MADRID / El Ebro pasa por Berlín

MADRID / El Ebro pasa por Berlín

Madrid. Fundación Juan March. 19-X-2019. La Guirlande. Director y flauta travesera: Luis Martínez Pueyo. Obras de Carl Philipp Emanuel Bach, Carl Heinrich Graun y Johann Quantz.

Hasta hace no mucho, habría resultado impensable que el Ebro pasara por Berlín. Pero con las últimas hornadas de intérpretes españoles especializados en música antigua ya todo es posible. Y ahora explico lo del Ebro y Berlín. El tercer concierto del ciclo que la Fundación Juan March le está dedicado este mes de octubre a Carl Philipp Emanuel Bach y al Empfindsamkeit Stil incluía dos sonatas para flauta y bajo continuo (las H 533 y 548) y un rondó para clave solo (H 262) del más aventajado y formal de los hijos del Kantor de Leipzig, así como una sonata para violonchelo y bajo continuo (B:XVII:53) de Carl Heinrich Graun y una sonata para flauta y bajo continuo (QV 1:168) del que fuera extraordinario virtuoso y gran teórico del traverso en el siglo XVIII, Johan Joachim Quantz. Era un programa que habría podido perfectamente escucharse en aquellas veladas veraniegas del Palacio de Sanssouci organizadas por Federico “el Grande” de Prusia, un consumado flautista, a decir de las críticas (y, también, un digno compositor de música para este instrumento).

El río que pasa por Berlín es el Spree, ya se sabe, pero el que pasó —imaginariamente— por la March fue el Ebro, ya que los tres intérpretes, miembros habituales de La Guirlande, son zaragozanos: el flautista —y director del ensemble— Luis Martínez Pueyo, la violonchelista Ester Domingo y el clavecinista Alfonso Sebastián (aunque, paradójicamente, ninguno sea profeta en su tierra, pues el primero reside en Basilea, la segunda en Madrid y el tercero en Salamanca). Las comparaciones son siempre odiosas, pero… ¡qué diferencia con el concierto ofrecido hace justo una semana en este mismo escenario por tres intérpretes alemanas de tronío (Petra Müllejans, Sabine Bauer y Daniela Lieb), quienes, lamentablemente, se lo tomaron como un bolo! Expresando un término que hoy se usa con frecuencia en el fútbol, músicos y grupos de países como Alemania, Inglaterra u Holanda “han muerto de éxito”. Les falta, en otras palabras, hambre. Pero los jóvenes músicos españoles se quieren comer el mundo, algo que, unido a su solida formación (adquirida en muchos casos en el extranjero), les ha situado actualmente en la vanguardia de la música antigua.

El programa de La Guirlande estaba muy trabajado. Se percibió desde la primera nota. Se podrán compenetrar muy bien los tres componentes del grupo, porque llevan tiempo trabajando juntos, pero esta música, que no es nada fácil, hay que currársela a conciencia. Y el público, que cada día es menos lego, lo aprecia y lo agradece. Luis Martínez Pueyo no solo es un magnífico flautista, sino un estudioso de todo lo que tiene que ver con los traversos históricos (podríamos decir que es una especie de Quantz de nuestros días). Su emisión es diáfana y pura, y posee una excelente musicalidad. Las tres sonatas para flauta del programa tienen multitud de inextricables recovecos, lo cual viene a confirmar que Federico “el Grande” era un notable flautista, pues tanto Carl Philipp como Quantz no hicieron otra cosa que componer para este monarca. Pero estos pasajes tan complejos fueron superados con admirable solvencia —y aparente comodidad— por Martínez Pueyo.

A Ester Domingo le tocó lidiar con otro toro resabiado: una sonata para violonchelo de Carl Herinch Graun (esta parece que sí es suya, pues con las obras instrumentales de este compositor y de su hermano, Johann Gottlieb, hay un tremendo desbarajuste, al punto de los musicólogos han optado por atribuir muchas de ellas a los dos). La sonata, de notable belleza, lleva al límite en no pocos pasajes al violonchelista, pero Domingo, bien arropada por el clave de Sebastián, dio muestras de su pericia. El propio Sebastián tocó admirablemente el Rondó en La menor de Carl Philipp, aunque tuvo la fatalidad de que en los momentos más líricos de la pieza sonara por dos veces el teléfono celular de una espectadora poco familiarizada con la tecnología, pues no hubo manera de que supiera cómo desactivar el infernal sonido que salía del artilugio.