MADRID / Alondra de la Parra: tres eslavos y un enorme violinista

Madrid. Auditorio Nacional. 13-I-2025. Temporada de la ORCAM. El violín de Braunstein. Guy Braunstein, violón. Orquesta de la Comunidad de Madrid. Alondra de la Parra, dirección musical. Obras de Grażyna Bacewicz, Antonín Dvořák y Nikolai Rimski-Kórsakov.
Tres compositores eslavos juntos. El paneslavismo fue el producto de la propaganda rusa, del chauvinismo ruso y de la desolación de los eslavos dominados por el Imperio austriaco. Siempre faltaron los polacos, presentes en este concierto por una excelente compositora que merecería más presencia en nuestros conciertos, Grażyna Bacewicz, que compuso hermosa música de cámara, sinfónico e incluso una ópera radiofónica, Las aventuras del rey Arturo. Los polacos sufrieron esa cárcel de pueblos llamada Rusia, no estaban para bromas paneslavas. Y no es Rimski el mayor chauvin de la cultura rusa del XIX; él mismo compuso una ópera filo-polaca, Pan Vovievoda, una de las menos conocidas de las quince que terminó. Dvořák era checo, y los checos sí se tragaron el anzuelo paneslavista: la liberación vendría de Rusia, ¿no es para ponerte los pelos punta? Alfons Mucha y Leos Janáček fueron de los muchos que tragaron ese anzuelo. Checos y eslovacos se curaron de ese mal con la posterior ocupación de hecho durante cuarenta años. No importa ahora, en este programa están juntos.
Ver a Alondra de la Parra ante el público y la orquesta, con su bello atuendo, me recuerda otra eslava, la compositora y directora de orquesta Vitka Krapaálová, que solo vivió veinticinco años (1915-1940). Su foto como directora de orquesta me parece antecedente de Alondra. No me hagan caso del todo, así introduzco una eslava más. La Orquesta de la Comunidad de Madrid, Alondra de la Parra y el virtuoso Guy Brunstein nos dieron un hermoso concierto. Además, parece que la ORCAM logra conquistar más público. Buena noticia, si se mantiene y se incrementa.
La Obertura de Bacewicz parece conducirnos a un scherzo, acaso con dos tríos, pero es otra cosa, hay un tema tras otro, más con transición súbita (no abrupta) que con modulación de uno a otro. Así presentaba la directora su capacidad de transitar hacia el crecimiento y el forte. La Fantasía Rusalka es más bien fantasía sobre la música del primer acto, con sonoridades reconocibles: el fondo del río, la danza de las hermanas, el Vodník, Jezibaba… y, desde luego, la canción a la luna, que se hace esperar pero que se apodera del finale. Un final, en este caso, algo abrupto, repentino. Es un concierto para violín preparado por el propio Guy Braunstein; es un poema sinfónico en tiempos en que eso no se lleva pero que, visto así, se agradece. Braunstein es bien conocido del público español, y en Galicia trabajó bastante como músico y como organizador. Aquí dio muestra de su arte como solista y autor de un hermoso arreglo; él cantaba a la luna, él redefinía el lecho del río, él danzaba con las hermanas… Pero la definición del paisaje sonoro fue de Alondra de la Parra. Braunstein recibió muchas ovaciones; tenía previstas dos propinas muy bellas, un pasaje de El lago de los cisnes, para violín y orquesta (de nuevo, con el conjunto y con De la Parra) y un Kreisler, no me pregunten cuál.
Braunstein siguió en Scheherazade como concertino, suya era la voz de Scheherazade, o mejor dicho, el tema asociado a la contadora de cuentos que calla discretamente cuando apunta la amanecida. Compensa mucho esta partitura a los intérpretes, sirve siempre al éxito de la velada, aunque tiene el peligro del embarullamiento en determinados momentos, como el finale. Y aquí no se capeó del todo este peligroso astado. Pero el navío luchó contra las olas, como es debido; y, como es debido, se estrelló contra roca. No nos podemos quejar del todo. La lectura fue ágil, con ese ímpetu que la directora enseña como si no hubiera debajo (y lo hay) una solidez profesional de primer orden. Es cierto que en momentos de transición o de relato sosegado la línea corría peligro de caer, pero Alondra lo remontaba con los habituales crecimientos que brinda esta partitura en cuanto e tempi y dinámicas. Fue un bello concierto en el que no faltó de nada, incluidos los públicos neófitos que aplaudían a destiempo. No importa, así se forman los públicos. Tal vez una función de Alondra de la Parra y la Orquesta de la ORCAM sea ésa, formar públicos. Con conciertos como éste creo que se logra. Sigamos así, entonces…
Santiago Martín Bermúdez
(foto: David Mudarra)


