MADRID / Bicket y The English Concert, en ‘El Mesías’ participativo

Madrid. Auditorio Nacional. 9-XII-2024. Fundación La Caixa. Chiara Skerath, soprano. Jess Dandy, contralto. James Way, tenor. Morgan Pearse, bajo. Coro y Orquesta de The English Concert. Coro participativo (Directoras Preparadoras: Amaya Añúa y Celia Alcedo). Director: Harry Bicket. Haendel: El Mesías HWV 56.
Nueva edición, con el patrocinio de la Fundación La Caixa, de los conciertos “participativos” en los que se interpreta El Mesías, de Haendel. Empeño, sin duda, encomiable, porque fomenta el acercamiento de aficionados no ya como audiencia sino en un papel mucho más relevante e implicado: el de la participación como cantores. Acontecimiento, por tanto, especialmente festivo y jubiloso para quienes contribuyen a él, en cantidad de varios cientos (en Madrid, en dos días, más de 800; para que se hagan una idea, el coro de aficionados ocupaba los dos laterales completos del primer anfiteatro, las sillas habitualmente ocupadas por los coros profesionales, y las dos tribunas de segundo anfiteatro a ambos lados del órgano de la Sala Sinfónica; el coro profesional del English Concert, de 20 voces, se situó en el estrado, delante de las sillas del coro, junto a la pequeña orquesta del conjunto británico).
Es sabido que tras dar definitivamente por perdido su recorrido en el género operístico, Haendel se dedicó a la nueva tendencia que marcaba el público, el oratorio. Escribió El Mesías, su sexto empeño en el género, a un ritmo realmente asombroso: 24 días. La música, no se lo voy a descubrir ahora, es una verdadera maravilla de invención puesta al servicio de un texto que nos lleva por toda una variedad de sensaciones y emociones, desde la solemnidad y devoción hasta la tristeza (ese inolvidable He was despised), el júbilo triunfal de la resurrección (el archiconocido Aleluya) o la grandeza postrera del coro final, Worthy is the Lamb, con el majestuoso Amén fugado.
Algún colega desinformado que se refería recientemente en su reseña de Theodora (escrita años después, en 1749) a dicha obra como “el único oratorio cristiano de Haendel”, haría bien en recordar que El Mesías no solo está basado en textos de la Biblia, sino que versa, específicamente, en su parte II, sobre la pasión, muerte y resurrección de Cristo, estando la parte I dedicada a la parte del antiguo testamento en que se profetiza la llegada del Mesías, y la parte III a la promesa de la redención, el juicio final y la resurrección de los muertos. Uno diría que la temática es bastante cristiana. Y esto por no incluir otros títulos en la lista. Me disculparán el paréntesis, pero es que hay cosas que a uno le cuesta pasar por alto.
La obra se estrenó en Dublín en abril de 1742, pero fue luego interpretada varias veces en Londres entre 1743 y 1749. Aunque ha habido, y sigue habiendo, interpretaciones y grabaciones de versiones específicas (la de Dublín, especialmente), lo cierto es que la partitura sufrió cambios considerables y hoy los directores suelen elegir una edición más global, que no hace referencia a una interpretación en un lugar o fecha concretos.
El actual director del English Concert, Harry Bicket, se decantó esta vez por utilizar la edición de Watkins Shaw (Novello, 1992). Dicha edición deja abierta la posibilidad de utilizar distintas versiones de determinados números, como el aria But who may abide, disponible para contralto o para soprano (ayer se escogió la primera), o He shall feed his Flock, que puede interpretarse como aria para soprano o como dueto para soprano y contralto (en esta ocasión, eligió la segunda opción). Shaw no se inclina, creo que con buen criterio, por una versión concreta (por ejemplo, la del estreno en Dublín en 1742 o algunas de las londinenses entre 1743 y 1749), sino que deja abiertas versiones alternativas de una serie de números (los dos mencionados son un ejemplo) y sólo descarta, ofreciéndolas como apéndice, versiones alternativas de cinco números: el aria para soprano Rejoice greatly (versión II), el de bajo Though Art gone up high (versión III), dos versiones de How beautiful are the feet, y la segunda de Their sound is gone out. Como él mismo señala en el prefacio de la partitura, hay evidencia de que no menos de 11 números fueron reescritos una o más veces, por lo que hablar de una versión “definitiva” parece tarea imposible. La que escuchamos recortó algunas cosas, no demasiadas (el mencionado Though art gone up high, una de ellas) pero si se inclinó por versiones abreviadas (la Pifa) incluyó, sorprendentemente, alguna decisión poco explicable, como la eliminación de toda la sección central de The trumpet shall sound y el da capo correspondiente.
El actual titular de The English Concert, Harry Bicket [a la izquierda], es un director más correcto que inspirador, de gesto no diáfano, o al menos no todo lo diáfano y anticipador que requiere el manejo de una gran masa coral como la que protagoniza un evento como este, especialmente cuando su ubicación se sitúa en tan variados lugares (algunos bastante lejos del que ocupa el director).
Empleó un orgánico, para quien esto firma, sorprendentemente reducido para una sala de 2000 personas y con la masa coral mencionada. Cuerdas de 4/4/2/4/1, clavecín, órgano positivo, y las dos trompetas naturales y timbales en los contados números en los que se les requiere. Su acercamiento al gran oratorio haendeliano pareció razonablemente correcto en la intención, pero también un tanto rutinario, sin las inflexiones (y no hablo ahora del coro aficionado sino de los conjuntos profesionales) que hemos visto en otros intérpretes británicos célebres de estas músicas, desde Gardiner a Christophers.
