MADRID / Electrizante Wagner de Afkham con la Nacional, con una excepcional Miknevičiūtė

Madrid. Auditorio Nacional. Sala sinfónica. 15-VI-2026. Concierto sinfónico 20 de la temporada de la Orquesta y Coro Nacionales de España. Director: David Afkham. Solistas: Vida Miknevičiūtė, soprano (Sieglinde); Nicky Spence, tenor (Siegmund); Jongmin Park, bajo (Hunding). Obras de Conrado del Campo y Richard Wagner.
Empecemos por lo que no estaba previsto, que bien podría considerarse anecdótico. A la entrada al auditorio se entregó a los asistentes una nota redactada por las profesoras de la Orquesta Nacional. En resumen, la nota pretendía explicar por qué íbamos a verlas vestidas con ropa informal en lugar de los habituales vestidos y trajes de gala. En el comunicado, se dice que el sistema por el que el INAEM les proporcionaba la vestimenta funcionó satisfactoriamente durante años, pero ha sido sustituido por otro que, en palabras de las mujeres de la orquesta, “no ha sabido responder a las necesidades reales de nuestro trabajo”, apuntando que las nuevas prendas “llegan incluso a impedir que algunos instrumentos puedan tocarse con la comodidad, libertad y naturalidad que requiere nuestra profesión”. Continúa el texto explicando que, expresada la reclamación correspondiente ante los responsables, no se ha obtenido respuesta efectiva, por lo que expresan, con esta vestimenta informal, la disconformidad con el estado actual de la cuestión. Pues bien está. Quien esto firma no tiene criterio sobre la cuestión, aunque sí para confirmar que la protesta está, como señalan las profesoras de la Nacional, expresada con respetuosa mesura. Hasta aquí lo que, para quien esto firma (algún espectador tras mi localidad expresaba con contundencia, creo que excesiva, su desagrado) no pasa de lo anecdótico. Vayamos a la música.
Afronta el actual titular de la Nacional, David Afkham, el tramo final de su última temporada con tres conciertos tan interesantes como exigentes. El primero de ellos tiene como foco principal el intenso primer acto de La Valquiria de Wagner. Es difícil encontrar un complemento a la partitura wagneriana para edificar un programa de duración razonable, y la propuesta escuchada parece muy adecuada: la muy interesante obra de Conrado del Campo, La Divina Comedia, Infierno. Partitura que, en sus trece minutos de curso revela, como bien apunta Arturo Reverter en sus siempre precisas notas, una muy evidente influencia wagneriana y straussiana. Procede coincidir con su afirmación: se trata de “una página de rara intensidad, procelosa, rotunda, incandescente, reveladora de un talento orquestal de primer orden”. Hay, como es oportuno por el tema que lo inspira, tintes siniestros e inquietante tensión, también ramalazos de efusión, con un colorido orquestal que es patente heredero de las influencias citadas.

La dirigió Afkham con convicción, resaltando apropiadamente lo de siniestro y trágico que hay en la música, obteniendo una respuesta notable de una Nacional que pareció, en esta obra y también en la de Wagner, notablemente más entonada que en el último concierto dirigido por su titular con obras de Falla.
La Valquiria es, de las cuatro óperas del Anillo wagneriano, la que probablemente presenta una más continuada intensidad dramática, una vibración que no concede respiro alguno ni a intérpretes ni a oyentes. Desde el tormentoso preludio hasta la maravillosa conclusión (la escena final del acto III con Wotan y Brunhilde es uno de los momentos más hermosos de la historia de la ópera) nos lleva de un momento inolvidable a otro, siempre en altísima tensión dramática.
Habrá quien critique esta elección, por aquello de que se trata solo de un acto y en versión de concierto. Y claro que uno preferiría la ópera completa (como escuchamos en su día Tristán e Isolda), pero hay que ser conscientes de que preparar La Valquiria entera con los tiempos de que se dispone hoy en día en las orquestas sinfónicas es, cuando menos, complicado. Por no añadir que el primer acto se maneja con tres solistas -que tienen que ser de fuste, desde luego- pero los otros dos añaden mucha más exigencia en este sentido (Wotan, Fricka, Brunhilde y las otras ocho valquirias).
Conviene recordar también que la práctica de escuchar un acto aislado (y en concreto este acto de La Valquiria) tiene una larga tradición, incluso en batutas wagnerianas reconocidas, desde Bruno Walter a Otto Klemperer pasando por uno de los más célebres traductores de la tetralogía, Hans Knappertsbusch. Más recientemente, hemos podido escuchar este mismo acto a la Filarmónica de Berlín, con su titular, Kirill Petrenko, en el concierto de San Silvestre del año 2023, que contó, por cierto, con la misma Sieglinde que en esta ocasión, la lituana Vida Miknevičiūtė (1979). Así que la cosa es más habitual de lo que a priori pueda parecer. Y Wagner siempre es bienvenido (al menos por el que suscribe). De hecho, a algunos nos gustaría escucharlo con más frecuencia (como a R. Strauss).

