MADRID / Energética ‘Quinta’ de Bruckner por Afkham con la Nacional

Madrid. Auditorio Nacional. Sala Sinfónica. 22-XI-2024. Concierto sinfónico 7 de la temporada de la Orquesta y Coro Nacionales de España. Director: David Afkham. Bruckner: Sinfonía nº 5 en si bemol mayor (ed. Nowak).
En el año en que se conmemoran 200 del nacimiento de Anton Bruckner, bueno es que se escuchen algo más sus sinfonías, hoy mucho mejor recibidas y aceptadas por nuestros públicos de lo que lo eran hace algunas décadas, donde se veían y leían algunas cosas realmente exóticas, como ya comenté en su momento desde estas líneas cuando la misma Orquesta Nacional interpretó hace unos meses la Octava, también con Afkham en el podio.
Se alegaban para justificar la reticencia las densidades de los complejos y prolijos desarrollos brucknerianos, por desgracia no siempre entendidos en toda su belleza. La del compositor de Ansfelden es música que pide ser paladeada con escucha concentrada y paciente, porque su discurso es hermoso, alcanza la grandeza sin grandilocuencia, consigue grandes intensidades que pueden ser trazadas, sin embargo, con finura, y apabullantes clímax, que causan enorme impacto cuando llegan sabiamente construidos desde el podio y ejecutados por una buena orquesta. Música que pide espacio para el eco, para que el discurso no pierda grandeza, para que no quede escondido entre florituras innecesarias, brillanteces superficiales o efectistas, poco compatibles con quien fue, esencialmente, un hombre austero. Como tal, su música tiene una grandeza sobria, una que suena en los himnos, pero también en los silencios y pausas que dejan en el ambiente la resonancia de la fanfarria que a menudo les precedió, heredera, en fin, del órgano de iglesia que fue el instrumento por excelencia para el compositor.
Hay en la Quinta lugar para el misterio (como en las dos bellísimas introducciones lentas de los movimientos extremos) y para una opulencia sonora que nunca debe sonar excesiva, sino como testimonio musical de esa gran resonancia del órgano mencionada, porque el empleo de metales es generoso (la orquesta incluye una generosa sección de ellos: 4 trompas, 3 trompetas, 3 trombones y tuba. Puede darnos, como en el scherzo, la sonrisa danzarina simple, hasta bucólica, del ländler. Pese al doliente carácter del Adagio, bien encarnado por el lánguido motivo inicial del oboe, esta Quinta tiene también resonancias de afirmación. Incluso de triunfal júbilo, algo especialmente patente en el coral que aparece una y otra vez en la obra y que corona un final grandioso para la sinfonía.
Y Bruckner, extremadamente humilde y austero, era también notoriamente inseguro. Por eso revisaba, insatisfecho, sus partituras una y otra vez. De ahí el pandemónium de ediciones de sus obras. El compositor de Ansfelden escribió la Quinta entre 1875 y 1876, e hizo pequeñas revisiones hasta el primer manuscrito (1878), que solo tuvo estreno orquestal en 1894, sin presencia del autor. Después de revisiones y cortes por Schalk y Haas, Leopold Nowak firmó la edición hoy bendecida por la Sociedad Internacional Bruckner (1951) que es la que se interpreta casi siempre estos días.

