MADRID / Canto coral refinado y colorista

MADRID / Canto coral refinado y colorista

Madrid. Auditorio Nacional. 11-II-2021. Obras de Rachmaninov, Mussorgski, Prokofiev, Wagner, Syeczinski, Bizet, Gounod, Verdi, Mascagni y Rossini. Orfeón Donostiarra. Director: José Antonio Sainz Alfaro.

La Universidad Autónoma de Madrid continúa manteniendo la costumbre anual de recordar la figura del profesor Tomás y Valiente, asesinado por ETA hace ya 25 años. No es la primera vez que se cuenta para ello con el Orfeón Donostiarra, que ha acudido de nuevo a la cita. Esta vez, por mor de la pandemia, con una formación reducida de 57 cantores y un solo piano. Suficientes mimbres para comprobar que la formación mantiene intactas sus virtudes principales a día de hoy: afinación, pureza emisora de las féminas, buena conjunción y empaste general.

Las manos volanderas de su director, Sainz Alfaro, dibujan con elegancia y precisión las anacrusas, y las entradas y esculpen con delicadeza las frases más espinosas sin romper casi nunca un espectro sonoro bien medido y calibrado, y huyendo de lo estentóreo. Lo que se pudo apreciar ya nada más empezar la primera e insólita parte de la sesión, protagonizada por obras poco o nada conocidas por estos lares. Los 6 Coros op. 15 de Rachmaninov, de tan fresco sabor popular, se nos ofrecieron claros y sutiles, con exquisitos reguladores.

El coro Josué Navine, de la inacabada ópera Salambó de Mussorgski, brilló en todo su fulgor elevando a las alturas el tema de origen judío que lo vertebra. La mezzosoprano Juncal Baroja, de timbre bien esmaltado y adecuada presencia vocal, cantó muy dignamente su solo. De mayor envergadura, la cantata Zdravitsa de Prokofiev, a la mayor gloria de Stalin, música bien trabada y evocativa, provista de grandes contrastes, servida aquí con convicción y solidez en todos sus meandros y rematada a toda presión, mostró las virtudes del conjunto donostiarra y el vigor del pianista Jon Urdapilleta en esta versión reducida y con texto de nuevo cuño.

La ópera fue protagonista en la segunda parte, a excepción del ligero valsecito de Rudolf Syeczinski Wien du Stadt meiner Träume, que escuchamos en esta refrescante recreación coral. Un número desengrasante después del imponente final de Tannhäuser de Wagner, bien enfocado, medido y proyectado, aunque —y aquí es donde se notaron más las limitaciones — sin la grandeza propia del caso, bien que los coristas, impulsados hacia lo alto, cantaran con fuerza, ímpetu y calor. Estuvieron bien perfiladas las complejas líneas que configuran el variopinto coro que precede a la entrada de Escamillo en el último acto de Carmen de Bizet. Todo sonó alegre y jacarandoso.

Como sonaron aguerridos los varones en la animada y guerrera marcha, con sus distintos temas, que constituye el famoso Coro de soldados de Fausto de Gounod. Aquí nos dio la impresión que de vez en cuando los tenores quedaron algo desdibujados. Pero, en esta y única vez sin mascarillas, las voces llegaron potentes y timbradas. Buen contraste con los saltarines ritmos del Coro de gitanos de Il trovatore de Verdi y, sobre todo, con la dulzura del canto campesino de Cavalleria rusticana de Mascagni, donde el coro, bien mecido, volvió a demostrar su maleabilidad. Totalmente definida ya en la tan bien repujada fuga del Cum Sancto Spiritu del Gloria de la Petite messe solemnelle de Rossini. Los cálidos aplausos obligaron a Sainz Alfaro —que se dirigió al público de vez en cuando con su gracejo habitual— y a sus huestes a repetir el vals de Syeczinski. Nos lo pasamos muy bien.