MADRID / Da Tempera Velha nos desvela la auténtica belleza del Cancionero de Palacio en el FIAS

Madrid. Basílica Pontificia de San Miguel. 21-II-2024. Festival Internacional de Arte Sacro de Madrid. Da Tempera Velha: Florencia Menconi, Jonatan Alvarado y Breno Quinderé, canto. Ariel Abramovich, laúd. “Cancionero de Palacio a la deriva”: obras de Urrede, Encina, Dufay, Agricola y otros.
Da Tempera Velha nos transportó mágicamente a la corte de los Reyes Católicos con un canto exquisito y lleno de refinamiento, un concierto memorable que nos llevó a los albores de la polifonía española entre mediados del siglo XV y principios del XVI, una época llena de riqueza, con cambios estéticos y constantes rupturas y asimilaciones de nuevas ideas que forjarían el primer Renacimiento musical español.
A partir del descubrimiento de un códice en la Biblioteca del Palacio Real y tras la verificación histórica llevada a cabo por el musicólogo y compositor Antonio Barbieri, él mismo publicó en 1890 la primera edición moderna del manuscrito con el nombre de Cancionero de Palacio. La edición de Higinio Anglés, publicada en 1947, reafirmó la importancia capital de la colección como monumento de la música histórica española, pero también contribuyó a limitarla con una visión muy particular de esta música. Esa concepción llevó a que los primeros músicos que la interpretaron, muy especialmente Hespèrion XX de Jordi Savall, crearan una idea algo folclórica muy idiosincrática, pero con cierta falta de fidelidad histórica y desconectada de las prácticas contemporáneas del resto de Europa o las ilustradas en otras fuentes peninsulares. A partir de entonces, casi todos los intérpretes han seguido esa línea sin cuestionarse aspectos como las fuentes, el contexto histórico de la interpretación vocal o la instrumentación o la pronunciación de unos textos de naturaleza poética íntimamente ligados a la música.
El programa del concierto, muy parecido al del excepcional disco recientemente editado en el sello Glossa (The Palacio Songbook), uno de los mejores discos del año pasado —que es una joya de inmensa belleza y además aúna rigor, investigación y nuevos enfoques—, busca las raíces del Cancionero de Palacio no solamente en el manuscrito original con el que trabaja el grupo, sino en todo el contexto histórico próximo, peninsular y europeo, con piezas que aparecen también en las fuentes de otros cancioneros, como los de Segovia, La Colombina o Elvas, o a través de la búsqueda de su ascendencia artística y espiritual, como la de Alexander Agricola (Segovia), Dufay o anónimos (El Escorial y Montecassino), con la riqueza de la de la escuela franco-burgundia, un estilo de música también disponible en la Corte de la Reina Isabel y perdido en el incendio del Alcázar de Madrid, o también la notable influencia de las impresiones que venían de Italia con Ottaviano Petrucci.
En las sabias manos de Da Tempera Velha, esta visión del Cancionero de Palacio se transforma en una nave musical que traza vínculos, de Urrede o Encina con los polifonistas flamencos, por ejemplo, o con la frottola italiana, lo que nos da una visión infinitamente más rica y poliédrica del ambiente musical de la época, no condicionada por concepciones previas, llena de rigor, pero además con una belleza que subyuga. Desde la maravillosa interpretación de la primera pieza del concierto, una deslumbrante Nunca fue pena mayor de Juan de Urrede, cantada con una belleza nunca antes escuchada, uno es consciente de estar ante una joya refulgente a la que se le ha retirado la pátina (no solo la del tiempo, sino la de las concepciones limitantes), con unas voces con unas texturas increíbles, con unas cadencias asombrosas, llenas de sutilidad, expresividad e intensidad, con una riqueza indescriptible en los embellecimientos, y con un laúd luminoso lleno de precisión poética.

