Scherzo | CRÍTICAS / MADRID / Casablancas, el peso y la virtud de la tradición, por Ismael G. Cabral

MADRID / Casablancas, el peso y la virtud de la tradición

MADRID / Casablancas, el peso y la virtud de la tradición

Madrid. Auditorio 400 del Museo Reina Sofía. 24-I-2023. Carmen Gurriarán, soprano. Grupo Modus Novus. Santiago Serrate, director. Obras de Gubaidulina y Casablancas.

Estuvo bien buscado el espejo entre Sofia Gubaidulina (1931) y Benet Casablancas (1956) en este concierto programado dentro del ciclo contemporáneo de la temporada del Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM). O, dicho de otra forma, parece lógico que, aun dentro de otro posicionamiento geográfico, el compositor catalán —residente este curso en la citada institución— se sienta cómodo poniendo su música en el encuentro con otra creadora que ha hecho de la tradición y el respeto a ciertas formas heredadas de las búsquedas estéticas y formales de la primera mitad del siglo XX su razón de ser.

Es verdad que a Gubaidulina le pasa más la herencia nacionalista que a Casablancas, donde directamente esta ligazón no se produce o no salta a la escucha. El Hommage à T.S. Eliot, para soprano y octeto (1987) es no solo una obra importante en el catálogo de la compositora tártara, también es una de esas raras piezas que atesora un patetismo interior tan profundo que, en algunos pasajes, fundamentalmente del primer y el segundo movimiento, la música pareciera emanar de la pluma de otra inmensa creadora, casi vecina de la concitada aquí, Galina Ustvolskaya.

El Grupo Modus Novus, con Santiago Serrate al frente, entendió esta obra desde una cierta parquedad, sin intensificar el enorme tormento que parecen impregnar estos pentagramas. Este tono nada subrayado no fue en contra de la potencia expresiva de una música que se autofirma sola, sin necesidad de cargar las tintas. Colaboró a este clima introspectivo la soprano Carmen Gurriarán, con una voz de gran calidez y bien centrada, sabia en el control del volumen, conocedora de que los textos de T.S. Eliot debían ser dichos con toda la intencionalidad posible, pero sin vociferarlos operísticamente.

Serrate es un director enormemente hábil a la hora de vérselas con la música de creación actual. Y si a Gubaidulina la llevó a un extremo de esmerado recogimiento, las obras de Casablancas —de costuras modernistas, generosa mirada a sus colegas británicos y cierto desmentido de la creación centroeuropea más exploratoria— fueron expuestas con gran vigor rítmico y un músculo instrumental de considerable potencia.

Mokusei gardens. A Viennese notebook (2014) resultó el mejor y más sólido ejemplo de la narratividad que maneja el músico. En esta colección de breves piezas de carácter Casablancas no sintió la necesidad de armar un discurso continuado y la fragmentación otorga una pátina de brillantez en la escucha, de individualización de cada uno de los capítulos. Dance, song and celebration (homage to Montsalvatge) (2012) es una obra que busca una comunicación con el oyente sin demasiados enrevesamientos ni indagaciones. El peso de la tradición —a la que tanto apela Casablancas— se percibe desde los primeros compases y, en el devenir de la escucha, puede acabar pesando como una losa. Hay en esta obra virtuosa espacio para el lucimiento amplio de los vientos (algo a lo que se aprestaron los solistas de Modus Novus) y el trayecto exuda una organicidad que le otorga una coherencia sin peros. Entre una y otra página la Romanza sin palabras (homage to Granados) (2016) insistió en retratar al compositor como un creador firmemente académico y con valioso oficio.

Ismael G. Cabral

(Foto: Rafa Martín / CNDM)