MADRID / Asombroso Britten de Janine Jansen con Mäkelä y la Orquesta del Concertgebouw

Madrid. Auditorio Nacional. Sala sinfónica. 29-I-2025. Ibermúsica 24/25. Orquesta del Concertgebouw de Amsterdam. Solista: Janine Jansen, violín. Director: Klaus Mäkelä. Obras de Purcell, Dowland, Britten y R. Schumann.
El diseño del segundo de los programas de Mäkelä con la Orquesta del Concertgebouw era, sin duda, singular. Muy interesante la inclusión del Concierto para violín de Britten, escuchado en el propio ciclo de Ibermúsica en 2019 (con Vilde Frang como solista), pero más recientemente en el ciclo sinfónico de la OCNE (2022, con Fumiaki Miura al violín), y más si se cuenta con una violinista de grandísima clase como es Janine Jansen. Se escucha también con agrado siempre la hermosa Segunda sinfonía de Robert Schumann (aunque en esta serie lo haremos por duplicado este año, dado que al final de la temporada Gatti ofrecerá el ciclo completo al frente de la Staatskapelle de Dresde).
Creo que es algo más difícil, pese a los argumentos expuestos por Luis Gago en sus siempre documentadas y bien armadas notas, encajar la inclusión de dos obras indiscutiblemente preciosas, pero por completo ajenas al ámbito sinfónico: las Lachrimae Antiquae de John Dowland. y la breve, hermosísima y demoledora Marcha de la Música para el funeral de la Reina Mary de Henry Purcell. Es cierto que el carácter triste de las dos obras mencionadas podría ofrecer, si uno piensa con cierta generosidad, alguna conexión con las “melancolías” padecidas por Schumann y Britten. Pero estas páginas demandan, creo, no solo una interpretación diferente, sino un ámbito por completo distinto al de una gran sala sinfónica. Escuchada la Marcha de Purcell a Mäkelä (hay video en youtube) como “apertura” para obras como la Sinfonía nº 49 de Haydn (con la que, como en esta ocasión con el Concierto de Britten, la engarzó sin interrupción), la cosa, al menos al que suscribe, no le termina de llenar. El programa apuntaba a que en este concierto se interpretaría con dos oboes, dos clarinetes y percusión, pero finalmente fueron dos trompetas, dos trombones y un tambor los encargados de su ejecución. Impecable, correcta, pero lejos del estremecimiento que produce (y que debe producir) en otros contextos. Se produjo la interpretación ya con Jansen sobre el escenario, de forma que el final de Purcell conectó con el inicio del Concierto de Britten que, tal vez en un eco de su admirado Beethoven, se encomienda al timbal y los platillos.
Britten completó en 1939 su Concierto para violín. Tiempos, por tanto, de guerra. Evidente influencia en la composición tuvo el violinista español Antonio Brosa (1894 – 1979), que lo estrenó el 27 de marzo de 1940 en Nueva York, con la Orquesta Filarmónica de la ciudad dirigida por Barbirolli. El primero de los tres tiempos que se suceden sin solución de continuidad se mueve, como ha señalado Gil Shaham, en una atmósfera severa, con cierta crudeza, y con una presencia ominosa y continua del timbal, que despierta resonancias militares sombrías, aunque la música se vuelve luego más enérgica y afirmativa. El segundo es una suerte de scherzo que parece una danza frenética con resonancias siniestras, sólo algo más calmadas en la sección central. Posiblemente, según declara la solista que lo interpretó esta vez, Janine Jansen, es el de mayor demanda técnica, y culmina en una cadencia de dramáticos ecos que lleva esa exigencia a su máxima expresión. El final es una Passacaglia, en forma de tema con nueve variaciones, que la violinista Vilde Frang considera el movimiento más intenso del concierto, como si “el violinista luchara frente a la muerte a lo largo de todo el movimiento. Es como un réquiem: en el final, la orquesta está ya en el cielo, pero el violín aún se encuentra en la tierra, aferrado al dolor, reticente a dejar todo atrás para adentrarse en lo divino”.
Todo lo que se pueda decir sobre lo que ayer ofreció Janine Jansen en este concierto puede fácilmente parecer corto. La neerlandesa dejó al público completamente rendido de admiración. No es de extrañar. Extrajo las más bellas sonoridades de su Stradivarius (el llamado Shumsky-Rode, de 1715), con un arco de precisión y agilidad enormes. Lució siempre una extraordinaria capacidad de matiz y una afinación y articulación modélicas. Pero, por encima de todo, se sumergió en la música con absoluta convicción. Supo entender, y sobre todo transmitir, lo que hay de siniestra sombra, de atormentado dolor y desgarro en buena parte de esta música. Desgranó lo que hay de obsesivo en el primer tiempo (que en muchos momentos es bastante, porque Britten vuelve una y otra vez sobre el mismo dibujo rítmico), bien secundada por un Mäkelä que se contagió de la sólida y magnética convicción de la neerlandesa, ofreciendo en el acompañamiento los momentos de más intensidad de los dos conciertos que ha dirigido en Madrid. El final de ese primer tiempo, apenas susurrado, dejó un nudo en la garganta, como seguramente Britten pretendía.
Tremendo, frenético, tenso, trepidante, el Vivace, inquietante en el carácter, de endemoniada dificultad, llevando al límite al solista, límite que Jansen solventó de forma asombrosa. La gran cadencia de este concierto, al contrario que en otros muchos, no aparece en el primer tiempo, sino en este segundo, inmediatamente antes de la Passacaglia final. ¡Y qué cadencia! Un compendio endemoniado en el que hay lugar para todo, la energía demoledora, la sutileza, la contundencia, la precisión, el arrebato y la calma. Es realmente difícil imaginar una interpretación de este tremendo segundo tiempo y de la temible cadencia final que tuviera más intensidad y asombrosa perfección que lo escuchado ayer a Janine Jansen.
