MADRID / El asombroso arte de María Dueñas y su violín pródigo

Madrid. Auditorio Nacional. 19-IV-2026. Liceo de cámara del CNDM. María Dueñas, violín. Alexander Malofeev, piano. Obras de Schubert, Debussy y César Franck.
¡Qué programa, Dios mío! Solo la selección de piezas seduce, atrae. Y con María Dueñas sabemos que hay garantías. Las hubo, pero además hubo sorpresas. Es sorprendente, por ejemplo, oír y ver la línea nada suave, nada dulce, de la solista en el Allegro moderato inicial de la Sonata D 574 de Schubert; hay, por el contrario, deliberada aspereza, no sé si violencia, un agudo que penetra inesperadamente (porque no era ahí donde se espera un agudo tal, más que nada). Sigue un Scherzo con trío que no hace más que continuar, no sé si agudizar, esa voluntad de no ceder a “dulzuras”. Ni siquiera en el Andantino cede María Dueñas demasiado de su interpretación y, claro está, la recupera plenamente en el cierre, un Allegro vivace en que vemos otra cara de Schubert, acaso la verdadera cara de Schubert. ¿De dónde saca María Dueñas, tan joven, esa madurez para (re) interpretar al Schubert que compuso esta Sonata con apenas veinte años? ¿María, que ya es quién es y lo será más aún, comprende al jovenzuelo de después del Congreso de Viena y el comienzo de Biedermeier, que no sabía quién era ni que iba a ser de él?
La suavidad, por continuar con este concepto acaso poco valorado, no regresa ni mucho menos con Debussy. Debussy es la sugerencia, y no hay en esta Sonata suya más dulzura que la que le imaginemos en nuestro viciado escuchar a los románticos. Esta Sonata es anterior en un año a su muerte; es la última de las tres sonatas que compuso al final de su vida, cuando preparaba seis, cuando la Primera Guerra Mundial estaba en su auge y anunciaba los trastornos del siglo. María Dueñas atrapa el discurso precisamente en la sugerencia. Me gustaría utilizar una palabra, un concepto habitual que empieza a ser manido: sutileza. En tiempos de Debussy y Proust, en aquellas latitudes, sutileza era una manera de denominar al refinamiento superficial. No hay una palabra más alta que otra, por decirlo así. Ni siquiera en el Allegro vivo o en el tempo que el compositor marca como muy animado, el finale. Debussy es el futuro, es el que sienta la estética del siglo XX. De él vienen sus grandezas, aunque también se apoyen en él las miserias del mimetismo o la llamada vanguardia. La interpretación de María Dueñas y Alenxader Malofeev deja en el aire, como una nube benévola, la lectura de este Sonata que nunca afirma y a menudo susurra. La nube que dejan tiene una carga insospechada, no se la puede olvidar fácilmente, porque solo en apariencia es leve. Las dinámicas las ha conducido María entre el mezzoforte y algo cercano al silencio: maestría, sin duda.
Finalmente, la Sonata para violín por excelencia en el siglo XIX (con permiso de Beethoven: Primavera, Kreutzer, Décima…), la de César Franck. Franck, al que siempre me gusta llamar el belga más francés que cualquier francés, crea con esta obra la pieza maestra de su tendencia, eso que en Francia llaman franckisme; aquí no, claro está. Me atrevería a afirmar, no sin vacilación, que en entre las obras de los franckianos solo hay una, entre las muchas y espléndidas que compusieron el malogrado Lekeu, el dotado Magnard, el severo D’Indy, etc., que esté a esa altura: el Concert op. 21 de Ernest Chausson. La forma cíclica de la Sonata de Franck es prima hermana de la idea fija de Berlioz: disculpen este nuevo atrevimiento. Algo que se enuncia apenas, que regresa apenas, que vuelve por sus fueros, que nunca se va pero que casi nunca es manifiesto. María Dueñas reservó para el final algo que ya había sugerido: su capacidad de exclamación sin énfasis, el dominio de las dinámicas renuentes al forte y con preferencia hacia el pianissimo, apoyada en un ralentado. Mas, como si ahí nos estuviera esperando para desmentirnos, hubo momentos de afirmación en Franck. Pero no se nos ofreció en ningún momento el despliegue de fuegos (¿artificiales?) de otras interpretaciones. Por eso sería adecuado considerar esta versión entre las que realmente aportan algo a tan amplia tradición y tanta acumulación de lecturas. Es decir, asistíamos a una versión de referencia.
Y para demostrar que esto no se atiene a un programa marcado, el éxito llevó a los intérpretes a conceder nada menos que tres propinas. Nada del repertorio acostumbrado, por lo demás. Primero, el Vals triste del húngaro Franz von Vecsey, que apenas me sonaba, me lo tuvieron que soplar, pieza que roza lo ligero y que posee el canto especial de lo melancólico, que es una de las facetas que se le dan bien a María. En segundo lugar, una pieza de Copland en la que el compositor gringo, tan nacional y sin embargo tan aficionado a otras inspiraciones, parece asumir la supuesta objetividad que viene de la Europa de posguerra: acaso de su coetáneo, Kurt Weill. En fin, Brahms, un Lied bien conocido, Wie Melodien zieht es mir, pero arreglado por más de una mano y que pasó a titularse Contemplation; aquí, acaso era la mano de Heifetz, pero no se puede asegurar. Fue el fin y la apoteosis. María Dueñas se apoderó del público desde muy pronto en el recital, apoyada por un excelente pianista, Alexander Malofeev, pero jugó con el público, no para engañarlo, sino para irle diciendo: esto es así, pero esto otro es diferente, y aquello es diverso, y además… Una lección de amor la de María Dueñas: al arte, al matiz, a las proporciones… a la belleza que aún se mantiene entre nosotros. Aún.
Santiago Martín Bermúdez
(fotos: Rafa Martín)