Los tres cantantes cantan sobre el libro de coro, con las tres partes del facsímil, y dotan de una verdadera libertad y matices maravillosos a la polifonía, que raramente se puede escuchar con esta excelencia. Es sencillamente un placer verlos en directo con esa riqueza y refinamiento, pero además con un rigor y un conocimiento del lenguaje histórico que se manifiesta en el carácter impreso en cada pieza. A ello se le une una instrumentación histórica con un laúd renacentista en las sabias y sensibles manos de Ariel Abramovich, que realiza varias voces, que dobla, añade o crea sutiles disminuciones según la textura requerida. La pureza, precisión y refinamiento del laúd de Abramovich es realmente sublime y su acompañamiento del canto, exquisito.
Las voces, normalmente reunidas por la mayoría de piezas a 3 partes, de la mezzosoprano Florencia Menconi, con un canto lleno de riqueza, matices y fuerza expresiva en cada una de sus intervenciones; o la delicadeza y sensibilidad del canto del tenor Jonatan Alvarado, de bello color, con una técnica impoluta en una tesitura bastante alta, y el canto del barítono Breno Quinderé, con un timbre que enamora y una ornamentación hermosa, fueron realmente una cosa memorable. La ornamentación y todos los grandes recursos del canto de estos excelentes interpretes fueron un constante fluir, como fue visualmente hermoso verlos cantar sobre un único libro, con una gestualidad y compenetración extremadamente elegantes. Y cada uno sobresalió también en los señalados momentos de canto en solitario junto al laúd.

El programa fue desvelando sus bellezas desde la ya mencionada pieza de Urrede, primero con un Juan del Encina al que también le retiraron ciertas veladuras, con una interpretación hermosa y serena de la canción Romerico tú que vienes, o, a continuación, una excelente Tandernaken de Alexander Agricola, quien murió en Valladolid, cantada con una riqueza impresionante de matices y una sensibilidad que nos llevó a los Países Bajos Borgoñones de la época. O una delicada Es la causa bien amar, también de Encina, cantada por Alvarado a dúo con el laúd, con una expresión musical poética refinada y muy ligada a la polifonía franco flamenca.
Maravillosas fueron también las referencias a la Italia ilustrada por Petrucci, con la bella frottola Vox Clamantis in deserto de Bartolomeo Tromboncino, para trazar sus conexiones con las canciones españolas recién nacidas, como la graciosa anónima Zagaleja del Casar del Cancionero de Palacio, interpretada con sus alegres ritmos ternarios, y seguida de la poética frottola L’amor donna ch’io ti porto de Giacomo Fogliano. Para cerrar este bloque de raíces italianas, Abramovich hizo una prodigiosa interpretación, poética y expresiva, de un Ricercar de Joan Ambrosio Dalza y, después, vino el canto excelente de O vos omnes qui transitis por esta vía d’amor de Francisco Millán (Cancionero de Palacio), pieza de la que no he escuchado una versión tan buena antes.
De sobrecogedora belleza fueron las piezas relacionadas en el programa alrededor del tríptico de La Crucifixión de Rogier van der Weyden, con una impresionante interpretación de la lauda espiritual Cum autem venissent ad locum de Johannes de Quadris, llena de belleza, seguida de la deslumbrante interpretación del bello anónimo español Tierra y cielos se quexaban (Cancionero de Palacio, grabada por primera en el reciente disco del grupo), y la sentida endecha Pues es muerto el rey del cielo, interpretada con belleza por Florencia Menconi acompañada por el laúd, con gran sensibilidad. Para cerrar este bloque, interpretaron también el Salve Sancta facies de Heinrich Isaac del Cancionero de Segovia o un solemne Adoramus te Domine del Cancionero de Montecassino .
Y llegado a este punto, podríamos hablar de las maravillosas influencias de estos intérpretes, como la notable de Rebecca Stewart —porque el canto no se establece por contenedores cerrados, sino en continuidad y libertad—, o de Dominique Vellard, o incluso de Pedro Memelsdorf entre otros, pero en realidad, Da Tempera Velha trasciende esas referencias tan excelentes para imprimir su propio carácter y posee una fuerte personalidad propia, capaz de transmitir una intensa emoción con inusitada belleza.
En la parte final pudimos disfrutar de un Dufay absolutamente deslumbrante con Je vous prie, con un canto conducido por Breno Quinderé que nos llevó a otro tiempo y un laúd mágico, una pieza sublime que nos condujo a otra, recogida en los cancioneros de Palacio y de La Colombina, con la bella interpretación De vos y de mi quexoso de Urrede, o el anónimo, que también se encuentra en el Cancionero de Segovia, Oya tu merced y crea, donde el grupo tejió e ilustró esas relaciones ancestrales con el Ars Nova a través de la escuela borgoñona. Para finalizar el concierto, interpretaron con gracia la anónima y festiva Ora bayla tú del Cancionero de Palacio. Y de propina, tras el reconocimiento entusiasta del público ante tanta hermosura, aun tuvimos el placer de disfrutar del precioso y conocido Ay triste que vengo de Juan del Encina para cerrar así una velada memorable llena de belleza.
Manuel de Lara


