MADRID/ Giulia Semenzato deslumbra en ‘Tolomeo’ de Haendel

Madrid. Auditorio Nacional. 09-VI-2024. Ciclo Universo Barroco. Franco Fagioli, Giulia Semenzato, Giuseppina Bridelli, Christophe Dumaux, Riccardo Novaro. Il Giardino Armónico & Kammerorchester Basel. Giovanni Antonini, dirección. Haendel: Ptolomeo, rey de Egipto. Versión concierto.
Tolomeo, re d’Egitto no se cuenta generalmente entre las óperas más brillantes de Haendel, pero, sin embargo, contiene un apreciable conjunto de arias excelentes, una decena de ellas trazadas sobre ideas del Harmonischer Gottesdienst de su amigo Telemann —como Se talor miri un fior, Torni omai la pace o Son qual rocca— y algunas son realmente de una belleza subyugante, como Torna sol per un momento o la fantástica Stille amare, el momento más teatral de la obra, donde nos amenazan con la muerte del protagonista Tolomeo, una falsa muerte que dura un instante al ser en realidad un simple somnífero el veneno que supuestamente ingiere para morir.
Por lo demás el argumento tiene tan poca fuerza dramática como muchas otras óperas italianas de la época, con elementos bastante pueriles de amores y celos, en una trama algo absurda. A pesar de su nula fuerza teatral, el libreto de Haym y la música de Haendel si contienen muchos elementos evocadores, especialmente de la belleza arcadiana de la naturaleza, que se transfieren a la delicadeza de algunas arias.
La música orquestal compuesta por Haendel es brillante y está fundamentada sobre todo en la orquesta de cuerdas, salvo en unos pocos números puntuales donde intervienen las maderas y en las dos trompas de la obertura y el coro final. La interpretación de las orquestas reunidas del Giardino Armónico y la Kammerorchester Basel fue espléndida durante toda la velada y los efectivos instrumentales fueron dispuestos con generosidad, con una sección de cuerda de 16 violines, 4 violas, 4 violonchelos, 2 contrabajos y un continuo completado con dos claves y tiorba. Las maderas estaban compuestas de 2 oboes, 2 flautas de pico, un clarinete y 3 fagotes, y, finalmente, los metales con las dos trompas mencionadas.
Giovanni Antonini tuvo una dirección brillante y elegante, marcando los contrastes y dando mucha expresividad a la música a través de las dinámicas, muy cuidadoso y con gran precisión en los detalles pero con el énfasis necesario y esplendor allí donde la música lo requiere, con ímpetu y vigor, pero sin estridencias ni extravagancias. Antonini realizó una conducción muy atenta al canto de los solistas, especialmente delicado con la libertad de éstos a la hora de ornamentar en los da capo, sin apagarles en ningún momento y marcando con precisión las pausas y ataques.

