MADRID / ’18 Ciervas’: la música de Sira Hernández se fusiona con la poesía de Rosana Acquaroni

Madrid. Teatro de la Zarzuela. 16-VI-26. Poemas: Rosana Acquaroni. Compositora y pianista: Sira Hernández. Danza y coreografía: Olga Pericet. Actriz: Olivia Molina. Dirección escénica: Janet Novás. Iluminación: Olga García. 18 Ciervas.
18 Ciervas supone una vuelta de tuerca en la fusión entre música, poesía y danza que la pianista y compositora Sira Hérnandez viene cultivando desde hace tiempo. Este nuevo proyecto se basa en la homónima colección de la poetisa Rosana Acquaroni, textos que a través de la metáfora de la cierva describen un recorrido de amor y desamor, donde el laberinto de emociones sofocadas, recuerdos amargos y culpabilidades desemboca, pese a todo, en la posibilidad de un renacimiento.
Con su amplio abanico de registros (cotidiano, atávico, simbólico), los poemas de 18 Ciervas vertebran un espectáculo que se configura como un viaje interior. La música de Sira Hernández no busca ilustrar los poemas: aunque no faltan correspondencias puntuales entre figuras sonoras y poéticas, la música se encarga más bien de arropar a los textos, dialogar con ellos y encauzarlos en un flujo en el que la variedad de las soluciones desplegadas traza un arco orgánico y continuo. Música que, como toda la de Sira Hernández, encuentra su expresión propia tanto en el sonido como en el silencio, tanto en la ternura de un giro tonal como en el desamparo de un cromatismo desestabilizador.
Los poemas de Acquaroni no son musicalizados a través del canto, sino que son recitados —de manera admirable— por la actriz Olivia Molina según unas coordenadas interpretativas que evolucionan desde el distanciamiento inicial (al que corresponde cierto estatismo en el escenario) hacia una progresiva identificación con los textos, acompañada por una mayor movilidad en el escenario que la lleva a compartir taburete con la pianista o a interactuar con la bailaora Olga Pericet.
Pericet es la tercera pata de este proyecto. Su danza, que resignifica la sintaxis flamenca desde nuevas instancias, se integra especialmente bien dentro de esta propuesta al aportar un tono visceral y telúrico, que añade una intensa plasticidad a las vivencias evocadas en los versos y en la música. Además, sus taconeos y sus castañuelas introducen una ulterior capa sonora que interacciona con el piano de Sira Hernández.
El mayor hallazgo de 18 Ciervas consiste posiblemente en la integración orgánica de todos sus elementos, cuya geometría variable ilumina la naturaleza evolutiva y emocional de este viaje poético, sin que ningún componente prevalezca sobre los demás. Parte de este mérito se debe también a la dirección escénica de Janet Novás y a la iluminación de Olga García. Si no fuera porque el término es hoy en día objeto de malentendidos e incomprensiones, podríamos afirmar que 18 Ciervas es una propuesta que irradia en todo momento una profunda feminidad: una feminidad ora herida, ora orgullosa de sí misma, ora salvaje, ora compuesta, pero siempre alejada de idealizaciones y tópicos.
Con 18 Ciervas, Sira Hernández firma uno de sus proyectos más ambiciosos y redondos. Ojalá tenga recorrido en más escenarios.
Stefano Russomanno
(fotos: Gemma Escribano)


