MADRID / Festival FOCUS, colosales turbulencias en la Orquesta Nacional

Madrid. Auditorio Nacional de Música. 14-VI-2024. Festival FOCUS. Florian Hölscher, piano. Orquesta Nacional de España. Josep Planells, director. Obras de Posadas, Guerrero y Xenakis.
Sólo era cuestión de tomar un poco el pulso para comprobar que, el pasado viernes 14, sobrevolaba el Auditorio Nacional un ambiente de acontecimiento. Ya por el considerable número de compositores congregados, consagrados y en ciernes; pero también, y aún más importante, por un publico llegado de diferentes ciudades y entusiastas de la mejor creación actual. Ante quienes siguen inútilmente preguntándose por el sentido de ciertas propuestas y, peor aún, ante quienes cuestionan con claro ánimo censurador qué músicas y cuáles no deben ofrecerse, la respuesta de quienes asistieron a este tercer concierto del Festival FOCUS 2024 fue clara: Xenakis, Guerrero y Posadas interesan. No era tan difícil; sólo se trata de saber programar músicas que, más allá de sus aparentes dificultades, contacte, comunique, impacte.
Buena parte del mérito de esta cita –justo es reconocerlo– recayó en el programador de la edición del FOCUS de este año, Tomás Marco. La pregunta que corría de boca en boca al término era una: ¿cuánto habrá que esperar para que en Madrid se vuelva a ofrecer un concierto de estas características? En retrospectiva hemos de retrotraernos a los tiempos de musicadhoy, de Xavier Güell, para encontrar empeños sinfónicos con la misma ambición. Y desde entonces ya ha llovido.
En medio de los parabienes, también es necesario esgrimir una reflexión crítica. ¿Por qué la Orquesta y Coro Nacionales de España decidió incluir en esta ocasión la mejor obra de encargo que ha hecho en bastantes años? La grandeza e intensidad del Königsberger Klavierkonzert (2024), de Alberto Posadas (1967), hubiera merecido más de una escucha; tres, como las que proponen los conciertos de abono. De este modo, la OCNE solo lo interpretó en público una sola vez antes de que comience a sonar, en el Staatstheater de Stuttgart (que también lo co-encargó) y en la Elbphilharmonie de Hamburgo en enero de 2025.
Suceden demasiadas cosas en este Concierto de Posadas como para ser retenidas tras una primera audición. Es obra importante –tanto en orgánico como en duración– que sigue la escritura enjundiosa de las obras para piano a solo –Anklänge– del músico vallisoletano que ha grabado y difundido Florian Hölscher, solista también aquí. Tomando los circuitos eulerianos como base compositiva, las matemáticas afloran en los intersticios conceptuales de una obra que se amalgama en tres movimientos, el primero de ellos notablemente más largo que los dos restantes y con una pausa dramática hacia su mitad de astuto efecto suspensivo.
Posadas ha creado una obra de agigantado anhelo y en la que el piano, como objeto/instrumento de infinitas resonancias decimonónicas, ha impuesto su propia lógica. En ese sentido, y dicho con cautela, es un trabajo menos furibundo que Apeiron (1993), desde luego que la formidable, volcánica, Kerguelen (2013). También es, y puede ser fruto esto de un refinamiento aun mayor en su escritura, una página que cuida escrupulosamente los distintos estratos sonoros, dejando al teclado en una voz media, por debajo del aparato orquestal, como si no quisiera sacar al pianista de su estado de ensimismamiento cromático (de ello hay mucho en los tres tiempos de la obra). Es en el segundo movimiento donde Posadas consigue que su poética se explicite de forma más irrebatible; con ilusiones pianísticas heterofónicas entre el solista y el segundo piano en sombra; con resonancias especulares y una gestualidad más incisiva (aupada por arremetidas del acordeón que recuerdan al más temprano Posadas); también con un final en el que Hölscher operó sobre el arpa del piano creando una sonoridad casi electrónica. Luego, en el Finale, el virtuosismo encriptado regresa; el compositor no pretende -o no nos lo pareció- avanzar en su lenguaje, más bien este Königsberger Klavierkonzert se revela como una partitura sintética en la que conciernen muchos de los temas e inquietudes de la música de sus últimos años.

Si en la obra concertante el maestro Josep Planells demostró un sólido conocimiento de los planos, de las gradaciones y del cuidado tímbrico para que cada acción instrumental alcanzara el deseado correlato auditivo, con Coma Berenices (1998), de Francisco Guerrero (1951-1997) fue más lejos sugiriendo una rarísima y no prevista poesía oculta tras el latigazo de energía que supone la audición de una obra que bien puede presentarse como un puro estallido de virulencia. O de otro modo, no solo hubo agresividad, si la partitura dibuja una constelación en esta debe haber otros elementos. Hasta llegar a lo disruptivo, Planells ofreció protagonismo a los distintos grupos instrumentales –mención especial para las terrosidades de los tres trombones; sobresalientes vientos los de la OCNE en todo el concierto–. No se comprende en cambio que se dispusiera a los percusionistas agolpados en el extremo lateral izquierdo en lugar de diseminarlos por toda la trasera; se perdió de ese modo parte de la espacialidad de la música.
Planells no hizo con Iannis Xenakis (1922-2001) el bonito gesto que tuvo con Guerrero, presentar la partitura ante el público en los aplausos. Sin embargo, su Xenakis siguió patrones similares. El director y compositor valenciano demostró haber escuchado todos los Xenakis posibles en disco (Tamayo, Tabachnik, Amy; Petrenko en vídeo…) para decidir hacer su propia versión de Jonchaies (1977). Nunca habíamos percibido de manera tan clara una discursividad tan cinematográfica (!) en las cuerdas, con una rítmica que hacía pensar, por segundos, en Bernard Herrmann. La conclusión, con los dos flautines violentando cócleas con zumbantes agudos, también fue marca propia; toda una descarga de radicalidad sónica tras una lectura que demostró la buena forma de la Orquesta Nacional de España, capaz de solventar con notables resultados un programa de estas características.
Ismael G. Cabral