No es sencillo, desde luego, el buen desentrañamiento de esta sinfonía. Porque si la escucha demanda sosiego y gran concentración, la interpretación debe ensancharse para dejar ese espacio y tiempo mencionados, sin los cuales es fácil que la grandeza, la trascendencia, queden engullidas por la precipitación.
Ese gran bruckneriano que fue Eugen Jochum decía que una buena interpretación de esta Quinta sinfonía “debe dirigir todo hacia el Finale… y mantener continuamente algo en reserva para su conclusión“. Eso ya es, en sí mismo, todo un reto. El gran clímax de la obra se hace esperar, y mucho. Uno de los mejores intérpretes de esta música en nuestros días, Christian Thielemann, declaraba que toda la obra está presidida por lo cantable (“cada línea canta”), y por una alegría del espíritu, y coincide con Jochum en la necesidad de reservar fuerzas para la conclusión. “Si la intensidad se vuelve demasiado fuerte antes de tiempo, o se agotan las energías al final del primer movimiento, la interpretación quedará a medias”.
Hay buena razón en ello, porque es la grandiosa culminación del último tiempo la que nos trae el triunfo, la rotunda afirmación, tras las tensiones previas, iniciadas desde el misterio, hasta inquietante, con que la cuerda grave inicia los dos movimientos extremos. Y es cierto también, que graduar tensiones y reguladores, construir los crescendi con la calma debida, sin precipitación, con el justo lugar a la expansión, es clave para conseguir que el complejo entramado de tensiones elaborado por Bruckner nos llegue con toda la intensidad, y también para que la sonoridad, tan heredera de los timbres del órgano, resuene con todo el espacio y tiempo necesarios.
¿Se logró todo ello en la tarde de ayer? el titular de la Nacional, David Afkham, ha acreditado sobradamente su gran clase como maestro, y es indudable su afinidad con el gran repertorio sinfónico centroeuropeo. Armado en esta ocasión con batuta, que en los últimos tiempos parecía haber abandonado, ofreció una interpretación que puede considerarse notable de esta gran y compleja sinfonía bruckneriana, especialmente en lo referente al adecuado balance orquestal, el aprovechamiento máximo de dinámicas, la claridad de texturas y la construcción del esencial tramo final de la partitura. Comenzó de forma excelente, con un delicado, misterioso y sereno pianísimo de la cuerda grave, un bien dibujado adagio inicial, en el que esos pizzicati de la cuerda grave resonaban como debe ser, con el espacio suficiente para hacerlo. Tuvo luego más peso y energía que solemnidad el primer ataque en fortísimo, y el allegro irrumpió a un tempo de considerable velocidad.
En efecto, dibujó Afkham con cuidado el balance orquestal, de forma que las texturas nunca sonaron espesas o confusas, y consiguió exquisitos matices de la Nacional, que se movió bien en una dinámica ancha y bien graduada desde el podio. Para quien esto firma, el allegro se movió más hacia el nervio y la energética vehemencia que hacia la solemne grandeza, que parece demandar, como apunté al principio, más sosiego, incluso en la coda, en esta ocasión más inclinada a la decidida brillantez.
Se antojó más tranquilo que realmente lento (la indicación es sehr langsam, muy lento) el segundo movimiento, cuyo clima, de indudable carga dramática, no pareció terminar de definirse bien, y en el que el segundo motivo, muy bien enunciado por la cuerda, pareció el momento más logrado. Sacó Afkham partido de los silencios, aunque creo que pudo haberlos exprimido más como generadores de tensión, y dibujó con acierto (y con magnífica respuesta de la orquesta), el emocionante pianissimo final.
Es cierto que la indicación para el tercer tiempo es Molto vivace (schnell), pero el tempo imprimido por Afkham pareció realmente vertiginoso (aunque sin alcanzar la cota supersónica de Petrenko en Granada este verano). El discurso resultó tan enérgico como un tanto precipitado, quizá falto de algún punto de reposo (pudo haber sacado aquí el maestro de Friburgo mejor partido a los silencios con calderón, que le hubieran permitido más respiro y flexibilidad). Ese reposo también se echó de menos en el trio, en el que hubo, no obstante, buen rubato.
Acertó de nuevo Afkham con un estupendo comienzo del difícil y retador movimiento final, retomando el misterio del inicio. Bien expuesto el recuerdo a los materiales de los movimientos previos y su interacción con el primer motivo de este último, algo que también había hecho Beethoven en su Novena sinfonía. También muy bien planteada la fuga inmediatamente posterior (y sus sucesivas reiteraciones, siempre expuestas con gran nitidez en las voces), aunque con una enunciación del motivo, en cuanto al dibujo rítmico, que resultó un tanto marcial.
Este es, ya se apuntó, el movimiento clave. Y fue, creo, el más logrado de su lectura, especialmente en el tramo final, en el que el gran coral que desde el poderío de los metales apabulla en su grandeza sobre la trepidación agitada de la cuerda alcanzó la grandeza demandada sin perder voltaje.

La Nacional respondió con una ejecución notable a la demanda de su director titular. Especialmente afortunada una cuerda excelente, de sonoridad redonda y con buena presencia, muy empastada, con mención especial para la cuerda grave. Destacable igualmente toda la madera, precisa y bien matizada. Metales de buena sonoridad, aunque en la tarde de ayer se apreciaron roces esporádicos en las trompas, y también alguno en las trompetas. Impecables los timbales en las siempre hábiles manos de Juanjo Guillem.
El balance es, como se apuntó, el de una interpretación de notable calidad en cuanto a ejecución, y que en su discurso pudo convencer solo a medias, porque pareció más intensa y enérgica que de especial hondura y trascendencia, algo a lo que contribuyó, creo, la considerable velocidad imprimida. Asunto que, por otra parte, parece últimamente invadir buena parte de las interpretaciones brucknerianas de estos tiempos, como si surgiera una especie de contrapunto a las lentitudes extremas de Celibidache, pero también a las anchuras que Wand, y hasta Karajan o Jochum, manejaban con frecuencia. Parecemos estar alejándonos de aquellos grandes brucknerianos. Si es o no para bien, es materia de gustos. Sea como fuere, esta energética y sin duda brillante interpretación de Afkham con la Nacional fue calurosamente acogida por el público.
Rafael Ortega Basagoiti
Foto: Rafa Martín


