MADRID / Apabullante demostración de Alexandre Kantorow

Madrid. Auditorio Nacional. Sala de cámara. XXX Ciclo de Grandes Intérpretes de la Fundación Scherzo. 12-XI-2024. Alexandre Kantorow, piano. Obras de Brahms, Liszt, Rachmaninov y Bartók.
Dos años después de su debut en el ciclo de Grandes Intérpretes de la Fundación Scherzo, volvía a la serie el joven pianista francés Alexandre Kantorow (Clermont-Ferrand, 1997), en un concierto exclusivo para abonados, en conmemoración del XXX aniversario del ciclo. Antes del concierto, Eduardo Frías, director artístico y gerente de la Fundación Scherzo, dedicó unas palabras a glosar el aniversario, apuntando unas cifras que hablan por si solas: 270 conciertos con 92 solistas. Casi nada. Agradeció la fidelidad de los abonados, sin los que el ciclo, claro está, no hubiera sido posible. Recordó también que el concierto se dedicaba a la memoria del querido Eduardo Torrico, redactor jefe de la revista Scherzo que falleció el pasado año. El firmante de esta reseña había incluido igualmente, en las notas al programa, unas líneas de recuerdo al querido compañero y amigo a quien recordamos cada día.
El programa planteado por Kantorow se antojaba, y así resultó, denso y extremadamente ambicioso en la dimensión y el desafío interpretativo. Fue tan poco convencional como el ofrecido en su debut, pero uno diría que poniendo un escalón más en el reto. Ni una concesión al relajo en un recorrido con obras de cuatro compositores, Bartók, Brahms, Liszt y Rachmaninov (cinco, si incluimos a Bach, cuyo original sirvió de base al estudio brahmsiano), que abarcaba desde la quintaesencia de la mejor música llevada al trabajo de las dificultades técnicas (el Estudio Chasse-neige de Liszt o el arreglo para la mano izquierda que Brahms escribió también con fines de ejercicio, a partir de la Chacona de la partita BWV 1004 para violín de Bach) a la gran sonata (la Primera de las de Rachmaninov), pasando por las Rapsodias de Brahms (op. 79 nº 1) y Bartók (op. 1) y el bellísimo y evocador Vallée d’Obermann que Liszt escribiera como parte del primer libro de sus Años de Peregrinación, dedicado a Suiza.
Pudimos inmediatamente confirmar lo apuntado en su debut en cuanto a sus características como pianista. Dedos de una agilidad mecánica excepcional, mano que parece extremadamente relajada, incluso bastante plana en la posición, que muchas veces acaricia con sutil delicadeza las teclas, generando así un sonido siempre redondo, de gran belleza, que no pierde corporeidad. Cuando se requiere, arma la mano con extrema firmeza y seguridad para conseguir una fortaleza excepcional en los ataques en fortísimo. Pudimos confirmar también la anchura muy grande de su dinámica, pero también su fina gradación. El apabullante poderío en los forte fue quizá más evidente por enfrentar, en repertorio tan generoso en decibelios, al gran cola del Auditorio Nacional en una sala, como la de cámara, cuyo aforo es aproximadamente un tercio del de la sinfónica. El pedal pareció siempre manejado con habilidad y acierto, aunque quien esto firma hubiera gustado de menos sequedad en su empleo para algunos de los acordes arpegiados en el principio de la precitada Chacona bachiana arreglada por Brahms.
Señalamos en su día la capacidad del joven francés para articular un discurso musical con rara coherencia y profundidad. Discurso en el que sumerge, ya lo apuntamos también entonces, con tal ensimismamiento y concentración que acaba canturreando (de forma muy audible) con cierta frecuencia. Algo que, como también dijimos, puede llegar a resultar molesto debería, quizá, intentar corregir, aunque no sea el primero ni será el último que incurre en estos ruidos (recordemos, sin ir más lejos, a Gould o Celibidache).
La primera de las Rapsodias op. 79 de Brahms ya fue inmediata prueba de lo apuntado. Agitada, dotada de excelente rubato, con una sección central admirablemente cantada, la lectura del pianista francés de una música de escritura tan vertical pero llena de apasionadas efusiones y contrastes, fue estupenda, con un muy logrado dibujo de la sección molto dolce espressivo y una admirable claridad en las voces, con la voz intermedia, en la que Brahms guarda siempre tantas cosas que deben ser destacadas, muy adecuadamente expuesta.
