MADRID / Excepcional Brahms de Julia Fischer con Gardner y la London Philharmonic

Madrid. Auditorio Nacional. 29-X-2026. Ibermúsica 26-27. Orquesta Filarmónica de Londres. Director: Edward Gardner. Solista: Julia Fischer, violín. Obras de Brahms y Chaikovski.
Es complicado para el crítico centrarse en la tarea de reseñar un concierto cuando el ánimo se encuentra asolado por la tragedia ocurrida ayer. Solo puede uno expresar el más sentido pésame para las familias y allegados de las víctimas de esta horrible catástrofe que nunca debió ocurrir. Procede dejar otras consideraciones para otros foros y momentos.
El segundo concierto de la Filarmónica de Londres en esta temporada de Ibermúsica se inició pues, como el primero, bajo el inevitable signo del luto, con un minuto de silencio en homenaje y recuerdo a las víctimas. La formación que fundaran Sir Thomas Beecham y Malcolm Sargent en 1932, cuyo director artístico es el español Jesús Herrera, anteriormente gerente y director artístico de la Sinfónica de Castilla y León, es visitante habitual del ciclo desde que se presentara en el mismo, hace más de cuarenta años, en aquella ocasión con otro español, Jesús López Cobos, en el podio. Repetía esta vez con su actual titular, Edward Gardner, que afronta sus dos últimos años al frente de la orquesta, antes de que, en la temporada 2028-29, asuma el mando el estonio-estadounidense Paavo Järvi.
Resalta oportunamente Pablo Rodríguez en sus notas al programa la curiosa relación de Chaikovski y Brahms. El primero, notablemente cáustico y crítico con la obra del segundo que, a su vez, finamente, muy à la Rossini, expresaba su lejanía sobre las composiciones del ruso. Lo gracioso del asunto, como recuerda bien Rodríguez, es que, copa en mano, la relación personal entre ambos era excelente, algo que el autor de El lago de los cisnes no tenía reparo en reconocer abiertamente.
Escrito en 1878, el Concierto para violín de Brahms es uno de los más complejos, pero también más interesantes del repertorio, aunque, como apunta Rodríguez, no se instaló fácilmente en él. Quizá sobre todo por un primer movimiento denso y tenso a la vez, no especialmente sencillo en las primeras escuchas. Tal vez de ahí derive esa famosa pulla atribuida a Bülow sobre que se trataba de un Concierto contra el violín. El rotundo arrebato de la entrada del violín solista, una suerte de heroico recitativo que no apela con el lenguaje más directo que pueda imaginarse, parece una apuesta determinante, pero después encuentra contraste en pasajes de emocionante efusividad lírica, con frecuencia dibujados en hermosos ascensos a la zona más aguda del registro del instrumento. Primer movimiento, pues, rotundo e intenso, que Brahms construye admirablemente, poniendo a prueba sin concesiones la limpieza ejecutora del solista, empujado a octavas, acordes y momentos de ataques que evidencian inmediatamente, si las hay, las costuras de la afinación. Lo que Brahms construye después, como bien señala Rodríguez, es capaz de “hacer brotar lo más sorprendente de lo ya escuchado”. Bellísima la melodía del segundo movimiento, enunciada por el oboe para gran irritación de Sarasate, y notablemente más directo el jovial Allegro giocoso final, donde tampoco escapa el solista a la alta demanda técnica.

