MADRID / Crisis y dilemas en la danza madrileña

Madrid. Teatros del Canal. 24-IX-2026 a 4-X-2026. Nascencia (Sala Roja): coreografía y dirección: Mónica Fernández. Dirección musical: Lucky Losada. 29-IX-2026: Creaciones elenco (Sala Negra): con obras de José Molina, Lucía Ramírez, Raffaele Di Noia y Borja Cortés.
El Ballet Español de la Comunidad de Madrid [BECM] estrenó en la Sala Negra de los Teatros del Canal un programa de tres coreografías experimentales hechas por sus bailarines en lo que se presenta como apoyo a la nueva creación coreográfica dentro del ballet español y el flamenco escénico. Pocos días antes, en otra sala del mismo teatro, el BECM había traído a Madrid el mismo programa que ya tuvo su estreno en el Festival de Verano de San Lorenzo de El Escorial que dirige Alondra de La Parra: Nascencia (que estará en cartel hasta el 4 de octubre), y del que no hay demasiados detalles organizados que dar al lector, porque la compañía no los colocó en el programa de mano ni encontró otro medio de informar al respetable público de qué estaba viendo exactamente en escena; la impresión general resultó bastante caótica y discordante.
Nascencia es un quiero y no puedo y hasta ahora lo de menos calidad que ha presentado el BECM en su breve existencia, que apenas alcanza las tres temporadas, pues su presentación fue el 12 de octubre de 2024 en este mismo teatro. Y puede exclamarse: ¡Cuánto daño ha hecho Afanador a la danza española! Y lo peor: cuánto le queda por cizañar al en parte exitoso montaje multimedia de Marcos Morau que arrastra a los modernos y apasiona a un sector —y esto es importante— específico y minoritario de la profesión. Afanador (del que Nascencia copia desde el vestuario hasta la escenografía y los peinados) funciona como un tótem estético y tóxico, pero, además, como fórmula de triunfo inmediato y complaciente con las redes y las modas ocasionales. Nascencia, con exagerada pretensión de “poema danzado” (o en movimiento) se apunta a ese carro y quiere competir imitando. Son tres errores en uno. La idea de un poema coreográfico, a la manera musical del poema sinfónico, es otra cosa. No es nueva como idea. Lo pusieron en práctica Massine y Balanchine en los tiempos fundacionales del ballet moderno. El poema coreográfico de índole programática debía de traslucir su idea en las formas artísticas usadas y conseguir que sus intenciones líricas pasaran eficazmente de lo sensorial a lo coréutico, pero aquí no logra llevarse a cabo por una caprichosa fragmentación, una técnica defectuosa y una música confusa hasta lo malsonante. Los bailarines hicieron lo que podían, nada más.
Sin embargo, la danza es fuerte en sí misma y pervive transmitiendo su esperanza de futuro con el programa de la Sala Negra, donde varios jóvenes empiezan a dar sus primeros pasos en la creación: un largo camino que, como se suele decir, una vez que empieza, es para toda la vida. Cada artista trazará su camino plástico y estético, buscará apoyo formal, sonoro y coréutico en las tendencias que conviven y se muestran, hasta conseguir ser escuchados, vistos y, con un poco de suerte, admirados. No todos llegan, pues la coreografía es en sí misma selección y el tiempo ejerce de juez. Hay quienes se aproximan a un vocabulario propio muy rápido, y otros se mantienen en el estadio de laboratorio, como si se lo cogieran con más calma. Ambas posturas son válidas para encontrar la verdad de su arte, que, como todo acto de cultura, pasa por sus propias crisis, su análisis y su acción. No siempre se acierta; importa la honestidad al plantear.
La velada de la Sala Negra ha sido interesante y en cierto sentido salvífica, reparadora de la decepción de lo que se vio en la Sala Roja. Todos los participantes se empeñan a fondo y parecen tener algo que contarnos, o al menos, empezar a decirnos. El programa lo abrió Viceversa, de José Molina (Málaga, 1992) sobre una composición de base electrónica del compositor y percusionista Daniel Muñoz Pantiga (Madrid, 1970), llamado artísticamente Artomatico, que basa su estilo en la reelaboración del universo sonoro flamenco. Molina ya había debutado como coreógrafo y crea desde 2020: estuvo por última vez en el Certamen de Coreografía de Danza Española y Flamenco de 2025 con la pieza Niño con paloma. En Viceversa, se va a lo coral con nueve artistas en escena y una dinámica en la que se quiere abarcar constantemente todo el escenario, con figuras en las que se utilizan estrategias como el canon y sucesivas espirales que quieren ilustrar los bloques sonoros, llevando un cuidado vestuario y contando con la decisiva pujanza de los nueve artistas.
40kHz (Hombre con piano) fue la sorpresa de la noche, al ser la pieza que más arriesgó y se alejó de todo formato convencional dentro del ballet español que vemos día a día. La debutante coreógrafa Lucía Ramírez (Madrid, 2000) escogió a su compañero de filas Raffaele Di Noia (Florida, 2005) como intérprete y colaborador coreográfico. Este es el segundo trabajo coreográfico de Lucía, y está clara su inquietud: quiere poner en juego recursos teatrales y para ello se sirve de las posibilidades de Raffaele y explota muy bien su físico y presencia, su habilidad pianística y capacidad actoral. El resultado tiene destellos interesantes, aunque Raffaele elude su verticalidad y apuesta por ese diálogo clásico del artista y su instrumento, lo que aquí es doble: el piano (para el músico) y el cuerpo (para el bailarín), y sabemos por el programa que fue una iniciativa del intérprete. La idea de lo inaudible como algo, sin embargo, perceptible a través del baile, aporta una singular clave poética. Di Noia es estadounidense, pero por su nombre es de ascendencia italiana, y esto contribuye a romper ese extendido mito de que el flamenco o cualquier danza española solamente puede ser bailada bien por quienes han nacido en España, ya sea por su rítmica o sus texturas. Ya antes japoneses (y orientales en general) han desmentido esto con aportes en el cante, la guitarra y el baile mismo que van más allá de la curiosidad. En cuanto a los numerosos italianos que bailaron y bailan flamenco y danza española, citemos en honor y primacía a José Greco (nacido en un pequeño pueblo cerca de Campobasso) y a Matteo Vittucci, también estadounidense de origen italiano meridional.
Danza para las flores, de Borja Cortés (Torremolinos, 1994), es un cuidado ejercicio de baile alegre y centrado en la celebración y el júbilo, ritualizado a través de algunas imágenes muy sugerentes, como la entrada en escena con un gran pandero repleto de minúsculas flores que airea y reparte a la manera de una ofrenda pagana de mayo florido, que ya los griegos hacían al entrar la primavera y que parece estar en el contenido más íntimo de la danza de Cortés, que estuvo acompañado por los músicos y cantaores que ya habían participado en Nascencia, liderados por un Lucky Losada que además se ocupa de la percusión. No sabemos quién es el autor de la música y de las letras, que seguramente tienen un significado de apoyo a este festival floral convertido en solo de ballet flamenco. Cortés es el más experimentado de los tres coreógrafos y esto se nota suficientemente en la manera en que formula su trabajo, cómo lo estructura desde lo introductorio, casi un adagio, hasta la epifanía final.
Roger Salas
(fotos: Juan Carlos Toledo)