Sin solución de continuidad afrontó el duodécimo y último de los Estudios de ejecución trascendental de Liszt. Escuchando la endemoniada dificultad de la pieza en su versión final, resuelta con pasmosa facilidad por Kantorow, uno tiende a solidarizarse con Schumann al considerar la versión previa como imposible de ser traducida con corrección por alguien que no fuera el propio Liszt. Pero Kantorow pareció aplicar el consejo que Carlos Kleiber le dio a aquella mujer que aspiraba (infructuosamente, porque Kleiber no impartía clases) a recibir clases de dirección: “Si tiene usted una buena técnica, puede olvidarse de la técnica”. La de Kantorow es, para qué vamos a andar con rodeos, superlativa. Así que… en efecto, se olvida de ella, y hace muy bien. Porque eso le permite recrear las emociones, y convertir este estudio, Chasse-neige, en esa mezcla, en muchos momentos espeluznante, de efusión poética y oscuro dramatismo, éste adecuadamente resaltado por unos dibujos fulgurantes de una mano izquierda que articulaba las notas con una levedad tan asombrosa como la felina agilidad con que lo hacían. La demostración palpable de que un escalofrío ante lo tenebroso viene muchas veces más de una intencionada bruma que de un contundente ataque. Contundencia que, por cierto, también hubo, y de enorme impacto. Cuando desde esa tiniebla, como en la quasi cadenza de este estudio, se genera un crescendo tan amplio e intenso como el producido por Kantorow anoche, el efecto es, simplemente, sobrecogedor, y convierte un estudio o ejercicio endemoniado en una música que pone los pelos de punta.
Algo que podría bien aplicarse al fragmento escogido de los Años de peregrinación. Si en su debut escuchamos el Soneto 104 de Petrarca y la Fantasía-Sonata “Dante”, esta vez el joven francés volvió sus ojos a Suiza para ofrecer una de las más bellas piezas del ciclo, el Valle de Obermann, inspirada en la novela “Obermann” del también francés Étienne Pivert de Senancour. Pero no es sin duda casual que Liszt anotara unos versos del canto III del poema Las peregrinaciones de Childe Harold, de Lord Byron. Con perdón por la autocita de mis propias notas, tales versos ya orientan sobre una música que nos lleva desde una suerte de melancólica y anhelante poesía hacia una efusión fuertemente apasionada y, en fin, a una aspiración distinta, urgente, con rotundos pasajes de bravura. Y eso fue lo que justamente llegó desde las manos de Kantorow. Admirable la delicada y otoñal nostalgia del comienzo, emocionante la mezcla de misterio y melancolía, dejando hablar sin cortapisa a unos silencios que en su generosa duración resultaron de una elocuencia incomparable. La adelgazada levedad de momentos como el pp dolcissimo, en la sección en la que Liszt demanda Un poco di moto ma sempre lento fue, lisa y llanamente, sublime. Resultó también estremecedor el tenebroso inicio del recitativo, y de tremendo impacto el rotundo Presto posterior. La música nos llevó constantemente de la nostalgia a la trágica trepidación de unas escalas de octavas de demoledor impacto. Una interpretación magnífica para una música de las más emocionantes salidas de la pluma del húngaro.
Aguardaba aún en la primera parte otro complejísimo tour de force, porque no otra cosa es la también endemoniada Rapsodia op. 1 de Bartók. Endiablada no solo por su temible dificultad técnica, que la tiene (aunque ya hemos visto que eso está muy lejos de intimidar al joven francés), sino porque el discurso, en este caso, es intrincado y no fácil de desentrañar. Los cambios de tempo son continuos, y no es sencillo conseguir el equilibrio entre la flexibilidad requerida y la fluidez necesaria. Ese continuo juego de aceleraciones y retenciones corre el peligro doble de terminar en un discurso entrecortado o, por el contrario, atropellado. Pero sí se da con el punto en el que hay la dosis justa de fantasía, el punto en el que el discurso llega con la intriga de lo imprevisible pero sin entrecortar, el impacto sobre el oyente es indiscutible. Y Kantorow, otra vez, dio en el clavo, trazando con acierto el tránsito desde la calma del inicio, con sus ramalazos de misterio, hasta la épica trepidación de los pasajes de mayor bravura y agitación, en los que el ímpetu rítmico lo inunda todo con un torrente de energía de singular encanto. Admirable su manejo del rubato, tremenda la energía del Molto vivace y contagioso el ímpetu del Presto, con su indisimulable sabor zíngaro. Formidable cierre para la primera parte.
