MADRID / Desigual interpretación del ‘Bajazet’ de Vivaldi a cargo de Les Accents

Madrid. Auditorio Nacional. 18-I-2026. Ciclo Universo Barroco, CNDM. Renato Dolcini, bajo-barítono; Cameron Shahbazi, contratenor; Anthea Pichanick, contralto; Eva Zaïcik, mezzosoprano; Julia Lezhneva, soprano y Suzanne Jerosme, soprano. Les Accents. Thibaut Noally: violín y dirección. Vivaldi: Il Bajazet (o Il Tamerlano), 1735.
Para comprender las condiciones en las que Antonio Vivaldi dio vida a la ópera Il Bajazet, título indicado en la partitura pero también conocida como Il Tamerlano según el libreto, debemos situarnos en el invierno de 1735, durante el Carnaval de Verona. Por aquel entonces, Vivaldi era ya un músico veterano que entraba en decadencia y con cierta precariedad económica, ya que se enfrentaba a un mercado operístico sumamente volátil y competitivo donde la saturación de plazas como Venecia le obligaba a buscar espacio en ciudades medianas para intentar superar esa presión y sobrevivir al gusto imperante por el estilo galante napolitano,
A partir de la década de 1730, el público veneciano prefería abiertamente la pujante escuela napolitana, caracterizada por la primacía de cantantes virtuosos y estructuras menos complejas donde primaban las melodías sencillas y una cascada de virtuosismo. Vivaldi intentaba adaptar su lenguaje musical que, aunque también explosivo, poseía más riqueza armónica y textural de la que se estilaba y se empezaba a considerar anticuado. Hay que recordar también que desde años atrás, Vivaldi ya no actuaba solo como compositor sino como empresario y productor en el complejo mundo operístico veneciano y que en Verona asumía las mismas funciones. Tras haber sido relegado por la Accademia Filarmonica de Verona el año anterior, en 1735 logró finalmente el encargo para realizar dos obras: Adelaide e Il Bajazet.
Debido a la necesidad de producir material nuevo con rapidez y eficacia para intentar ganarse el gusto del público, con éxito comercial, Vivaldi concibió Il Bajazet con la fórmula del pasticcio, una práctica habitual en la Italia del settecento, que consistía en tomar un libreto ya conocido —en este caso uno de Agostino Piovene de 1711, basado a su vez en la tragedia Tamerlan ou la mort de Bajazet de Nicolas Pradon— y completarlo con una selección de arias famosas de diversos autores junto a las propias. Para ello, Vivaldi escogió hasta ocho de las arias más célebres del momento, éxitos de moda de dicha escuela napolitana, de óperas de Geminiano Giacomelli, Johann Adolf Hasse y Riccardo Broschi. Desechó a última hora alguna otra de Porpora. Junto a ellas, Vivaldi también reutilizó y acondicionó muchas otras de óperas suyas anteriores y solo compuso una pequeña parte de arias nuevas. Vivaldi diseñó la partitura de forma especial pues utilizó más las propias para caracterizar a los personajes más nobles y las ajenas para el bando opuesto. Para dar coherencia escribió los recitativos y ajusto las arias importadas, como era habitual
Para la presenta edición, Thibault Noally ha realizado una cierta reconstrucción histórica debido a que en la partitura original de 1735 faltaba la música de cinco arias del libreto, por lo que ha completado el pasticcio con algunas otras arias de Vivaldi, especialmente bonitas para suerte de los que asistimos al concierto, y otra famosa de Giuseppe Maria Orlandini.

