MADRID / El sueño de Cenicienta, en el Teatro Real

MADRID / El sueño de Cenicienta, en el Teatro Real

Madrid. Teatro Real. 23-IX-2021. Rossini, La Cenerentola. Dmitry Korchak, Karine Deshayes, Renato Girolami, Florian Sempey, Roberto Tagliavini, Rocío Pérez, Carol García. Director musical: Riccardo Frizza. Director de escena: Stefan Herheim.

La Cenerentola es un cuento infantil con sus correspondientes elementos mágicos. Rossini propuso una versión en clave de comedia, con ingredientes de ópera sentimental, burlesca y edificante. De tal modo, es factible una lectura plural y así lo han entendido los responsables de su reposición madrileña: el director de escena Stefan Herheim, el escenógrafo Daniel Inger, la figurinista Ester Blalas y el iluminador Andrés Hofer. El resultado fue un espectáculo complejo con una batería extensísima de elementos en juego: cambios de escena a la vista, partición del espacio por medio de un telón corto, proyecciones de video con figuración y sombras chinescas, variantes de la superficie escénica por medio de la iluminación (incluyendo el encendido de la sala misma en algún momento), todo ello funcionando como un infalible mecanismo de relojería, de aquellos tiempos en que los relojes tenían mecanismos.

La infraestructura del Real se puso en marcha y resolvió el envite a la perfección. Otro teatro difícilmente lo habría conseguido. Así pudo verse una acción continua y vivaz, siempre motivada por las situaciones, unida a una dirección de actores milimétrica que reguló no solo el paso sino la distribución sobre el tinglado, de modo que las composiciones corporales resultaron un deslumbrante ejercicio de cuadros vivos, a menudo inspirados por la pintura de la época. Si a ello se suma que todos, coristas incluidos, debieron bailar al tiempo que jugar sus roles, el paradigma de una comedia musical erudita y lujosa queda completado.

Se pudo ver la obra rossiniana sin alteraciones porque se jugó como el sueño de una asistenta de nuestros días, cuyo deseo íntimo es vivir en un cuento infantil, con príncipes, brujas, sabios moralistas y una justicia providencial que premia a los buenos y castiga a los malos. De tal modo se tuvo el doble efecto: obedecer a Rossini y resolver un espectáculo del siglo XXI. Algunas exageraciones podrían pulirse, empezando por la puesta de la obertura que es, como se dice en italiano, una sinfonía y no un mimodrama. Basta con los elementos de viñeta infantil que bajan del telar, incluyendo una nube donde Rossini hace de Dios Supremo, con un triángulo masónico por montera, como el Sarastro mozartiano. El palacio principesco, negro y dorado, también tiene un aire de cámara iniciática en una logia.

En lo musical, la batuta de Ricardo Frizza estuvo a la altura. Su sonoridad fina y su clara lectura de planos se acomodaron a unas velocidades favorables a los cantantes y a una trama narrativa donde el podio se enteró de todo y se divirtió con ingenio rossiniano. El elenco mostró excelencia, aunque matizada. Sobresalió, por su gallardía vocal, su refinamiento lírico y su maestría belcantista, el tenor Dimitri Korchak. El trío de los bajos brilló por las suyas. Roberto Tagliavini mostró una presencia imponente de bajo cantante en su noble y edificante Alidoro. Don Magnifico tuvo en Renato Girolami a una voz generosa y una riqueza de matices histriónicos de cimera elocuencia. Florian Sempey completó el trío con comparable faena. En la protagonista, Karine Deshayes resolvió a una convincente mujer de la limpieza convertida en reina por un día. Fue fina, musical y de un lirismo intenso con buena agilidad. En el rondó final se vio exigida por los saltos al agudo y sonó rígida y apurada. Divertidas y solventes, las malvadas hermanitas Rocío Pérez y Carol García. Las masas del Real, como siempre, de primera, con Andrés Máspero y su coro.

(Foto: Javier del Real)