MADRID / Didáctico repaso y alumbramiento

Madrid. Auditorio Nacional. 12-V-2026. Ciclo Satélites. Grupo de cámara la Caeremonia. Director: Daniel Huerta. La música de oro. Obras de Morales, Victoria, De Brito, Guerrero, Del Encina, Vásquez, Flecha “el Viejo”, Rodolfo Halffter, Juan Antonio García y Raúl Torrico.
El ciclo ‘Satélites’ de la OCNE ofreció un concierto resumidor, clarificador en algún aspecto, didáctico y abierto hacia la nueva creación. En él se ofrecía un amplio y extenso abanico temporal que nos mostraba distintas caras históricas y estilísticas de la escritura polifónica de nuestro país. Un repaso a obras de Morales, Guerrero y Victoria. Una mirada también el Renacimiento, con pentagramas contrapuntísticos u homofónicos. Y los profanos: De la Encina, Vásquez, Mateo Flecha “el Viejo”. También un salto hasta el siglo XX con Rodolfo Halffter, Juan Alfonso García y un recién llegado, Raúl Torrico, de quien se estrenaba Diana, basada en El perro del hortelano de Lope de Vega, dividida en ocho partes.
Partes que tratan de describir el estado emocional de ese personaje femenino. La primera, Honor, muestra vocalizaciones a boca cerrada sobre las que planea el recitado de una actriz, María Peralta. Siguen Celos, con delicados portamentos sobre las palabras; Envidia, muy rítmica, ternaria, expresiva, con sorprendentes taconazos y sin la actriz, que regresa en Aceptación, en donde escuchamos ágiles vocalizaciones. En Conflicto se nos ofrecen melismas variados en tesitura muy aguda, donde se lució la soprano Delia Agúndez. La actriz se ausenta en Despedida, rica en contratiempos y donde se alcanza una atractiva plenitud con el canto masculino. Verdad, suave y airosa, tiene rasgos de estilo antiguo. Y Amor es lenta y acogedora.
No hay duda de la buena mano de Torrico pare enlazar y engarzar oraciones y adaptarlas a distintos estilos compositivos, actuales pero mirando al pasado, lo que otorgó a la sesión una rara coherencia después de haber escuchado las variadas composiciones de los antiguos y modernos polifonistas. Destacaríamos lo discursivo y coherente de Inter vestibulum et altare de Morales, la atrayente rítmica de Lauda Sion Salvatorem de Victoria y Todo cuanto puedo dar y ¡O celestial melodía! de Guerrero para cuarteto, las animadas entradas de Què farem del pobre y las repeticiones y contestaciones, con un muy movido cierre, de Teresica hermana de Joan de Mateo Flecha “el Viejo”.
Los Tres epitafios de Rodolfo Halffter ofrecieron la participación por separado de un cuarteto femenino y otro masculino y Chitón de Juan Alfonso García nos animó con sus bien estudiadas repeticiones. Al final un par de bises, el primero. la segunda pieza de Rodolfo Halffter, Para la sepultura de Dulcinea. Interpretada, como todas las del programa con claridad, general afinación, soltura y buen estilo, con empaste generalmente logrado por el octeto, atendido siempre con gesto claro y bien dibujado por el tenor y director Daniel Huerta, a quien habría sido posible pedir una mayor variedad de dinámicas y de contrastes. Dio ocasionales explicaciones, que, sin micrófono, no se apreciaron muy bien. Como tampoco, en virtud de una amplificación siempre defectuosa en esta sala, la buena labor y acentuación de la actriz/dramaturga Mariel Peralta.
Demos finalmente los nombres de los integrantes del conjunto Caeremonia. Hemos mencionado ya a Agúndez y a Huerta. Los demás, siempre muy atentos y cumplidores, fueron: Rosa Miranda, soprano, María Morellà y Elena Sánchez, contraltos, Fernando Campo, tenor, Pablo Llarena y Alfonso Martín, bajos.
Arturo Reverter


