MADRID / Beethoven en la March: Ibragimova-Tiberghien

MADRID / Beethoven en la March: Ibragimova-Tiberghien

Madrid. Fundación March. 22-I-2020. Ciclo “Beethoven: El cambio permanente”. Alina Ibragimova, violín. Cédric Tiberghien, piano. Obras de Beethoven.

Se abrió ayer otro ciclo del mayor interés en la Fundación March, que ya nos tiene acostumbrados a una excelente, atractiva y más que bien elaborada programación. El ciclo en cuestión, bajo el título Beethoven: el cambio permanente, repasa en cinco conciertos, durante los meses de enero y febrero, diversas obras de la producción camerística y pianística del gran sordo, que incluyen una casi integral de las sonatas para violín y piano, una selección de la obra para violonchelo y piano, algún que otro trío y las monumentales Variaciones Diabelli, que cierran el ciclo servidas por Alexander Lonquich, que, en un singular acercamiento, las precede con la Sonata nº 2 de Charles Ives. Programa, como digo, de interés, en el que sólo hay que lamentar la repetición de la Sonata para violín y piano nº 7, segunda del Op. 30 de Beethoven, que oiremos a Rachel Podger con Christopher Glynn pero que previamente habrán ofrecido también Anne Katharina Schreiber y Kristian Bezuidenhout.

Antes de los conciertos, que se retransmiten por Radio Clásica, el director de SCHERZO, Juan Lucas, entrevista a una serie de comentaristas en relación con la figura y personalidad de Beethoven. El concierto inaugural, tras la entrevista de Lucas a nuestro colega Miguel Ángel González Barrio, corría a cargo de la joven violinista rusa afincada hace tiempo en el Reino Unido Alina Ibragimova (1985), con su pianista habitual, el francés Cédric Tiberghien (1975), con el que tiene grabado el ciclo beethoveniano completo para el sello Wigmore Hall. Se inició el programa con las poco transitadas Variaciones sobre Se vuol ballare” WoO 40, obra temprana en la que el piano lleva la parte del león, al punto de que en la novena variación el violín permanece por completo en silencio. Tiberghien ofreció una lectura plausible y elegante, con algún que otro roce sin importancia en esa mencionada variación. Destacan por lo demás, musicalmente hablando, las dos variaciones en fa menor (6 y 7), como las páginas más conseguidas de una partitura que por lo demás está lejos de lo mejor en la obra beethoveniana para violín y piano. Y hablando de esa materia, quizá procedería recordar que, aunque los violinistas han impuesto su protagonismo y la denominación “violín y piano”, lo cierto es que la denominación original es precisamente la contraria: sonatas para piano y violín, en lo que parecería un justo reconocimiento al hecho de que, al menos hasta la sonata Primavera, el que suda la tinta de lo lindo es el pianista, como saben bien quienes han pasado por alguno de estos trances.

En el concierto de ayer las tres sonatas que precedieron a la citada Op. 24 fueron las nº 2 a 4, y el tándem Ibragimova-Tiberghien fue de menos a más durante el recorrido. Ibragimova, que ha combinado desde hace tiempo las incursiones en el violín historicista con el repertorio tradicional más tardío, se acerca a Beethoven con ligereza de arco y vibrato de corto recorrido. Quienes piensan, como cierto chiste que me enviaron hace poco caricaturizando el tema, que “el vibrato sobre todas las notas es como ponerle kétchup a toda la música”, estarán encantados de la contención que en esta materia presenta la joven rusa. El sonido tiene cuerpo y belleza, y, en este repertorio al menos, cuidado volumen e intensidad, sin excesos en los ataques. La afinación es generalmente segura, aunque en la Primavera, que cerraba el programa, hubo un par de momentos en los movimientos extremos en los que no se alcanzó la precisión en esta materia que presidió la generalidad del concierto. Su compenetración con Tiberghien es, por lógica, bien evidente, por el tiempo que llevan trabajando juntos y porque parecen compartir una aproximación sencilla, directa y coherente. El allegro vivace que abría la primera de las obras ofrecidas (Sonata nº 2 Op. 12 nº 2) tuvo buenas dosis de impulso y vitalidad, pero algún pasaje que requería bien cuadrada agilidad de los dos no quedó por completo conseguido. Estuvo en cambio muy bien cantado el segundo tiempo y dotado de grácil elegancia y sugerente sabor danzable el allegretto piacevole final. Decidido, muy vivo y con buen impulso, el Presto que abría la Sonata nº 4 (sin la repetición de la segunda mitad), en la que brilló especialmente el allegro molto final, con una incisiva traducción del pasaje a contratiempo. La tercera de las sonatas Op. 12 que abrió la segunda parte fue probablemente el mejor momento de la tarde, con un vivaz Allegro con spirito inicial y un sensible y bien cantado Adagio con molt’ espressione. Jubiloso pero con gracia el rondó final.

A quien esto firma no le cautivó especialmente el encanto de la Primavera, especialmente en su primer movimiento. Por lo demás, y con las salvedades antes apuntadas, versión bien construida y realizada, que terminó, también mejor de lo que había empezado. Sobresaliente el preciso e incisivo Scherzo, muy bien dibujado en su diseño rítmico. En todo caso, la velada fue globalmente más que notable y coronada por un gran éxito del público que llenaba la sala. El dúo regaló uno de esos movimientos en los que el violín luce verdaderamente su cualidad de instrumento melódico, con uno de los momentos más hermosos de toda la colección: el adagio de la Sonata nº 6, Op. 30 nº 1. Ahí sacó la rusa su mejor sonido, más fino matiz y mayor riqueza expresiva. Y ahí se alcanzó, tal vez, el momento más sobresaliente y emocionante de la velada.