MADRID / Brillante cierre de la Orquesta de la RAI en Madrid, con Orozco-Estrada y un colosal Tamestit

Auditorio Nacional. Sala sinfónica. 6-XI-2025. Ibermúsica 25-26. Orchestra della Rai Torino. Director: Andrés Orozco Estrada. Solista: Antoine Tamestit, viola. Obras de Respighi-Rossini, Walton, Bartók y Ravel.
El segundo programa de la Sinfónica Nacional de la RAI en Madrid era variopinto y de notable interés, porque se escuchaba, por primera vez en el ciclo, el poco frecuentado Concierto para viola del británico William Walton, y lo hacía con uno de los mejores solistas del instrumento, el francés Antoine Tamestit (París, 1979). Antes, una selección de tres fragmentos (Obertura, Can-Can y Galop) de los ocho que componen La juguetería fantástica, ballet con música orquestada por Respighi a partir de unas piezas para piano escritas por un Rossini ya retirado de la escena operística, hacía el papel de “obertura”. Música festiva, luminosa y sonriente, traducida con buen colorido, apropiado carácter y envidiable impulso rítmico por la formación italiana, impecable en la inmediata respuesta a la entusiasta batuta de Orozco-Estrada.
La viola no goza, después del barroco, donde sí aparecía con algo más de frecuencia en papeles solistas, de un repertorio generoso en cuanto a piezas concertantes que se frecuenten en los conciertos y sean conocidas del gran público como lo son muchos de los conciertos para violín. No es de extrañar que los solistas destacados cultiven con cariño especial el Concierto que Walton escribió en 1929 y que pudimos escuchar hoy. Pero no es de extrañar, no solo porque al menos aparentemente no tenga grandes competidores, sino por su belleza intrínseca, que es mucha.
Señala Teresa Cascudo con buena razón, en las notas al programa, que, en el Concierto de Walton no encontramos “heroísmo, ni tampoco diálogo dialéctico entre solista y orquesta”, sino, más bien, “un monólogo lírico, casi confesional, con el que la viola –una voz cálida, casi humana– toma la palabra”. Así es, en efecto. Walton aprovecha la calidez tímbrica del instrumento para hacer una música que tiene muchos momentos de canto dulce, a menudo con cierta melancolía, hasta casi se diría que expuesto con entrañable timidez, pero que al fin se antoja de una gran riqueza expresiva. Hay, sí, un interludio más movido, el movimiento central, Scherzo y trio, con la indicación vivo con moto preciso, pero es quizá el último movimiento, más extenso, el que más nos gana. Comienza con una fuga, cuyo tema expone el fagot (espléndido en la ocasión el de la orquesta italiana, dicho sea de paso) y culmina con el recuerdo a material del primer movimiento, para cerrarse, como bien apunta Cascudo, alejada de cualquier efectismo o grandilocuencia, “como alguien que da las gracias y se retira”.

Tamestit lució su admirable clase desde el mismo inicio. Sonoridad bellísima, redonda, de gran presencia, riqueza de colorido y matiz, perfecta afinación y agilidad de arco. Su interpretación fue, de principio a fin, una lección magistral, captando admirablemente el carácter descrito de la pieza, siempre con una expresión de gran carga emotiva, y con un envidiable entendimiento con Orozco-Estrada, que acompañó con cuidado detalle y apropiada planificación, para que todo se escuchara en la medida oportuna. Vivo, vibrante el Scherzo por parte de ambos, y movimiento final de rica expresividad, culminado en un emocionante, sutilísimo ppp que, en efecto, casi quedaba suspendido con una levedad inalcanzable. Ejemplar respuesta, una vez más, de la orquesta italiana. El público supo reconocer la belleza de una obra que no resulta familiar para la mayoría, pero que llega y gana por esa sincera introspección que despliega, y por el estupendo partido que Walton saca al cálido timbre de la viola. Y supo detectar que acababa de escuchar a un solista excepcional, de esos que impresiona cada vez que uno le escucha. Quien esto firma ya quedó deslumbrado cuando en Madrid (marzo de 2022) interpretó el Concierto para viola de Widmann junto a Teodor Currentzis y la Orquesta de la SWR de Stuttgart (los interesados pueden encontrar la reseña del firmante aquí), en una velada realmente espectacular.
En respuesta a las cálidas ovaciones, Tamestit regaló un arreglo para viola del Preludio de la Suite nº 3 para violonchelo de J.S. Bach interpretado de manera primorosa, no solo por la deslumbrante perfección técnica, sino por una expresión riquísima en una lectura que evidenció, sobriedad de vibrato incluida, un evidente respeto por lo históricamente informado. La hermosa propina no hizo sin incrementar el ya grande entusiasmo del público, y el francés regaló otra obra, esta sí destinada originalmente para viola, el Capriccio op. 55 de Henri Vieuxtemps. Solo una palabra para describir lo escuchado: sensacional.
Por esos azares misteriosos de la programación, con las dos obras escuchadas en la segunda parte han ocurrido curiosas coincidencias. La Suite de El Mandarín maravilloso llega en este concierto poco después de que la Orquesta Sinfónica de Madrid la ofreciera, en el primero de sus conciertos sinfónicos, bajo la batuta de Gustavo Gimeno (coincidiendo, además, con la interpretación del ballet completo, escena incluida, en el Teatro Real), y La Valse llega también muy poco después de que la hayamos escuchado por Lorenzo Viotti al frente de la Nacional (que, a su vez, la había ofrecido también hace unos meses con David Afkham en el podio). Música extraordinaria la de ambas obras, así que tampoco hay que lamentar tanto las coincidencias, que además siempre dan ocasión de paladear diferentes acercamientos a las partituras.

