MADRID / Brillante juventud en el ciclo de Grandes Intérpretes, con el debut de Eva Gevorgyan

Madrid. Auditorio Nacional. Sala sinfónica. 7-IV-2026. Ciclo de Grandes Intérpretes de la Fundación Scherzo. Eva Gevorgyan, piano. Obras de Franck, Rachmaninov, Gubaidulina y Liszt.
Tras el debut de la joven rusa Eva Gevorgyan (Moscú, 2004) en el Ciclo de Jóvenes Intérpretes de la Fundación Scherzo en 2021, reseñado en su momento en estas páginas por quien firma este comentario, se produce ahora el correspondiente en el Ciclo de Grandes Intérpretes, con un programa variado y de muy considerable demanda, de esos que no hacen concesiones. En aquella ocasión, con apenas 17 años, Gevorgyan causó al que suscribe una excelente impresión, y no dejó de sorprender a más de uno que, pese a alcanzar la final del Concurso Chopin en 2021, quedara fuera de los seis premios oficiales y se le otorgara solo el de finalista femenina más joven. Pero sobre el asunto de los concursos, como dicen ahora “ya, si eso, hablamos otro día”.
Digamos inmediatamente que la joven rusa de origen armenio confirmó lo que ya apuntó en su día: que tiene todos los ingredientes para, con la progresión adecuada, cuajar una gran carrera. Algo que, ojo, no es tan fácil en estos tiempos, cuando demasiados jóvenes entran demasiado pronto en una espiral de enloquecida actividad, y cuando aún se encuentran en edad de estudiar con calma, crecer y dosificar la agenda con equilibrio, se lanzan a menudo a una actividad enfebrecida en la que la urgencia del concierto siguiente hurta el tiempo para el estudio, la profundización… el poso. Y ese suele ser el preludio de malograr la necesaria progresión. En otros tiempos, uno recuerda el caso de Pollini, que tras ganar el Concurso Chopin decidió encerrarse a estudiar en lugar de lanzarse a esa carrera enloquecida. Esperemos que Gevorgyan y quienes la aconsejan obren, en este sentido, con prudencia.
Si ya en 2021, en una entrevista de Nacho Castellanos oportunamente publicada en estas páginas, Gevorgyan evidenciaba una personalidad y una claridad de ideas bien definidas, esos rasgos de madurez se hicieron en esta ocasión incluso más evidentes. Lo hicieron ya, como antes se apuntó, desde la propia confección del programa, porque fue más allá de lucir el brillante virtuosismo que posee, para proponer obras hermosísimas, muy exigentes en lo técnico, pero también en lo artístico, en la hondura de expresión. Y, en algún caso, no cercanas al gran público, incluyendo la Chacona de Gubaidulina.
Un programa que integraba, como oportunamente señala Elena Horta en sus excelentes notas, “estructura formal y fantasía”, con partituras en su mayor parte pertenecientes al romanticismo, pero también, como la mencionada de Gubaidulina, escritas en la segunda mitad del siglo XX. Y programa también diseñado con intención, que se abría y cerraba con sendas piezas basadas en la forma cíclica: el Preludio, Coral y Fuga de César Franck, y la Sonata Après une lecture de Dante de Liszt, precedida de otra de las páginas (Sposalizio) del segundo cuaderno (Italia) de los Años de peregrinaje del compositor húngaro. En medio, ocasión para la inmersión en un repertorio por el que Gevorgyan muestra evidente afinidad, con los ocho Etudes-tableaux op. 33 de Rachmaninov.
Quien firma estas líneas comentaba, con ocasión de aquel debut hace cinco años en el ciclo de Jóvenes Intérpretes: “La joven rusa tiene, sin la menor duda, unos medios formidables. Los dedos articulan con claridad, se mueven con una agilidad felina asombrosa, y son capaces de delicados pianissimi y de apabullantes fortissimi, hasta un punto incluso algo sorprendente en alguien que no deslumbra por un físico de rotunda apariencia, sin que en ningún caso eso merme la belleza del sonido, siempre lleno y con gran presencia. El pedal se maneja con relativa mesura, aunque en algún caso hay alguna tendencia al exceso… Lo que es más importante, Gevorgyan es una intérprete que muestra un envidiable grado de madurez, sin perjuicio de que, naturalmente, queden cosas por pulir y progresar.”
En su mayoría, este resumen se antoja bastante reproducible cinco años después, aunque hay que anotar que ese envidiable grado de madurez ha progresado, como era lógico, y permitido apreciar interpretaciones excelentes de obras muy exigentes en la demanda expresiva, como es el caso de las dos de Liszt.