Fagioli cantó el protagonista Tolomeo con bastante personalidad, bien metido en su personaje al que dotó de teatralidad, con una voz que se deleita en los pasajes elaborados y con una facilidad notable para abordar los pasajes sobreagudos con un carácter distintivo. Sin embargo, es notorio su gusto por el uso del vibrato, muy pronunciado y característico, que utiliza de manera permanente, no como recurso, y eso resulta molesto y afea su canto. Su caudal de emisión comenzó además con problemas y su canto fue tapado en ocasiones por la orquesta (en Cielo ingiusto, por ejemplo), o incluso por su campañera Semenzato en algún dúo, una cuestión que resolvió después, a lo largo del concierto.
Sus mejores cualidades llegaron ya con el aria que cierra el primer acto, Torna sol per un momento, donde nos mostró su expresividad en el fraseo, su excelente fiato y una ágil coloratura, apianando su voz con gran belleza en el da capo y mostrando un espléndido uso de la messa di voce, todo bajo la atención cuidadosa del director con la ornamentación del cantante
Fagioli destacó también en el aria Se un solo è quel core, junto a unos elegantes violines y el destacado violonchelo de Christoph Dangel, aunque mostró algo de aspereza en su voz y, además de ese vibrato que resta brillo a sus ornamentaciones, en ella pudimos apreciar esos cambios de registro quizá pensados de manera efectista, pero que muestran una cierta falta de homogeneidad en su emisión en las notas más graves, con una desigualdad tímbrica no muy elegante. Mucho mejor fue su interpretación de Son qual rocca.
El mejor momento del concierto llegó, no obstante, de la mano del propio Fagioli y la bellísima aria Stille amare, donde magistralmente acompañado por la sabia dirección de Antonini, con un excelente y retórico staccato de la orquesta, derrochó virtudes y expresividad, haciendo gala de esa capacidad de su línea de canto de dotar de afectos y emoción a la música, con ese fiato elegante, sus delicados melismas y un control excelente de la respiración, donde nuevamente en el da capo fue capaz de llegar a unos pianísimos bellísimos en un registro muy agudo.
La gran triunfadora del concierto fue Giulia Semenzato, que encarnó a Seleuce, la fiel y amante esposa de Tolomeo, que posee un timbre de voz muy bello y que tiene una magnífica línea de canto, llena de delicadeza y con una musicalidad excepcional. La voz de la soprano es dúctil, fresca, muy expresiva, como como nos mostró en el aria Mi volgo ad agni fronda, donde confirió de enorme refinamiento y sensualidad a su canto, con un gran control del registro y un elegante sentido de la ornamentación, junto al acompañamiento brillante de las flautas. Lo mismo podíamos decir en el aria Fonti amiche o en Torni omai la pace, con un control excelente de la respiración en su excelente fiato y las articulaciones de su canto, donde Semenzato lució unas coloraturas deslumbrantes en los exigentes pasajes, siempre con una elegancia natural, y nos mostró unos agudos atrevidos y soberbios sin perder nada de su frescura y precioso color, esta vez junto a los oboes.
También destacó en los dúos, como en la bellísima aria a dos Dite, che fa, de subyugante belleza, que cantó con una delicadeza emocionante, siempre bajo la atenta dirección de Antonini que marcaba la dinámica de la orquesta con una precisión envidiable, y bien secundada por Fagioli después; o en el hermoso dúo Se il cor ti perde, que cierra el acto segundo, donde su voz espléndida y de precioso color sobresalió sobre la del contratenor.

Algo tibia fue al comienzo la intervención de Giuseppina Bridelli como Elisa, con una voz algo opaca en sus primeras intervenciones, sin demasiada potencia, poco convincente en su canto y con coloraturas algo mecánicas y oscuras como en la bella Se talor miri un fior, que Antonini marcó con un curioso staccato y a la que Bridelli no acabó de dar agilidad. O en Voglio amore, donde la rigidez en la ornamentación y la articulación le hacía a veces perder el sentido expresivo de la música. Sin embargo, la mezzosoprano se fue entonando y pudo mostrar sus notables virtudes, como la elegancia y la técnica con la que abordó Voi dolci aurette, con mucha homogeneidad en su registro, o sus buenos agudos y su agilidad en Ti pentirai crudel, donde estuvo ya fantástica y destacó por su expresividad sobre el vertiginoso tempo del director.
El Alessandro del contratenor Christophe Dumaux resultó algo decepcionante, su instrumento vocal es demasiado poco potente para una ópera y una sala de estas características, como se apreció ya en el aria Non lo dirò col labbro, una bella pieza a la que no le sacó brillo. Su timbre es algo nasal y opaco, pero tiene buena técnica y homogeneidad en el registro, como demostró en el aria Pur sento, oh Dio, y aunque adolece de mayor imaginación en los da capo, sacó adelante las coloraturas de forma meritoria.
Cumplió el barítono Riccardo Novaro como Araspe, que tuvo algunas intervenciones de mérito como en el aria de bravura Piangi pur, ma non sperare, a la que Antonini dio gran ímpetu, con un buen control de la emisión, buena articulación y potencia sonora.
Manuel de Lara
(fotos: Elvira Megías)