La Passacaglia se abrió con un clima doliente, y unos agudos delicados, precisos y estremecedores de Jansen. Lo que siguió fue, justamente, un retrato perfecto de lo ilustrado antes por el comentario de Vilde Frang: una lucha contra la muerte, en muchos momentos con la música haciendo llegar una congoja desolada de demoledor impacto emocional. Mäkelä de nuevo sumado al ambiente de dolor (así los espeluznantes trombones sobre el calmado dibujo del violín en el pasaje lento e solemne), para abocar a un tramo final de la obra realmente sobrecogedor. Tanto que se produjo eso que a menudo reclamamos: la magia de los segundos de silencio hasta que director y solista dieron por concluida la interpretación. El público se había sumergido, hipnotizado, en el ambiente al que Jansen y Mäkelä le habían llevado. Luego, estalló la rendida admiración con ovaciones que marcaron lo que fue una apoteosis de la formidable violinista neerlandesa. No hubo propina. Y casi mejor, porque después de lo escuchado, lo que procedía era paladearlo y digerirlo. Y eso lleva tiempo. Qué maravilla.

La segunda parte tenía el mismo diseño singular que la primera. Las Lachrimae antiquae de Dowland, encargadas en esta ocasión a dos violines, dos violas y un violonchelo, obtuvieron, con Mäkelä dirigiendo (no se si realmente era necesario dirigir a cinco solistas), una interpretación expresiva, pero evidentemente ajena a los postulados historicistas y, como antes en Purcell, un tanto fuera de contexto, o eso, al menos, le pareció a quien firma estas líneas.
Como antes, se conectó sin solución de continuidad con el inicio de la Segunda sinfonía de Schumann, engarce que pareció incluso más forzado que el anterior. George Szell se refería a las sinfonías de Schumann como “lo mejor del romanticismo puro, el máximo exponente de lo más selecto del carácter alemán”. Música que, con demasiada frecuencia, es aún objeto de severas críticas por sus texturas y orquestación. La Sinfonía op 61 vio la luz, como señala Gago, tras un deterioro importante de la salud de Schumann, que incluyó una fuerte depresión (de ahí la conexión “melancólica” que identifica Gago con la música de Dowland). El propio Schumann escribía: “Escribí mi sinfonía en diciembre de 1845, y a veces creo que su música permite adivinar el precario estado en que me encontraba.”
Sin embargo, lo cierto es que, aunque en el comienzo del Sostenuto assai puede apreciarse cierto ambiguo misterio tras la solemnidad y grandeza de la música, lo que sigue en el apasionado allegro ma non troppo, el vibrante scherzo y el exaltado y trepidante final, no sugiere esos días oscuros referidos por Schumann. La melancolía aparece más evidente en el adagio espressivo, impregnado de una poesía de exquisita y emocionante belleza, de esas que hace reales las palabras del compositor sobre el fin último de la música en general: “La elevada misión de la música es arrojar luz sobre las profundidades del corazón humano.”
La sensación que quedó en la interpretación que Mäkelä ofreció de esta sinfonía fue parecida a la que produjo la obra de Strauss ayer. Correctísima construcción y maravillosa prestación de una orquesta realmente formidable, pero escasa penetración de la batuta en los recovecos expresivos de la partitura, desde unos pp de los metales en el comienzo que debieron ser más delgados y transmitir más misterio, hasta un manejo más cuidado de las transiciones que consiguiera elevar la tensión (así en el pasaje poco a poco stringendo que conduce al allegro ma non troppo inicial, dibujado de forma un tanto plana). Adoleció ese primer tiempo de un desarrollo tan estupendamente ejecutado como un tanto corto en la expresión, y solo en la bien armada coda consiguió elevarse algo la temperatura.
Bien el Scherzo, siempre temible en el ajuste del agitado movimiento perpetuo de la cuerda, un pasaje de comprometida dificultad de ejecución que es utilizado constantemente en las pruebas de acceso a las orquestas para los violinistas y que quiebra inmediatamente cualquier costura de ejecución en la sección de violines que no esté firmemente asegurada. Mäkelä, como muchos, prefirió partir de un tempo algo más prudente para la indicación (allegro vivace) porque iba a acelerar bastante en la coda, algo que se escucha con mucha frecuencia, aunque nada hay en la partitura que así lo indique. En todo caso, fue probablemente de lo mejor de la sinfonía.
Tempo tranquilo, sin decaer, para el adagio espressivo, en el que, además de la espléndida cuerda, lucieron de manera especial los fantásticos solistas de oboe y fagot. Movimiento correctamente construido y plausiblemente matizado, pero sin que esa emocionante melancolía que llega de la mano del canto de la cuerda terminara de tener el calado que tiene y hemos podido escuchar en otras ocasiones. Buena energía y vibración en el allegro molto vivace final, con espectacular respuesta de la cuerda, impecable en la altísima exigencia de agilidad que tiene una escritura inundada de filigranas cuya claridad pareció milagrosa. Pudo, en ciertos momentos, echarse de menos cierta incisión en el dibujo rítmico. Como en el primer movimiento, coda plausiblemente planteada, donde se consiguió algo más de temperatura, aunque se pudo haber sacado más partido al retorno del solemne material del inicio de la obra. Una interpretación, en fin, de sobresaliente respuesta orquestal para un concepto más correcto y plausible que emocionante. Recepción, en todo caso, calurosa, que sí obtuvo propina en esta ocasión: el Entreacto nº 3 de Rosamunda de Schubert, que sonó suficientemente cálido y expresivo.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: Rafa Martín/Ibermúsica)