Centrándonos ya en el desarrollo del concierto, hay que decir que fue una interpretación correcta, pero que solamente tuvo algunos momentos especialmente brillantes. En cuanto al desempeño vocal, el elenco de cantantes tuvo una actuación muy desigual donde realmente solo hay que destacar muy especialmente a dos cantantes espléndidas que dieron lustre al concierto y a las que todo el público premió con mayores aplausos: Eva Zaïcik y Julia Lezhneva.
La mezzosoprano Eva Zaïcik, que interpretaba el papel de Andrónico, tuvo un nivel sobresaliente en todas sus intervenciones, con una técnica espectacular y una voz de gran belleza tímbrica, muy homogénea en todo el registro, con unos graves excelentes. Zaïcik posee una elegancia natural en su línea de canto con un exquisito refinamiento en los fraseos y su amplia tesitura. La soprano mostró una gran expresividad con sensibilidad y cuidado con los afectos junto a un uso muy contenido de su elegante vibrato, con una perfecta proyección y volumen. Su desempeño fue fantástico, tanto en arias lentas y de carácter melancólico como en Quel ciglio vezzosetto, uno de los añadidos de Noally donde utiliza la famosa Vedrò con mio diletto del Giustino de Vivaldi, con unos filados espléndidos, una emisión pura y unos pianísimos asombrosos, como en las arias de ímpetu donde demostró su agilidad con una facilidad pasmosa y unas ornamentaciones magníficas en los da capo, como en otra de las aria añadidas por Noally, Destrier ch’all’armi, que utiliza la música de Giusti cieli, eterni de Orlandini. Todo su canto emana un gusto exquisito que aúna una técnica sobresaliente y una musicalidad espléndida.
Otra de las cantantes destacadas de la velada fue la soprano rusa Julia Lezhneva, a cuyo personaje de Irene concedió Vivaldi arias explosivas susceptibles de llenarlas de coloraturas donde la cantante sobresale con sus enormes recursos y capacidades innatas ya conocidas por todos. Su desempeño en los pasajes más melodiosos y lentos fue también excepcional, con eso filados en pianísimo y sus fastuosos agudos suspendidos con un fiato impresionante, con control absoluto de las ascensiones y bajadas de su canto. En cuanto a sus agilidades en las arias de mayor bravura, lo de Lehzneva ya es indescriptible y en el concierto se sintió libre para expandir toda su inmensa técnica, mostrando sus capacidades con límites insospechados en verdaderos fuegos artificiales. Un ejemplo de ello es otra de las arias introducidas por Noally, adjudicando a la pieza Son tortorella la fuente del aria de Orlandini Quell’usignolo, donde la soprano hizo un ejercicio libre alucinante para asombro de todos los presentes y que arrancó ovaciones del público.

Tuvieron también cierto mérito las intervenciones del contratenor canadiense de ascendencia persa Cameron Shabazi, a quien nunca había podido escuchar. Shabazi aportó una destacada teatralidad en sus intervenciones, lo que dio gran credibilidad a su papel del malvado Tamerlano, o Tamorlán es español. Su voz tiene riqueza y su timbre carnosidad, sin embargo adolece de falta de un volumen más rotundo a pesar una correcta proyección y, en la opinión de quien esto escribe, se le puede pedir una mayor profundización en cuestiones de estilo. Al terminar el concierto, Shabazi ofreció como propina una canción tradicional iraní acompañado por el laúd.
En cuanto a la orquesta, Les Accents siempre aporta un sonido exquisito, con unas cuerdas bastante refinadas y bien empastadas, y un continuo equilibrado lleno de buen hacer. Quizá se echó en falta algún violonchelo más para reforzar la línea de los bajos en algunas arias o en la sinfonía. Thibault Noally dirigió desde su violín con mucha elegancia, atento a todos los detalles y mostrando sus excelentes fraseos en las arias en las que actuó también como solista. Sin embargo, esta música de carácter más pirotécnico, que añade a la de Vivaldi la del estilo galante napolitano, seguramente exigiera en su interpretación mayor brío y contraste, con más acentos y una explosividad mayor de las dinámicas, y Noally es un director que saca mucho más partido en música de un estilo algo anterior, con mayor textura musical, o en oratorios y en géneros más reflexivos, donde verdaderamente es un director sustancial.
Manuel de Lara
(fotos: Rafa Martín)