Dentro de esta ópera magistral, el primer acto es, además, una entidad en sí misma, que admite especialmente bien la interpretación separada (lo que no se antoja, por ejemplo, con el primer acto de Sigfrido, o el del Ocaso de los Dioses). Ya el trepidante preludio nos pone literalmente en el borde de la silla. Lo hacen también el apasionado dúo de amor de los hermanos, Siegmund y Sieglinde que corona el acto, la desgarrada llamada de Siegmund a su padre (Wälse, Wälse! ¿Dónde está la espada?), donde el aliento del tenor es exigido al límite (el largo Sol agudo que recuerda oportunamente Reverter en sus notas), y la inquietante tensión que supone desde el principio la presencia imponente y estremecedora del siniestro Hunding. Para los actos siguientes queda la resolución de las tensiones planteadas en este, pero la altísima intensidad de la música de este acto, de una continuidad y fluidez asombrosas, es simplemente arrolladora.
Decíamos antes que se necesitan tres cantantes de fuste, porque la exigencia que plantea Wagner (como era habitual en él) es máxima. Registro, potencia, resistencia, capacidad de matiz, no falta de nada. El tenor que encarna a Siegmund debe ser heroico y, como apunta Reverter, poseer una voz incisiva y potente. El de la ocasión era el escocés Nicholas Eliot Spence (Dumfries, 1983), más conocido como Nicky Spence, que tras estas interpretaciones cantará el mismo papel en Los Ángeles (con Dudamel) y Viena (con Heras Casado). El escocés tiene una buena y bonita voz, que se maneja sin apuros en la tesitura (apenas con algún ramalazo de fatiga en el tramo final) y matiza con gran acierto las sutilezas. La presencia de su voz, sin embargo, pareció justa en más de una ocasión, tanto en los momentos en que la orquesta exigía más poderío como en sus dúos con Miknevičiūtė, donde su inferioridad fue bastante evidente. A su Wälse! Wälse! no le faltó aliento, pero sí potencia. Pareciera tener el personaje aún en fase de maduración (significativo que, de los tres cantantes, fue el único que utilizó partitura, si bien es cierto que su papel se lleva la parte del león). En todo caso, la suya fue una labor muy apreciable.
El siniestro Hunding fue encarnado por el surcoreano Jongmin Park (Seúl, 1986) a quien hemos visto en varias ocasiones en el Teatro Real, incluyendo interpretaciones wagnerianas (Fafner, en Siegfried, 2021, y Pogner, en Meistersinger, 2024, en ambas ocasiones con Heras Casado en el podio). Al contrario que Spence, Park mostró desde la primera frase una presencia rotunda, imponente, realmente poderosa. Encarnó de forma sobresaliente al siniestro personaje. Su Hunding resultó muy apropiadamente amenazante. Solo hay que recordar el momento en el que anunciaba a Siegmund que al día siguiente le retaría en duelo. El aviso, por resumir, daba miedo, vaya. Magnífica interpretación la suya.

Absolutamente estelar la Sieglinde de Vida Miknevičiūtė. La lituana (que acaba de deleitar al público español con la Salomé de Strauss ofrecida en Valencia), tiene un dominio absoluto del personaje, como ya demostró con Petrenko hace un par de años. Formidable demostración vocal la suya, sin apuro alguno de tesitura, capaz de los más sutiles matices y de rotundo poderío, sin estridencias (en el dúo final, su apasionado “Siegmund, así te llamo” resultó realmente sobrecogedor, elevándose como si tal cosa por encima de un imponente pasaje orquestal). Quien esto firma no cree que, en la actualidad, Davidsen aparte, haya muchas sopranos que puedan hacerle sombra en este papel a la lituana, que coronó una interpretación sensacional. Su tremenda presencia hizo quizá más evidente justo aquello que le faltaba a Spence.
Afkham se mueve en esta música con una soltura especial. Lo ha demostrado cuantas veces se ha acercado al universo wagneriano. Y esta no fue la excepción. La intensidad fue evidente desde el muy vivo preludio, adecuadamente tormentoso (como literalmente lo pide Wagner). Manejó el discurso dramático con finura, fluidez, mando siempre atento y cuidado en los detalles, preciosa traducción de los pasajes más líricos (como en la segunda mitad de la primera escena) y muy adecuada graduación de la tensión, con momentos muy logrados, como el final de la segunda escena (la amenaza de Hunding) o el tramo último del acto, realmente electrizante. Respondió muy bien la Nacional en todas sus secciones a la altísima exigencia de una partitura endiablada, con metales de buena presencia y empaste (muy bien las trompas en el recuerdo al Oro del Rín), además de algunas intervenciones destacadas, como las de los solistas de flauta, oboe, clarinetes, corno inglés, o el de timbal, sutilísimo en el comienzo de la tercera escena. El público recibió con gran entusiasmo la excelente interpretación, con especial reconocimiento a los dos cantantes realmente magníficos de la velada, Park y Miknevičiūtė.
Rafael Ortega Basagoiti
Foto: Rafa Martín