Hay que ser, qué duda cabe, realistas en las expectativas que pueden esperarse de un concierto como este, donde los aficionados se entregan con el más encendido entusiasmo e ilusión, pero donde hay cosas que, simplemente, tienen una viabilidad complicada. El empaste de un coro aficionado de varios centenares de personas es ya una empresa más que comprometida, por muy bien preparado que esté (y lo estaba sin duda en esta ocasión, por la labor, que se adivina estupenda, de Amaya Añúa y Celia Alcedo). Si en estas condiciones se le pide cantar semicorcheas a cierta velocidad, es más que probable que el ajuste se tambalee. Por ello, es especialmente importante un gesto diáfano, magnético y muy anticipador, que prepare, enganche y guie a esa gran masa. No dio la sensación de ocurrir en este caso. El problema se agrava si, además, el tempo escogido, en más de una ocasión, parece perfectamente adecuado para un coro de no gran tamaño y profesional, pero es terreno abonado para la confusión cuando se habla de un gran contingente aficionado.
Ocurrió ello en varias ocasiones, la primera en el primer coro de la obra, And the glory of the Lord, y alguna otra bastante evidente (He trusted in God, The lord gave the Word, quizá pudo haberse evitado este número al coro aficionado). Se movieron las cosas de forma más ajustada en números algo menos comprometidos en ese sentido, como Glory to God, el famoso Aleluya, bastante correcto, y la fuga del Amén final, bastante bien resuelta. Es digno de aplauso el entusiasmo y la entrega del nutridísimo coro participativo, que sin duda puso el alma en la interpretación.
Quien esto firma debe, sin embargo, expresar una abierta decepción con el coro del English Concert, una veintena de voces que parecieron muy lejos del nivel que ofrecen otras formaciones británicas (si algo tienen las islas es coros buenos), desde el Monteverdi a The Sixteen. Incluso el coro del King’s Consort, que tampoco está ahora en su mejor momento, se antojó al firmante en su última visita más empastado que este, que evidenció muy evidentes desajustes y confusiones en más de un coro (And he shall purify, llevado a tempo prudente, estuvo lejos de una articulación clara y empastada, algo que también cabe decir de la primera parte de His yoke is easy, cuando el participativo, que solo se incorporó en el último tramo, aún no había entrado).
En el cuarteto solista destacó el tenor James Way, una voz muy bonita, bien timbrada, de gran presencia, segura en la emisión y sobradamente capaz de manejar las agilidades haendelianas con gran soltura, como quedó en evidencia desde su primera aria, Every valley, y luego en todas sus intervenciones, siempre bellamente matizadas y con muy adecuada introducción de adornos cuando procedía.
Una grata sorpresa el bajo, anunciado por megafonía justo antes del concierto, Morgan Pearse, sustituto de última hora del previsto Neal Davies. Segurísimo, portador de una voz poderosa, que se mueve con soltura en todo el registro y alcanza el fa grave sin problema, se mostró además impecable en la agilidad (estupendo su Why do the nations) y los matices. Rotundo, poderoso en su The trumpet shall sound, en la que solo cabe lamentar el incomprensible tijeretazo impuesto por la batuta. Hay que aprovechar la ocasión para destacar la magnífica contribución del solista de trompeta (creo que Mark Benett). Los radicales dirán que empleó una trompeta natural con orificios (eso que mi querido Torrico denominaba con crueldad “agujeritos tramposos”), pero quien firma esta reseña sostiene que el debate sobre la trompeta con o sin agujeros es bastante bizantino, porque la trompeta natural con agujeros sigue sonando como una trompeta natural (solo hay más seguridad para el ejecutante, ¿y qué?) y Benett lo hizo, créanme, divinamente.
Muy notable la prestación de la soprano Chiara Skerath. La suya es una voz de suficiente atractivo, buena emisión, ricos matices y excelente agilidad. El vibrato es aparente pero nunca estorba. Despachó con soltura su comprometido Rejoice greatly y cantó con preciosa expresividad esa maravilla final (gracias a Dios elegida la versión para soprano esta vez) que es If God be for us.
La de arena en el cuarteto solista vino de lado de la contralto Jess Dandy, una voz entubada, de timbre bastante feo (más aún en un tramo grave sumamente destemplado y con un paso tan evidente como poco agradable), no demasiada presencia y hasta entonación no del todo segura en algún momento. Una lástima, porque varias de las páginas más bellas de la obra, con el famoso He was despised a la cabeza, quedaron lejos de causar el impacto que suelen conseguir cuando nos llegan servidos por otras voces. La buena intención que evidenció Dandy en lo que a matiz se refiere, especialmente en la zona medio-alta, no logró salvar una prestación que fue, con diferencia, el punto más flojo de la velada.
En todo caso, el clima, ya se dijo al principio, era de disfrutar, de fiesta, del placer que supone poder interpretar en una sala como esta una obra tan maravillosa como El Mesías. Es, por tanto, más que comprensible que el final del Amén desencadenara el jubiloso entusiasmo de todos los participantes. ¿Éxito? Claro que sí, y de los grandes. Al fin y al cabo, este tipo de iniciativas siempre se coronan, con toda la razón, con éxito. Se bisó, como cabría esperar, el celebérrimo Aleluya, que ya había sido calurosamente ovacionado cuando se interpretó dentro del oratorio.
Rafael Ortega Basagoiti


