MADRID / Cuarteto Belcea y Yulianna Avdeeva: del fragmento al mundo

Madrid. Auditorio Nacional. 24-II-2026. Liceo de Cámara XXI. Yulianna Avdeeva, piano. Cuarteto Belcea. Obras de Mendelssohn, Britten y Weinberg.
Treinta y dos años cumple este 2026 el Cuarteto Belcea en cuya nómina prosiguen dos de sus miembros fundadores, la violinista Corina Belcea, que le da nombre, y el viola Krzysztof Chorzelski, a los que se suman en la actualidad la segundo violín Suyeon Kang y el violonchelo Antonie Lederlin. La treintena de actividad ha supuesto un periodo de sorpresa inicial, maduración más tarde y magisterio ahora que el público del Auditorio pudo comprobar en esta su nueva presencia en el Liceo de Cámara XXI. Belcea y Chorzelski son el eje expresivo y, en el caso del viola, hasta el visual, mientras sus dos compañeros responden a la perfección a lo que al final resulta ser una suma de inteligencia y virtuosismo.
Su programa del martes arrancaba con dos de las Cuatro piezas, op. 81 de Mendelssohn. Aparentemente un par de ejercicios formales que engañosamente podrían ser tomados sólo como tales si su elección no trata de ir más allá. El Belcea los planteó, con todo y lo descontextualizados que puedan aparecer, como mucho más que eso, de manera que lo heterogéneo devino complementario y hasta un algo inquietante, de la cantilena de arranque de la Tercera a la fuga de la Cuarta.

Tras los fragmentos románticos, dos mundos en sendas partituras. Primero, el Cuarteto nº 2 de Britten, una obra maestra, una más entre tantas como figuran en el catálogo de un compositor que es ya, más que un clásico del siglo XX, un clásico a secas. El Belcea demostró dominar ese idioma inconfundible que aparece ya en el primer movimiento, se solidifica en el segundo —al que otorgaron una intensidad sobresaliente— y se engrandece admirablemente en la monumental Chacony que lo cierra.
El Quinteto para piano y cuerda, op. 18 de Weinberg es de 1944, es decir, del momento en que el autor se traslada de su Polonia natal a Moscú, cambia unos sufrimientos por otros y Dmitri Shostakovich se hace además de su inspirador su amigo. Es, pues, una pieza ya no juvenil pero sí muy reveladora de la encrucijada en la que vive su autor. Lo estrenaron nada menos que Emil Gilels y el Cuarteto del Bolshoi y se trata de una creación apasionante, pletórica de talento todavía a embridar, pero también de audacia, de ese valor un poco atolondrado de quien aún no sabía bien del todo adónde había ido a parar. Las dos muestras más claras de ello son el alucinado Presto y el enorme Largo, extremos conceptuales de una lectura que el Belcea y Yulianna Adveeva llevaron en vilo de principio a fin. La pianista rusa coadyuvó a la altura de la formidable versión, pero habría que decir que quizá el piano impuso demasiado su volumen en ocasiones muy puntuales, sobre todo en un inicio algo desconcertante por ello.
Luis Suñén
(fotos: Elvira Megías)


