LUCERNA / Una ardiente despedida

LUCERNA / Una ardiente despedida

Lucerna. KKL Konzertsaal. 6-IX-2019. Emanuel Ax, piano. Wiener Philharmoniker. Director: Bernard Haitink. Obras de Beethoven y Bruckner.

La culminación del finale surge como de una neblina sonora. Enseguida se despliega el primer tema del último movimiento, hasta que el tema principal del movimiento inicial corona la cíclica obra. Un breve y conciso movimiento de la mano y de pronto esta Séptima sinfonía de Anton Bruckner se desvanece. Un silencio absoluto reina durante largos segundos en la KKL-Saal de Lucerna, hasta que por fin el público estalla. Las ovaciones parecen no querer cesar. Bernard Haitink se ha subido muchas veces a ese podio empuñando su batuta; a sus noventa años, lo acaba de hacer por última vez.

Al final, Haitink es conducido fuera del escenario por su mujer, Patricia. Un gran maestro se va, y el momento se antoja histórico. Para su despedida como director, Haitink había elegido una obra concreta y un lugar concreto: la Séptima de Bruckner en el marco del Festival de Lucerna. Aquí, junto al Lago de los Cuatro Cantones, el director tiene una casa con una pequeña sala de conciertos, y su vinculación con el festival ha sido muy estrecha desde 1966.

Es sabido que las sinfonías de Bruckner han sido siempre una especialidad del maestro holandés. Trabajó mucho el ciclo en su primera etapa con la Orquesta del Concertgebouw de Ámsterdam en la década de los sesenta, culminando con una legendaria grabación de la integral. Con Bruckner ha cerrado también una colaboración histórica: para su concierto de despedida, Haitink no ha elegido a la Concertgebouw, sino a la Filarmónica de Viena. Lo que queda es un Bruckner desprovisto de hueco y enfermizo patetismo, y por ello más ardiente y fogoso.

Ya en la elección del tempo al comienzo de la sinfonía se advierte la vital depuración de pretendidas trascendencias. A menudo esta frase se expone con excesiva lentitud; Haitink, por el contrario, sigue estrictamente la indicación de Allegro moderato. Esa fluidez compromete no sólo la arquitectura del movimiento inicial sino la de toda la obra. “No santifiquéis a Bruckner, pues también él era nada más que un hombre”. Así lo dijo Haitink en 2012, en un curso para jóvenes directores durante el Festival de Pascua de Lucerna, en el cual se estudió esta sinfonía.

Estas palabras son el credo de Haitink. De hecho, fue Haitink uno de los primeros, después de la segunda guerra mundial y el terrible uso que hicieron los nazis de la música de Bruckner, en intentar despojarla de ese excluyente purismo. Con ello se distanciaba del ‘descubrimiento de la lentitud’ de Sergiu Celibidache, así como de la densa rudeza de Günther Wand. Haitink optó por liberar un gran caudal expresivo a través de una absoluta reducción de los medios.

Haitink no teme los sonidos suaves, lo que hace que los clímax sean mucho más dramáticos y efectivos. Su indagación espiritual no es en absoluto fría ni distante, como tantas veces se ha dicho, sino de una gran potencia emocional. Jamás suena ostentoso, vanamente patético ni lacrimógeno. Su interpretación es en todo momento auténtica y, en el mejor sentido de la palabra, veraz.

La orquesta lo sigue, comiendo literalmente de su mano, sin la menor presión ni el mínimo gesto autoritario. Cómo lo consigue, sigue siendo un misterio. Él mismo lo ha formulado con estas palabras: “Dirigir es un enigma”. Es este precisamente el título de un nuevo libro sobre el director, escrito por Peter Hagmann y Erich Singer, que acaba de aparecer en la editorial Bärenreiter Henschel con ocasión del concierto de despedida. Se trata de un texto de interesantísima lectura que esboza la trayectoria de Haitink a través de una serie de esclarecedores ensayos y entrevistas.

“Mi trabajo como director es ordenar el aire”, afirmó Haitink en cierta ocasión. Pero sus interpretaciones demuestran que no es un mero “ordenador de aire”. Trabaja las obras a fondo, sin pretender imponer sobre ellas su propia personalidad, buscando siempre la intenciones originales del compositor. En los años noventa fue apareciendo la nueva edición crítica de Beethoven debida a Johann Del Mar. La serie beethoveniana de Haitink en 2005 con la Sinfónica de Londres acrecentó esa visión crítica, llevándola a la práctica.

Algunos años más tarde, en Lucerna, los tempi fueron revisados. Resulta en consecuencia lógico que Haitink eligiera a Beethoven para la primera parte de su concierto de despedida con los vieneses, en concreto el cuarto concierto para piano, con Emanuel Ax como solista. Los resultados fueron probablemente más ligeros que los que se habrían obtenido con el inicialmente previsto Murray Perahia. Lo que quedará es una gran Séptima de Bruckner como poderosa declaración final para los afortunados que pudimos compartirla.