Orozco-Estrada es maestro de gesto claro, implicado y decidido, y en su labor es fácil identificar el importante lugar que ocupa la precisión rítmica, elemento, por otra parte, esencial en la música de Bartók. Y esta música, profundamente trágica, cruda, en muchos momentos sórdida, dificilísima para la orquesta (todo Bartók lo es, en realidad) reclama un impulso muy especial y pone a muchos solistas en exposiciones más que comprometidas. El maestro colombiano ofreció una lectura vibrante, intensa, contrastada, bien planificada y de gran carga dramática de esta apabullante suite. Llegó con desgarro la agitada, inquietante Introducción, brillaron los clarinetes (realmente excepcional el solista) en el comienzo de El primer juego de seducción (El viejo), como también, en este mismo episodio, lo hicieron después trombones y fagots. Lo de los clarinetes, a lo largo y ancho de la interpretación, fue realmente formidable. La cuerda, siempre empastada, ágil y precisa, quizá en alguna ocasión algo tapada en alguno de los más contundentes tutti.
Dibujaron muy bien Orozco-Estrada y la orquesta la inquietante tensión del Tercer juego de seducción (aparición del mandarín) y la trágica tristeza que transmite la Danza de la doncella. La tensión del último y agitado episodio (La persecución de la doncella por el mandarín) quedó también magníficamente ilustrada en un final realmente apabullante. Tremenda la percusión, luego largamente ovacionada. Interpretación sobresaliente, que fue acogida con gran y justificado entusiasmo.
Mundo sonoro bien diferente, aunque no menos opulento en lo que a brillantísima orquestación se refiere, el de La Valse. Retomo lo dicho sobre ella en la reseña del concierto precitado de Viotti, al hablar de la “singular combinación de elegancia, ‘retrato de la danza’ (por usar las palabras de Diaghilev referidas a la obra) y ese torbellino con mucho de fantástico y también mucho de fatalidad a la que se refería el propio autor”. Hay sutileza, sugerencia, brillantez y también fases (el final, especialmente) verdaderamente enloquecidas, alucinadas. Apoyado en una orquesta que se mostró en extremo dúctil, Orozco-Estrada construyó una interpretación que se movió con soltura en las insinuantes sugerencias del inicio y reprodujo con ejemplar brillantez esa opulencia antes aludida. Quien esto firma echó de menos algo del rubato que sí apareció en el inicio, en algunos momentos de los últimos minutos de la obra, presentados con brillante contundencia, pero en los que quizá, entiéndaseme bien, se hubiera agradecido algo más de ese delirio que la música sugiere.
En todo caso, otra excelente interpretación, también acogida con calor por el público. Tras destacar una por una todas las secciones de la orquesta, el maestro colombiano agradeció la recepción del público y mencionó que este, como cierre de la gira, era para ellos un concierto especial. Creo que lo fue también para los asistentes, sin duda, y más tras el delicioso regalo, esta vez sí anunciado por el maestro. Como el día anterior, el Intermezzo de Cavalleria rusticana, de Mascagni. Estupendo cierre para un doble debut que deja el mejor sabor de boca.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: Rafa Martín/Ibermúsica)


