MADRID / Carlos Rodríguez plantea un baile de poética coral

Madrid. Centro Conde Duque. 15-VIII-2025. Festival Los Veranos de La Villa. Carlos Rodríguez Ballet Flamenco. Coreografía y dirección artística: Carlos Rodríguez; coreógrafo adjunto: Carmelo Segura. Música: Héctor González, Pedro Medina y Julio Alcocer. Luces: José Antonio Villegas y Carlos Marcos. Vestuario: Rosa García Andújar. Hilo de fuego. Suite Nº 1: De albores. Suite Nº 2: Flamenco.
Ya en la recta final del festival de verano madrileño, llega el esperado segundo estreno de Carlos Rodríguez con compañía propia; el primero fue Eterno, inspirado por Pablo Picasso. En ambas obras es muy evidente que Rodríguez quiere empezar por arriba; son dos obras muy ambiciosas, de alto presupuesto, compleja producción y numerosa plantilla donde no escasean los nombres ya hechos o con trayectoria y la música en directo.
En Hilo de fuego no acaba de definirse -y puede ser intencional- si es un ballet en dos partes o dos obras circunstancialmente unidas. De hecho, podrían presentarse por separado, con autonomía, tanto por empaque como por duración. El metraje total se hace algo excesivo, y este es un problema que Rodríguez arrastra desde sus tiempos de unión con Ángel Rojas en el primitivo Nuevo Ballet Español, que luego fue Rojas y Rodríguez. Se soporta bien tal longitud porque el baile es de calidad y la presentación siempre está sostenida a un buen nivel, pero sobran evoluciones y reiteraciones; tampoco pinta mucho una voz grabada. La luz no ayuda. El espectáculo es en general oscuro, recreándose en los efectos luminosos y hasta por momentos hay que hacer un verdadero esfuerzo para entender qué está pasando en los grupos escénicos.
La plantilla de bailarines está cuidadosamente elegida para lo que se quiere contar. Hombres y mujeres preparados en todas las disciplinas del baile español y con alardes propios de danza contemporánea que no desentonan. La yuxtaposición estilística funciona la mayoría de las veces y los bailarines encargados de esos personajes sinuosos como conciencias atribuladas, cumplen su función de biela y enlace. En Hilo de fuego vemos de todo: desde Escuela Bolera en zapatillas a un refinado Flamenco terrenal en toda su hondura. Esta es una de las veces en que más se siente la falta del programa de mano que nos ayude a seguir palos, aires y secciones y sobre todo, a identificar a los artistas, que se quedan sin merecidos elogios nominales por esa extraña e injustificable racanería por un folio de papel impreso a una tinta, no hace falta más; se trata de utilidad y rigor, no lujo.
Hilo de fuego juega metafóricamente a ser un “Libro de Autor” o bitácora del Arte Poética del creador coréutico. La miscelánea de estilos llama a varias reflexiones y a pensar, biografía de Rodríguez más en memoria que en mano, todo lo que ha bailado y creado, muy bien, por cierto, en su ya larga carrera. La voluntad de rigor en el estilo es reflexiva y la plástica recrea los planteamientos siempre latentes (con sus dudas) de las artes del ballet flamenco. El ballet flamenco es ballet moderno y contemporáneo siempre, pues nació donde nació y en fechas muy claras. Esto apoya la idea de su dialéctica y constante cambio, su sed de no cerrar el laboratorio. Cantaores y percusión, impecables.
Una bailarina hace guiños a los bailes de palillos con soluciones virtuosas sobre un fondo sonoro fuera de su límite convencional, y resulta hermoso hasta lo contundente. En otro momento, las citas más tópicas, del sombrero cordobés a las grandes peinetas de salón o los abanicos, son integrados en unas danzas que dan tradición en las mismas dosis justas con que se atreven a cierta modernidad. Carlos Rodríguez asume su responsabilidad con gallardía y está muy claro que entiende su trabajo y la continuidad de los procesos.
Roger Salas