Tras el descanso, la Primera Sonata de Rachmaninov. Decía de ella el propio autor que “Nadie tocará nunca esta obra debido a su dificultad y longitud, y quizás también -y ésta es la razón principal- debido a sus dudosos méritos musicales”. Ciertamente, Rachmaninov no estaba nada seguro sobre esta obra, y por eso la revisó y hasta pidió sugerencias para recortarla. Desde luego, para quien esto firma, está lejos del mejor Rachmaninov. Aunque sí está, otra vez, en un programa que no ahorraba escollos, erizada de dificultades. Rachmaninov, sin dificultades, no sería Rachmaninov. Kantorow lució, como no podía ser de otra forma, sus enormes medios y poderío en esta obra sumamente aparatosa (especialmente en el movimiento final), cuyo tramo final resultó realmente apabullante. Sacó, creo, todo el partido que se le puede sacar a esta partitura. Pero tras las más intensas emociones despertadas por Brahms, Bartók y, sobre todo, Liszt, este despliegue del ruso no tuvo, al menos en quien esto firma, el mismo impacto.
Quedaba otro ejercicio-estudio. El compuesto por Brahms sobre la famosa Chacona de la Partita BWV 1004 para violín de Bach, que tuvo la diabólica idea de llevar la ejecución de la partitura solo para la mano izquierda. Cualquiera que haya tentado otras transcripciones de la obra (no hablo ya de la de Busoni, también aparatosa (y admirablemente interpretada por Grimaud hace unos meses en Madrid), sino de las más cercanas a lo históricamente informado, como las de Leonhardt o Lars Ulrik Mortensen) sabrá que ya es un reto no despreciable interpretar esta música a dos manos. No quiero ni contarles lo que es hacerlo solo con la izquierda. Pero, naturalmente, esto para Kantorow parece coser y cantar. Así que el francés, una vez más, dejó atrás la cosa técnica y se dedicó a sacar todo el partido a una música que está (demos o no crédito a la famosa tesis de Helga Thoene de que se trata de un tombeau por la muerte de la primera esposa del Cantor, Maria Barbara) entre las de más encendido dramatismo de cuantas salieron de su pluma. Lo hizo, claro está, desde parámetros del piano romántico (el lenguaje que hablaba Brahms, que fue el que la llevó allí). Y lo hizo utilizando todos los matices, gradaciones dinámicas, contrastes, inflexiones y juego de pedal que el piano moderno permite. Y construyó una interpretación mecánicamente prodigiosa y expresivamente emocionante, algo que no puede sorprender, porque estos pentagramas bachianos son tan agradecidos para generar emoción como ingratos parecían los de la sonata de Rachmaninov comentada. Que Kantorow consiguió un clima de expectante tensión como pocas veces lo demuestra el que, sin apartar las manos del teclado, aguardo unos cuantos segundos al finalizar, antes de los saludos, sin que, raro acontecimiento, prorrumpiera el aplaudidor importuno, clásico rompedor de momentos mágicos.
El éxito, con un público entusiasmado que llenó hasta arriba la sala de cámara del auditorio, fue, como cabía esperar, clamoroso. Y pese a lo agotador del programa (eran las 21:45 cuando terminó la Chacona), el incombustible Kantorow tuvo aún energía para regalar el arreglo lisztiano de la Muerte de Isolda del Tristán wagneriano, una de las más conseguidas transcripciones del húngaro, que llevó de manera asombrosa la magia de ese aliento último de Isolda y de la soberbia música orquestal en que se apoya, en un juego de magistral ambición sonora. Lució Kantorow otra vez todas sus virtudes. No fue la menor una facilidad asombrosa para unos trémolos de vertiginosa rapidez, pero, al fin, lo que nos ganó fue otra vez su capacidad para generar la más intensa emoción en uno de los éxtasis más hermosos de la historia de la música. Un recital, sin duda, espectacular.
Rafael Ortega Basagoiti
(foto: Martin Raphaël Martiq)


