MADRID / Aimard, una poética fantasmagoría hilada con Kurtág

Madrid. Auditorio Nacional de Música. 21-IV-2026. Pierre-Laurent Aimard, piano. Obras de Kurtág, Schubert, Schoenberg, Webern y Mozart.
Con dirección de escena de Peter Mussbach, el Teatro de la Zarzuela acogió en el año 2010, en el marco del desaparecido ciclo Operadhoy, una producción de la ópera Neither, de Morton Feldman, en la que los espectadores se ubicaron en el escenario. Frente a ellos el vacío gigantesco de todos los asientos de coliseo en semioscuridad, sin nadie ocupándolos. Aquello era una propuesta dramatúrgica en la que se convertía a los asistentes en protagonistas-pensadores de la función. El concierto De cerca que Pierre-Laurent Aimard ofreció el pasado martes en la Sala Sinfónica del Auditorio Nacional de Música —en el contexto del ciclo Fronteras del Centro Nacional de Difusión Musical— tenía una ambición escenográfica más modesta pero también participó de las mismas coordenadas.
Solo había público en la escena, en las gradas laterales del escenario y en los asientos del coro. Todo el patio de butacas y el resto de la sala permanecía huérfana de público. Al igual que aquella recordada proposición teatral, también una luz tenue barnizó todo el deambular meditativo, un punto hierático, de Aimard entre un teclado y otro de entre los allí dispuestos. Al individualizar las piezas del ciclo Játékok del centenario György Kurtág es cuando estas adquieren un peso y un poso específico. Catálogo de brevedades que en su escucha íntegra puede fatigar por el acúmulo de ideas esbozadas y que, cuando se le presta atención puntualizada en unas obras y otras, estas desvelan toda su categoría y carga musical. Aimard recurrió a ellas para hilar un concierto que quería, a toda costa, evitar la grandilocuencia y dar protagonismo central a músicas que nunca la tienen. Como estos Juegos de Kurtág —brillante la Ligatura for Ligeti del Libro VII o la lacónica concisión de A flower for Nuria del libro VI— pero también como toda la música de Schubert que escuchamos, extraída de las colecciones de los Valses sentimentales Op. 50, de los Ländler D790, entre otras.

Con las greguerías de Schubert Aimard sonó, como preveíamos, canónico y más expositivo que implicado. Tampoco eran estas unas miniaturas que precisaran mayor emocionalidad. Con su carga melódica y su rítmica amable unas piezas se engarzaron con otras de manera ejemplar. Fue con las Variaciones para piano, op. 27 de Anton Webern cuando sucedió algo trascendental: una ejecución vívida, cargada de turbulencia interna sobre el teclado de un piano vertical que añadió una sonoridad roma, con la resonancia del propio mueble, forzando al límite al modesto instrumento. El segundo movimiento —Sehr schnell— propició una curiosa fantasmagoría al ser ejecutado sobre un piano de cola con un reproductor mecánico programado. No sería la única vez aquel dispositivo se activara para generar un hálito poético y permitir que Aimard siguiera transitando el escenario en busca de un nuevo teclado.
Con el Andante en Fa mayor, K 616 de Mozart —con sus aproximados siete minutos la obra más extensa del recital— se produjo otro de los momentos más poéticos y recogidos de la propuesta, interpretándolo Aimard sobre una celesta que impuso un ritmo delicado y moroso, para que no se afectase la claridad. En el otro extremo en cuanto a la severidad, las Seis pequeñas piezas para piano, op. 19 de Schoenberg fueron abordadas sobre un piano de cola con una concentración expresiva que se cortaba a cuchillo; genio de las dinámicas Aimard atomizó las fragmentarias texturas de una partitura mayúscula del periodo de libre atonalidad del compositor austríaco.
En la conclusión, tras un prolongadísimo silencio y con las últimas dos piezas de Kurtág tocadas sobre un piano escondido de la mirada del público anhelamos que todo hubiera quedado ahí, que el solista no sucumbiera a la reaparición para el aplauso. Que aquella última contemplación tenebrista del Auditorio vacío nos hubiera acompañado sin fracturar el encantamiento poético. No fue así, aunque también fue justo poder reconocerle a Aimard el empeño por querer contarnos esta historia así, de esta manera.
Ismael G. Cabral
(fotos: Rafa Marín)


