MADRID / Fiesta medieval en el Auditorio con la Capella de Ministrers

Madrid, 21-5-2026. Auditorio Nacional. Ëlia Casanova, Laia Blasco, Rosa García, sopranos. Capella de Ministrers. Carles Magraner, viola de gamba y dir. Carmina burana. Música medieval para rebeldes sin causa.
El pasado jueves Carles Magraner llevó la Edad Media a la Sala de Cámara del Auditorio Nacional con su personal lectura de los emblemáticos Carmina Burana. Hagamos un poco de historia. Allá por 1803, un bibliotecario e investigador alemán, Johann Christoph von Aretin, descubrió en un monasterio benedictino bávaro un códice que recopilaba una colección de 254 poemas y textos dramáticos, satíricos y festivos en su mayoría, escritos fundamentalmente en latín bajomedieval (no pocos, en latín macarrónico, mezclando latín y alemán o francés), pero algunos también en alemán y otras lenguas vernáculas. Fueron recopilados hacia 1230, probablemente, en una abadía austríaca y, tras el proceso desamortizador, terminó el manuscrito en la Biblioteca Estatal de Baviera (Múnich). Es, sin lugar a dudas, una de las más importantes fuentes, si no la más importante, de poesía latino-secular del período inmediatamente anterior a su recopilación. Los textos fueron editados en 1847 por el erudito Johann Andreas Schmeller, quien les dio el título con el que son universalmente conocidos (Carmina Burana: Cánticos o Códice de Bura, en nuestro idioma). Vino en 1924 la tesis doctoral de Olga Dobiache-Rojdestvensky sobre la poesía de los goliardos, estudiantes y clérigos itinerantes y medio descreídos de varios países europeos -Francia, Italia, Alemania, España-, con formación, por lo general, universitaria, que con un lenguaje desenfadado y satírico ponían en solfa la sociedad y, sobre todo, el mundo eclesiástico de su tiempo. El círculo de la adscripción quedaba cerrado.
Un puñado de aquellos poemas tiene música en una notación (neumas) ya un tanto arcaica para la época y no están exentos de errores en el pergamino que ha llegado hasta nosotros, pero algunas de las melodías pudieron ser reconstruidas por las concordancias con otros repertorios (Notre Dame, el muy importante de San Marcial de Limoges) y algunas otras fuentes alemanas. No es mal descubrimiento disponer de música medieval laica, festiva y anticlerical.
Musicalmente, el primer círculo lo cerró Carl Orff, quien, al encontrar por azar en 1934 la edición de 1847 de Schmeller y quedar fascinado por aquellos textos, compuso dos años más tarde y con el título de la edición decimonónica la cantata escénica que, no lo olvidemos, fue una obra emblemática en la propaganda nazi. Hoy, olvidada su detestable adscripción ideológica, -“O fortuna”, sobre todo- forma parte de ese pequeño grupo de obras conocidas y reconocidas por todo el mundo, sea o no melómano, tenga o no formación musical. Y hasta para muchos de los melómanos tradicionales, no hay otro Carmina Burana que el de Orff.

Pero los auténticos Carmina, los medievales, tuvieron también vida propia. En 1968 vino la pionera grabación de Thomas Binkley, empleando su propia transcripción, con Studio der frühen Musik. Y siguieron los registros, integrales o fragmentarios, -no pretendemos, ni mucho menos, ser exhaustivos- de René Clemencic (Clemencic Consort), Joel Cohen (Boston Camerata), Marcel Pérès (Ensemble Organum), Philip Pickett (New London Consort), La Reverdie, Millenarium Ensemble, Ensemble Unicorn…
El prolífico músico y musicólogo valenciano Carles Magraner presentó el jueves su visión de esta música en la Sala de Cámara del Auditorio Nacional. El propio Magraner, al comenzar la velada, contextualizó clara y concisamente el sentido de la música. Luego, las distintas voces solistas -también Magraner ocasionalmente- introdujeron brevemente cada uno de los carmina. Pese a todo, echamos en falta la traducción completa de los textos -en el programa o en alguna pantalla-, que, teniendo, como tienen en bastantes casos una dimensión transgresora, habría facilitado su comprensión y asimilación por parte del público.
Dos bloques -o mejor, tres- integraron el programa. En la primera parte, ocho números conformaban el bloque de ‘cantos morales y satíricos’. La segunda se repartió entre las ‘canciones de amor’ y las ‘parodias y cantos sobre la bebida’, donde, lógicamente, aparecen los números más festivos.
Es Magraner un director eficaz y atento a los detalles, que sabe dar el tono preciso a cada música, a cada intervención y lo hizo notar con pulcritud en toda la velada. Su Capella de Ministrers estuvo integrada en el apartado vocal por tres voces solistas femeninas -Élia Casanova, Laia Blasco y Rosa Gracía- y un coro de voces masculinas -cuatro tenores y dos bajos-. El contraste, por más que la música fuera concebida en origen para varones, introdujo una bienvenida nota de variedad. Las tres sopranos, solas o combinándose entre sí, jugando con breves y elegantes esbozos de escenografía, mostraron su adecuación estilística y tuvieron acertadas intervenciones adaptándose al cambiante carácter de la música. Recordamos como momentos especialmente poéticos “Dum juventus floruit”, con delicado acompañamiento instrumental, y, en la segunda parte, interpretado por un cuarteto mixto, ese bucólico y vital canto a la primavera que es “Veris dulcis in tempore”. Mantuvo un nivel notable el coro, pese a ligeros y ocasionales desajustes de empaste. Y todas las voces, solistas y coristas, subrayaron muchas de sus intervenciones con el necesario y comunicativo tono humorístico inherente a la música.

En la parte instrumental, la Capella de ministrers estuvo integrada por cuatro músicos que, haciendo gala de enorme ductilidad y junto con el propio director, desplegaron una rica panoplia de instrumentos de época -zanfoña, laúd, cornamusa, chirimía, viola de gamba, percusión…-, tiñendo de preciosista e imaginativo color sus intervenciones, ya cuando, siempre discretos, estuvieron al servicio de las voces, ya al asumir el protagonismo, como, por ejemplo, en “Olim sudor Herculis” que abrió la segunda parte.
Me pregunto, no obstante, si fue necesaria la introducción en este paisaje medieval a renglón seguido de “O fortuna” y como homenaje a Carl Orff -eso pudimos leer en el programa- la universalmente famosa creación del compositor alemán. Sacada de su ámbito natural, tan distinto y distante del original, esa relectura de la relectura no resultó, a nuestro parecer, especialmente afortunada.
Magraner reservó para cerrar el concierto los dos números más festivos y tabernarios de la noche, “In taberna quando sumus” y “Bache, bene venies”. Y la risueña y hasta jaranera música, servida por unos intérpretes volcados comunicativamente, contagió, como no podía ser menos, al público. Irónicamente delicioso resultó el momento en que uno de los bajos, con impostada solemnidad, reprodujo fielmente la imagen del Pantócrator. La identificación del público, palmeando alegremente, habría sido, sin duda, mayor si, disponiendo del texto, hubiera podido corear aquello de Istud vinum, bonum vinum / vinum generosum / reddit virum curialem / probum, animosum.
Manuel M. Martín Galán


