MADRID / Agustín González Acilu: homenaje a la integridad

Madrid. Sala Manuel de Falla de la SGAE. 22-XI-2023. Alberto Mariné, violín; Sebastián Mariné, piano. Obras de González Acilu y Gómez Galiano.
El pasado 15 de agosto fallecía en Madrid un gran compositor, Agustín González Acilu (1929-2023), y el Festival de música Contemporánea de Madrid COMA 23 ha tenido el acierto de dedicarle un homenaje muy merecido. González Acilu fue un hombre de una gran probidad artística, el artífice de una creación sonora de investigación, capaz de encontrar nuevos lenguajes y extraer de ellos una línea evolutiva propia independiente del gusto de unos o de otros. Quizá eso le costó un menor reconocimiento, aunque nunca le faltó el aprecio de los compañeros de profesión. Su música es austera y honda, sin permitirse nada que no fuera esencial y excluyendo el adorno superficial. Él hubiera podido firmar como nadie el ensayo Ornamento y delito de Adolf Loos. Fue un ejemplo de ética artística que no siempre se da, ni en música ni en otras artes. Un ejemplo de integridad.
El homenaje comprendía principalmente obras para piano y hacía falta para ello una figura muy especial. Lo fue Sebastián Mariné, que es un compositor excelente, un profesor de talento y un apreciable director de orquesta, pero, sobre todo, un enorme pianista dotado de una técnica esplendida, lector infalible y capaz de adaptarse a los más variados estilos. Aquí dio toda una lección de piano que hizo lucir las obras en su justa medida. Muy pocos hubieran podido abordar algo semejante.
Los Cuadernos pianísticos de González Acilu son seis y datan de 1985 en el periodo central de su madurez creativa. Mariné tuvo la feliz idea de tocarlos todos en alternancia con el resto de las obras. Son en total veintitrés piezas breves de un gran rigor, muy variadas y dotadas cada una de personalidad propia. Entre ellas se escucharon otras piezas, como el Impromptu (1995), conciso y encantador, y dos piezas de sus comienzos Rasgos (1970), que surge de las cenizas de los lenguajes postdarmstadtianos, y la importante Presencias (1987) que reepsenta un particular encaje entre ese tipo de vanguardia y las estéticas postmodernas. Siempre llamó la atención su final, que incorpora la manifestación del público (él no dice “aplausos” en la partitura) antes de terminar de manera contundente.
También se tocaron dos piezas para violín y piano, en las que intervino Alberto Mariné como violinista. La primera era Ejercicio (1981), una pieza didáctica que llega mucho más allá de esa función, y el estreno absoluto del Dúo para violín y piano que, escrito en 1995, no se había tocado jamás pese a ser una obra de gran factura formal, auténtica novedad de lenguaje, y efecto muy directo por la medida equilibrada de su estructura. Una obra para recordar.
Un programa importante, necesario y de gran música. Sebastián Mariné fue contextualizando cada una de las obras y también leyó un interesante texto de Víctor Pliego sobre el compositor. Se recitó un poema de Juan Pagán dedicado a la muerte de González Acilu y se estrenó, en medio del programa, Frente al mar, una pieza pianística de Juan Gómez Galiano (1979) escrita en honor del compositor homenajeado. Pero está claro que había dos grandes protagonistas, Sebastián Mariné, capaz de poner en pie magistralmente un programa así, cosa que no está al alcance de cualquiera, y Agustín González Acilu con su rotunda obra de compositor de primera magnitud y su ejemplo de integridad artística.
Tomás Marco
(foto: Juan Vicente Juliá)


