MADRID / Atractiva rusticidad (la Orquesta del Siglo de las Luces cierra la temporada de Ibermúsica)

MADRID / Atractiva rusticidad (la Orquesta del Siglo de las Luces cierra la temporada de Ibermúsica)

Madrid, Auditorio Nacional, 30-V-2019. Obras de Elgar, Strauss y Sibelius. Orchestra of the Age of Enlightenment. Alina Ibragimova, violín. Thierry Fischer, director. Temporada Ibermúsica, serie Barbieri.

Mala noticia la que recibimos pocos días antes del concierto: el anunciado Vladimir Jurowski, director que siempre tiene algo inteligente y con frecuencia fantasioso que decir, suspendía su actuación por cansancio o enfermedad. Los resortes de Ibermúsica se movieron con la acostumbrada prontitud y se pudo cazar al lazo a Thierry Fischer, que es quien finalmente se situó delante de la Orquesta del Siglo de las Luces, un conjunto que posee una capacidad camaleónica para adaptarse al repertorio de distintas épocas empleando el instrumental correspondiente a cada una de ellas.

Lo pudimos comprobar en esta ocasión con música de finales del XIX y principios del XX. Lo más interesante es el aspecto tímbrico derivado de la diferente estructura, construcción y naturaleza de los instrumentos. Es evidente que de 1900 para acá se ha perfeccionado mucho el material y que hoy en día las orquestas, gracias a ello, poseen un espectro más brillante y una sonoridad más poderosa y circulan sobre un diapasón más alto. En este concierto hemos podido detectar notables diferencias en todos esos aspectos por mor de la diversa entidad de cada familia instrumental.

Las trompetas, los trombones, los clarinetes en particular, las flautas, los oboes, los fagotes, en parte las trompas son de muy diferente construcción y, por tanto, poseen una sonoridad más cruda, más rústica, casi siempre más clara en los agudos; y más penumbrosa y cálida en los graves de unos arcos que posiblemente empleen tripa, al menos en una parte de su cordaje. La imagen sonora se hace así muy atractiva y contrastada sin que deje de tener una curiosa igualdad, cualidades que resplandecieron en la muy estimable interpretación de la Sinfonía nº 2 de Sibelius, que con tales mimbres tuvo un sorprendente y salutífero aroma.

El suizo Tierry Fischer (Zambia, 1957) es director que, como tantos hoy en día, no porta batuta. Exhibe una gestualidad contenida, mesurada, de elegante sobriedad, con movimientos claros y acompasados. Consiguió una general transparencia de texturas y mantuvo unos tempi adecuados, con las retenciones oportunas. Calibró muy bien, por ejemplo, la violinada inicial y consiguió otorgar agilidad a los primeros tramos. Los metales dejaron oír enseguida sus broncíneas llamadas. Todo sin alharacas, con respiraciones y acentos justos. Los pizzicati que abren el segundo movimiento fueron tan precisos como delicados y se nos mostró una inteligente administración de los silencios, tan importantes en esta obra postromántica.

Tras el Vivacissimo, se dispuso una lenta y medida ascensión hacia la luz que inunda el Finale, en el que seguimos sin problemas el trabajo temático y contrapuntístico y reconocimos la buena mano en la construcción del tramo postrero, en el que se consiguió que las maderas fueran audibles por encima del fragor general. En conjunto una interpretación diferente, menos ostentosa y fulgurante, menos apabullante que, por ejemplo, la grandiosa que nos deparara el extinto Lorin Maazel al frente de la Filarmónica de Munich en 2014, pero llena de sustancia y sentido.

Lo tuvo también la refinada y cauta, trazada a media voz, de la Serenata para cuerdas de Elgar, que abría la sesión, en la que pudimos degustar la nobleza de vino añejo de los arcos. La interpretación del juvenil e intrascendente Concierto para violín de Strauss dio la impresión de que era el resultado de una lectura a primera vista. Los fuegos de artificio fueron bien mostrados por el constante chisporroteo del violín solista de Alina Ibragimova, a quien conocemos como componente del Cuarteto Chiaroscuro, dueña de una técnica precisa y de un temperamento desbordante. Su instrumento, un Anselmo Bellosio de 1775, sonó poco, lejano; quizá por estar equipado con cuerdas de tripa.