MADRID/ Couperin: Unas Lecciones de Tinieblas buenas pero no sublimes

Madrid. Teatros del Canal. 31-III-2026. Festival Internacional de Arte Sacro de Madrid. Lucía Martín-Cartón y Rachel Redmon, sopranos. Resche-Caserta y McKay Lodge, violines. Myriam Rignol, viola da gamba. William Christie, órgano y dirección. François Couperin: Lecciones de tinieblas; piezas instrumentales de Charpentier y Marais.
El Oficio de Tinieblas constituía uno de los momentos más importantes de la liturgia católica y se celebraban durante los tres días previos a la Pascua. Los llamados nocturnos, que se cantaban de madrugada, formaban parte del oficio ordinario de la Liturgia de las Horas. Durante el Triduo Pascual, para no interferir en los oficios propios se anticipaba esta liturgia musical a la tarde de la víspera con tres nocturnos constituidos cada uno por tres lecciones que estaban precedidas por una antífona y seguidas de responsorios.
La ceremonia se realizaba con las luces del templo apagadas, quedando solo las velas del tenebrario que se debían ir apagando progresivamente para simbolizar la pasión de Cristo y la esperanza de su Resurrección. Las lecciones del primer nocturno, no obstante, se basan siempre en el libro de las Lamentaciones de Jeremías, que narran el sufrimiento por la destrucción de Jerusalén por los babilonios. En la Francia barroca se reconvirtió algo la ceremonia, ya un tanto arcaica para el gusto imperante, con un espectáculo donde la atmósfera religiosa no era lo importante sino una ocasión para escuchar en los conventos de las afueras a sus cantantes favoritos.
François Couperin compuso sus tres lecciones para los oficios del Miércoles Santo por encargo de las monjas de la Abadía Real de Longchamp en 1714, las dos primeras escritas para una soprano sola, y la tercera para dos sopranos, que es aún más hermosa con sus texturas a dúo. Couperin pensó en escribir otras para los días siguientes, pero no lo llegó a realizar, que sepamos. Couperin utiliza un estilo melismático y poético para las letras hebreas que encabezan cada verso de las lecciones y que contrastan con el dramatismo trágico de lo relatado en ellos, donde conjuga el sutil estilo del recitado francés con algún arioso de cromatismo italianizante. Sus lecciones son una obra maestra de la música por su belleza expresiva, la capacidad retórica y una emoción contenida y exquisita, donde coexisten teatralidad, austeridad y el uso de los silencios.
Con respecto a la instrumentación, Couperin escribía: “Si al acompañamiento del órgano o el clave se le puede añadir una parte de bajo de viola o de violín, el resultado sería muy efectivo”. Para este concierto se dispone la combinación más habitual de órgano positivo y bajo de viola da gamba, un continuo marcado por sus largos valores que subrayan la atmósfera poética, de emoción mística y que tanto Christie al órgano, como, especialmente, una profunda Myriam Rignol realizaron con suma elegancia durante toda la velada.
El programa que ofreció Christie no buscó especialmente un carácter litúrgico, ya que no incorporó antífona y responsorios tras cada lección, que aunque Couperin no dejó ningunos escritos, bien podrían haberse utilizados algunos de los de Charpentier u otros. En su lugar, se interpretaron unos preludios instrumentales a dos violines y continuo que antecedían a cada lección, dos de Charpentier, el Preludio de la Misa Assumpta est, H.11 para la primera y las Sinfonías para un repositorio, H.515 para la tercera, y el Plainte de la Suite en Sol de las Piezas en trio de Marais para la segunda. Unas obras de solemne belleza, bellamente interpretadas por el siempre espléndido e imaginativo violín de Emmanuel Resche-Caserta, expresivo, elegante y delicado, bien secundado por el segundo violín de Augusta McKay Lodge y el continuo de Christie y Rignol. Muy bellos ciertamente, pero que no acabaron de conformar la espiritualidad que hubiera requerido la ocasión si se pretendiera trascender de lo meramente concertístico.
La soprano Lucía Martín Cartón interpretó la primera lección con elegancia y un bello instrumento cuyo color se ve teñido de mayor gravedad que antaño, mucho más oscuro, la soprano nos mostró su depurada técnica y, por encima de todo, un exquisito fraseo y buena capacidad expresiva. No obstante, faltó algo de la exquisitez melismática y de la emoción en las suspensiones disonantes y el cromatismo que esta música requiere para redondear la sutilidad de esta música sublime.
La segunda lección corrió a cargo de la soprano Rachel Redmon cuya bella voz, delicada y expresiva, desgranó con elegancia y sensibilidad la elegante escritura de Couperin, su canto fue de gran pureza, con un magnífico registro agudo, y lució unas excelentes articulaciones que se adaptaron a la flexibilidad métrica
En la tercera lamentación las dos voces de las sopranos ofrecieron un bello contraste, entre la pureza de Redmon y la gravedad de Martín Cartón, que fueron tejiendo magníficamente el juego de recursos dispuesto por Couperin, en forma de apoyaturas, ornamentaciones, disonancias y suspensiones armónicas, que conforman la lección de tinieblas más bella del barroco. A pesar de sus excelentes recursos técnicos y calidad, nuevamente se echó de menos una mayor exquisitez melismática en el canto y refinamiento en los armónicos. Mención muy especial para la viola de Myriam Rignol, que mostró en las lecciones un hermoso sonido lleno de profunda resonancia, incluso en la seca y complicada acústica de la sala roja de los Teatros del Canal, capaz de engullir todo.
Por último, quería hacer un elogio de la labor que durante muchos años realizó Pepe Mompeán para convertir en pura magia este FIAS, tanto en el uso de los recursos para llenar el festival de muchos conciertos con interesantes programas al servicio del público madrileño, como, sobre todo, en la sabia elección de jóvenes agrupaciones —que incorporaban ilustres veteranos— que después florecieron. Y una reflexión final sobre el nuevo criterio que la Consejería de la Comunidad de Madrid ha adoptado para el festival, al usar una parte sustancial de los recursos económicos para una estrella invitada de la altura de William Christie y su orquesta, ya que si bien es siempre una gloria escucharle -no hay más que ver el concierto inaugural de Campra- seguramente sería más adecuado contratarlo en otros ciclos, y no reducir drásticamente el número de conciertos del festival con la excelencia de jóvenes y veteranos que reunían. Es más, este buen concierto de las Lecciones de Couperin no fue más que un pálido reflejo del inolvidable en la Basílica de San Miguel que pudimos disfrutar hace pocos años con Jone Martínez y Ana Vieira Leite con La Spagna. Así que, a pesar de la gran labor que está haciendo Josetxu Obregón este año con los recursos que le han dejado, con un número significativo de estupendos conciertos que conservan el carácter de siempre de este festival, cabría plantearse si hace falta traer al gran William Christie para un marco como éste a costa de tanto esfuerzo.
Manuel de Lara
(foto: Vincent Pontet)


