y el vals que retrata la Conversación de la Bella y la Bestia. Tuvo más temperatura el Jardín encantado, con un final de festiva intensidad, aunque de nuevo se apreciara algo corta de densidad la sonoridad de la cuerda.
Las Fiestas Romanas de Respighi cerraron la primera parte. Obra, como la que cerró el concierto (Pinos de Roma, del mismo autor), de espectacular brillantez orquestal. Hay grandeza, incluso solemne grandilocuencia en muchos momentos, en esta música, pero una grandilocuencia que no sólo tiene gran impacto, sino que se antoja necesaria para el retrato apropiado de la imponente monumentalidad romana.
Esta brillantez sin duda quedó bien resaltada en una intensa lectura de Gimeno, muy evidente desde el mismo comienzo de Circenses, en las Fiestas, hasta el espectacular cierre de la última sección del último de los poemas sinfónicos escuchados, esa música imponente de los Pinos de la Via Appia, cuya colosal solemnidad es de impacto seguro en el oyente. No puedo evitar recordar la anécdota que, al respecto, narraba un productor de la RCA cuando se ocupaba de una grabación de la obra dirigida por Toscanini, que llevaba la intensidad de la orquesta hasta el límite. Los medios técnicos, claro está, no eran los de ahora, y el productor temía que la grabación no resultara bien. Le dijo entonces a Toscanini: “Maestro, ¿no podría reducir un punto esos fortísimos? Si no lo hace, corremos el riesgo de romper el equipo”. La respuesta (previsible) fue típica de Toscanini: “Pues entonces, rómpalo”.
Apreciable dibujo del colorido por parte del director valenciano, con buena planificación dinámica, y adecuada solemnidad lamentosa en Jubileo, en el que brillaron los solistas de corno inglés y viola, aunque la cuerda pudo tener mejor ajuste justo antes del allegro festoso, y las trompas más fina ejecución en el tramo último de la transición a L’Ottobrata. Lució bien el solista de esta sección, en cambio, en ese episodio, como también los de clarinete (espléndido toda la tarde), mandolina, flautín y la concertino. Brilló el impulso rítmico de La Befana, bien impregnada del apropiado clima festivo, con un final de más vibrante intensidad que precisa ejecución.
Los más conocidos Pinos de Roma se movieron en parámetros similares, siendo quizá Pini presso una catacomba, bien impregnados de un sabor lúgubre y solemne, el episodio más logrado en cuanto a ejecución. Solemnes también los Pini del Gianicolo, muy líricos y evocadores, con estupendos momentos del clarinete (realmente exquisito el ppp de este en el final de este episodio), pero también de los solistas de viola y chelo. Los precitados Pini della Via Appia se iniciaron con un bien logrado ppp, buen dibujo de un misterio solemne que anticipaba tensión. Se graduó esta con acierto por un largo, pero bien planteado crescendo, hasta el imponente, bombástico y apabullante clímax final, seguro despertador de entusiastas ovaciones. Las hubo, claro está, para todos, y en especial para el solista de clarinete y para el propio Gimeno. El regalo llegó en la forma de la Contradanza que Nino Rota compuso para la película Il Gattopardo. Dos buenos conciertos de la esforzada centuria luxemburguesa con el que será el próximo titular del Teatro Real, culminados con indiscutible éxito.
Rafael Ortega Basagoiti
(foto: Rafa Martín/Ibermúsica)