El Preludio, Coral y Fuga es una obra maestra de Franck, que redondea una bellísima creación con un motivo solemne que culminará siendo el motivo de la fuga, como bien apunta Horta en sus notas. Lo destacó con claridad la joven ruso-armenia en el Preludio, aunque el que suscribe quizá hubiera preferido algo más de claridad en el dibujo del acompañamiento subyacente, que pareció un tanto difuminado. Excelentes matices, en todo caso, también presentes en la muy lograda la solemnidad del Coral. Bien dibujada la transición a la Fuga, y muy bien planteada ésta, con un clímax de notable intensidad y un excelente trazado del pasaje marcado por Franck como una cadenza. Quizá se hubiera agradecido algo más de moderación en el pedal durante el tramo final.
Quien firma estas líneas ha defendido en más de una ocasión que el mejor Rachmaninov (más allá de los dos conciertos centrales de su ciclo) se encuentra en las piezas breves, donde consigue bellísimas combinaciones de fantasía y brillantez. Los ocho Etudes-tableaux ofrecidos por Gevorgyan son un ejemplo excelente. La demanda técnica para el pianista es de aquí te espero (espectaculares, por ejemplo, los estudios quinto, sexto y octavo), pero la combina el ruso con un encanto evocador muy especial, en piezas como el segundo (uno de los más conocidos de la serie) o el séptimo, un encantador Moderato.
Navegó por todos ellos Gevorgyan con soltura y seguridad extraordinarias, luciendo un sonido que ha ganado en redondez y anchura de matiz sin perder poderío. Envidiable la intensidad del quinto, con un leggiero muy logrado, o la del sexto, un genuino con fuoco que provocó aplausos al instante. Interpretación redonda, brillante pero también de muy lograda expresión, digna de una madurez artística que parece irse asentando con solidez.
En relación con la Chacona de Gubaidulina, nos cuenta Horta que la obra, dedicada a Marina Mdivani, alumna de Emil Gilels y una de las ganadoras en el II Concurso Internacional Chaikovski, en palabras de la propia compositora, fue “modelada atendiendo a las habilidades específicas de esta pianista, que tenía una manera poderosa de tocar acordes y un temperamento enérgico.” Cualidades que se pueden aplicar perfectamente a Gevorgyan, por cierto, de cuya rotundidad no caben dudas. Lo que llegó fue, en efecto, una interpretación de gran intensidad y creciente agitación, brillantemente ejecutada.
A un mundo diferente pertenecen las dos obras de Liszt que cerraban el programa. Sposalizio pide más la sutileza evocadora, la recreación de un sonido apropiadamente sugerente, llena de lirismo para llevarnos, como apunta Horta, a una atmósfera “etérea y pura”, la del cuadro de Rafael que la inspira, Los desposorios de la Virgen. Lució aquí la ruso-armenia bellas sonoridades y buena línea cantable para el andante quieto prescrito por el húngaro, aunque tal vez hubiera ganado la expresión con algo más de reposo en el pasaje indicado dolce armonioso.
Pareció Gevorgyan encontrarse más a gusto en una lectura apasionada, de gran intensidad, de la Sonata Dante. Los tremendos pasajes de apabullante virtuosismo, con una mano izquierda de espectacular poderío, se hermanaron bien con la demanda contrastante de Liszt en muchos pasajes de carácter opuesto, con esas prescripciones de p lamentoso. Apabullantes las octavas precipitato, pudo haber tenido algo más de misterio el retorno al Tempo I, pero Gevorgyan dibujó de forma más que notable el andante quasi improvisato – dolcissimo con intimo sentimento, como también consiguió una envidiable ligereza en los complicados trémolos. Tremenda, frenética intensidad en el tramo final, para una interpretación en la que no faltó, desde luego, dramatismo.
El éxito, aunque el aforo distaba de ser el mejor, fue más que notable. El público respondió entusiasmado y la joven ruso-armenia ofreció hasta cuatro propinas: La Campanella (el tercero de los Estudios de Liszt sobre temas de Paganini, en este caso sobre el movimiento final de su segundo Concierto para violín), la Elegía del armenio Arno Babadjanian (1921-1983), el Vals español de Carmen, compuesto por Arcadi Volodos sobre temas de la ópera de Bizet y el Preludio en si menor BWV 855 de J.S. Bach en el arreglo de Aleksander Ziloti. Un excelente recital de esta joven y brillante pianista a la que esperamos ver progresar en el futuro.
Rafael Ortega Basagoiti


