LUGO / El Mozart intenso y luminoso de Roberto González-Monjas y la OSG

Lugo. Sociedad Filarmónica. 6-VI-2025. Orquesta Sinfónica de Galicia. Violín y director. Roberto González-Monjas. Obras de Mozart.
Al terminar en Lugo la segunda sesión —la primera fue en Ourense el día 5— con la que Roberto González-Monjas completaba su versión de los conciertos para violín y orquesta de Mozart con Cuarto, Quinto y Rondó K373, este crítico se lamentaba muy mucho internamente por no haber podido estar en esa parada inicial y haberles contado a ustedes la aventura completa. Las voces de fiar que me advirtieron que, a la vista de lo sucedido en la ciudad de As Burgas, lo de Lugo sería igualmente memorable tenían toda la razón. Pero lo que no pudo ser no pudo ser y, además, era imposible. Adelante, pues.
El actual titular de la Sinfónica de Galicia —y del Musikkollegium Winterthur y de la Orquesta del Mozarteum de Salzburgo— es, además de un magnífico director de orquesta —ha debutado esta temporada con Baltimore, Oslo y París y la que viene le esperan en Los Ángeles y Bamberg entre otras plazas, incluida Madrid con la ONE—, un violinista de altísima categoría, no en vano concertino con Antonio Pappano durante unos cuantos años en la Orquesta de la Academia de Santa Cecilia. De otra parte, el maestro vallisoletano se ha sumergido muy especialmente en los últimos meses en la música de Mozart. Con Winterthur ha grabado para Claves, con admirables resultados sus tres últimas sinfonías y con su orquesta salzburguesa (DG) un álbum de arias con Andrè Schuen y una elegida compañía en la que figura, por ejemplo, Nikola Hillebrand y que estará disponible en plataformas a partir del 5 de julio, así como esta misma integral de los conciertos para violín con la formación austriaca para Berlin Classics y que aparecerá en enero de 2026.
En Lugo quedó bien claro que esa inmersión ha sido positiva no ya para el músico sino igualmente para sus oyentes, pues si aquel acertó de pleno a la hora de colocar esta música en estilo, este quedó subyugado por la mezcla de inteligencia y competencia técnica que mostró González-Monjas. Empezando, decíamos, por el estilo, pues el Mozart que escuchamos trasciende esa colocación de manual en el llamado galante. Claro que está ahí, pero igualmente mira a un pasado todavía actuante en el compositor —recordemos su relación con Sanmartini— mientras su expresividad, bien entendida, remonta sin duda las convenciones propias del caso. González-Monjas jugó ambas cartas con maestría, mostrando su asimilación de lo mejor que va dejando el rastro del historicismo pero sin extremarlo —vibrato controlado en las cuerdas, tempi naturales, ataques enérgicos pero no agresivos—, de manera que sus versiones fueron luminosas e intensas, equilibradas en cuanto al volumen sonoro —excelente sala la del Círculo de las Artes lucense, que no se llenó (y luego nos quejamos)— y lo que llamaríamos los afectos, dejando respirar a la música y a quienes la reciben, con una sinfónica de Galicia bien medida en cuanto al orgánico utilizado, con una cuerda que supo ser densa y aérea cuando era debido y estupendas parejas de trompas y oboes. Si cabe destacar algún episodio a partir de semejante nivel quizá ese sería el Rondeau del Concierto nº 5.
Una muy inteligente decisión de González-Monjas, fue, a la vista de que Mozart no escribió las cadenze de sus conciertos, utilizar las suyas propias, evidentemente con pasajes que remiten a las más conocidas —o, por decirlo mejor, a las que utilizan los solistas de referencia— y con un admirable sentido de la medida en lo que corresponde al balance entre virtuosismo, hondura en lo que cabe cuando hay tal luminosidad por medio y el uso de esas ornamentaciones que también —y tan bien— definen la personalidad de un solista. Una personalidad que aquí se asienta, como decíamos, en una técnica impoluta y, a mayores, en el sonido de un instrumento como el suyo, un Guarneri —“filius Andreae”— de 1710 prestado por cinco familias de Winterthur y la Fundación Rychenberg —igualito que entre nosotros eso del mecenazgo.
Una vez más, a la vista de cómo parecen andar las cosas, hay que insistir, después de un concierto como este, en la necesidad imperiosa de estabilizar de una vez por todas la vida de esta gran orquesta que ha sabido elegir para sí misma un titular que triunfa por el mundo adelante y que va a hacerla crecer: el relevo perfecto tras el trabajo de Dima Slobodeniouk. Dirán mis improbables lectores que a qué viene terminar una crítica con esto. Bueno pues a que parece que todavía no nos damos cuenta de lo que una orquesta sinfónica —y lo que irradia en forma de educación— representa para una comunidad, y más cuando las dos son de semejante calibre. Estar a verlas venir puede ser, a estas alturas, un delito de lesa cultura.
Luis Suñén
Foto: Pablo Sánchez Quinteiro