La obra, en fin, exige un solista con un sonido poderoso, que haga justicia a la energía desplegada en los pasajes más contundentes y apasionados, pero con la belleza y redondez necesaria para que los de mayor densidad lírica consigan despertar en el oyente la emoción que contienen. Solista que debe tener un arco tan ágil como poderoso, sólida seguridad en la afinación, felina agilidad en la articulación y capacidad para un fraseo fluido que nos haga llegar el gran contenido expresivo de la partitura. Características, todas ellas, que la muniquesa Julia Fischer (1983) posee en cantidades industriales, como ha demostrado en sus repetidas visitas, la última, con la Academy of St. Martin in the Fields, hace un par de años.
Lo volvió a hacer en esta ocasión. Fischer extrae el mejor partido de su Guadagnini (1742), luciendo un sonido de una belleza extraordinaria en toda la gama dinámica, muy ancha, por cierto. Con un vibrato perfectamente ajustado, nunca excesivo, la bávara dejó muy claro, desde esa rotunda entrada inicial, presentada con una perfección exquisita, que tiene la obra perfectamente absorbida y dominada. Su interpretación, siempre expresiva, cantó con fluidez, respiró adecuadamente, se enriqueció con estupendos reguladores y un rubato manejado con inteligencia y sensibilidad (nada hay en el discurso de Fischer que se antoje plano). Valga la bellísima traducción de tantos pasajes en los que Brahms demanda una expresión dolce como ejemplo. Sus ataques fueron siempre de una precisión formidable.
La tuvieron también los agudos, que llegaron con tanta belleza como exactitud (y con una aparente facilidad realmente asombrosa), y los contundentes acordes con los que Brahms pone al mismo tiempo a prueba arco y afinación. Si hacía falta más demostración, la hubo, en forma de una cadencia (la de Joachim) admirablemente dibujada, donde, muy acertadamente, el ánimo virtuoso no pudo con el expresivo. Brillante, sin duda, pero sobre todo maravillosamente cantada. Precioso también el final de este movimiento, con una tensión bien graduada desde un comienzo tranquilo tras la cadencia. Lució Fischer también todas estas virtudes en un segundo tiempo de gran belleza, y vertió la oportuna jovialidad en el alegre tercero, donde destacó su nítida articulación, que cerró con un estupendo Poco più presto final. El éxito fue de los grandes, merecidísimo, para esta interpretación magistral del Concierto brahmsiano, una de las mejores que el firmante ha podido escuchar en los últimos años. Fischer regaló entonces otra perla, la Sarabande de la Partita nº 2 de Bach. Expresiva, bellísima, con un vibrato que nunca resultó excesivo, pero tampoco pecó de parco.
La Sinfonía Manfred de Chaikovski ocupaba la segunda parte. Es, con pocas dudas, la más atípica de las que componen el ciclo sinfónico del ruso. No solo por su carácter programático, que el crítico Stásov basó en el poema de Lord Byron, sino por el hecho de que la idea de componer una sinfonía sobre dicho programa fue a parar inicialmente a Berlioz, después a Balákirev tras el rechazo del francés, y finalmente a Chaikowski tras el passing-shot de su mentor (no sin alguna resistencia por parte del autor de la Patética). Obra de gran intensidad dramática (en más de un momento, realmente apabullante), densa, larga (la más larga de la serie de Chaikowski, cerca de una hora) y a menudo, como señaló hace tiempo Semyon Bychkov a quien firma estas líneas, absolutamente infravalorada, hasta el punto de que, durante algún tiempo, sufrió recortes y modificaciones (incluso de la mano de Toscanini).
Pero, como en el caso de la de Brahms, estamos ante una sinfonía de gran belleza cuando lo “difícil de encajar para algunos” (en palabras de Bychkov, la fuga tras la bacanal y el final con órgano, que en realidad no es tal: Chaikowski prescribe un armonio, algo que casi nunca se respeta) consigue llegarnos con toda su intensidad. Como recordaba el gran director ruso, Manfred habla, claro, de tragedia, pero también de perdón. Procede aquí recordar con precisión aquellas palabras del hoy titular de la Filarmónica Checa (al que, por cierto, veremos en un par de semanas): “Hablando francamente: ¿qué hay de malo en el perdón? Manfred nos habla de perdón. Ha sido perdonado, ahora puede morir. ¿Cuál es el problema con eso? Respecto a la fuga, lo que lo hace complicado es que, tras la bacanal, viene ese pasaje lento, mortecino, en el que todo, por así decirlo, se congela. Y entonces hay que reiniciar la fuga, y eso se hace difícil para nosotros como intérpretes. Recuperar la energía, cuando hasta la tensión arterial ha bajado, es complicado. Pero, de nuevo, ¡eso no es problema de la música, es el reto que eso supone para nosotros!”. Así es, demasiado a menudo se achacan debilidades a la obra que, en realidad, lo son de los intérpretes. Quien esto firma coincide en lo que destaca también Rodríguez: estamos ante “una de las grandes confesiones sinfónicas del romanticismo”.

Hemos señalado, con ocasión de anteriores visitas, que la Filarmónica de Londres es una formación notable, compacta, bien ajustada, con una buena sección de cuerda (muy especialmente en la región grave, que bien puede considerarse lo mejor de la orquesta), una madera más correcta que deslumbrante (aunque algunos solistas, especialmente los clarinetes, lucieron una excelente clase) y unos metales bien empastados pero ocasionalmente algo ásperos (trompetas, especialmente) y algún que otro roce puntual (trompas, en el primer movimiento del Concierto brahmsiano). La percusión, empleada con profusión en la obra de Chaikovski, es excelente.
Gardner, por su parte, es director de sólida formación y oficio, gesto claro y elegante, atento y sensible, constructor siempre de un discurso fluido y bien elaborado antes que especialmente inspirador. Acompañó con cuidado ajuste y sensibilidad en cuanto al equilibrio el Concierto de Brahms, con excelente respuesta de la orquesta londinense.
Su planteamiento de la Sinfonía de Chaikovski destacó con acierto el lado más dramático, con plausible dibujo de las numerosas inflexiones de tempo que Chaikovski reclama. El primer movimiento, no obstante, hubiera agradecido mejor empaste de la madera en el principio y más densidad y presencia en los violines, de presencia limitada en los dolientes acordes de la cuerda, dominados en esta ocasión por violonchelos y contrabajos. Chaikovski reclama una percusión intensa durante los pasajes más exaltados del movimiento, pero quizá hubiera sido deseable un menor exceso bombástico, especialmente en algunos ataques de los platillos que sepultaron todo lo demás, algo que se reiteró en otros momentos de la obra.
Ligero, ágil, con muy buena respuesta de la cuerda, el Vivace con spirito, y estupendamente cantado el bellísimo trio de este movimiento. Bien resaltado el recuerdo (tantas veces reiterado oportunamente por el compositor a lo largo de la obra) al trágico inicio del primer movimiento. Difícil resistirse al encanto de ese genio de la melodía que era Chaikovski en el canto inicial de la Pastorale-Andante con moto, muy bien presentada aquí por el oboe. Lástima que en algún momento se rompiera ese encanto por la tosquedad de las trompetas en su nuevo recuerdo al motivo del primer tiempo. Vivo, enérgico, el comienzo del complejo Allegro con fuoco, con un pasaje Lento que tal vez hubiera pedido algo más de hondura. Bien expuesta la fuga, en esa compleja combinación con la bacanal. El nudo gordiano del que hablaba Bychkov, el tramo final, quedó resuelto de forma más correcta que sutil, aunque el órgano (cierto que Chaikovski prescribe ff, pero lo hace para el instrumento pretendido, el armonio) quizá hubiera podido optar por una registración algo más discreta.
Una muy correcta interpretación, recibida con calor por el público. Pero nadie podía olvidar lo de ayer, y la propina fue la misma: el Vals triste de Sibelius, admirablemente interpretado.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: Rafa Martín/Ibermúsica)


