Los renacimientos de “Lenny” Dudamel

El director venezolano cambia de costa para hacerse cargo de la Filarmónica de Nueva York, un proyecto con tanta historia como interrogantes
Esa-Pekka Salonen lo ha contado ya en varias ocasiones. En 2004 formaba parte del jurado de la primera edición del Concurso Mahler de Dirección de Orquesta que se celebraba en Bamberg, auspiciado por Marina Mahler, la nieta del compositor. En ese jurado estaba Ernest Fleischmann, consultor y antiguo gerente de la Filarmónica de Los Ángeles, además de otros grandes nombres de la dirección, la gestión o la composición, como Jonathan Nott, Magnus Lindberg o Serge Dorny. Salonen llegó avanzada la ronda, en semifinales, y ya estaba en marcha el rumor de estar asistiendo a algo extraordinario. La edad tope del concurso era 35 años, y a Gustavo Dudamel le faltaba más de una década para acercarse al límite. Nunca había dirigido una orquesta conformada íntegramente por profesionales ni se había enfrentado a las dificultades de la gestión de egos que requiere el trabajo con un grupo orquestal de ese calibre.
Pero lo importante sucedió en las butacas: mientras Dudamel dirigía la Quinta sinfonía de Mahler, Salonen miró a Fleischmann y ambos supieron que habían encontrado al sustituto de perfecto de Salonen en la orquesta angelina cuando llegase el momento. La llamada a Deborah Borda, la gerente de la institución en ese momento, fue inmediata, y poco después Dudamel recibía una invitación para dirigir por primera vez a la LA Phil en el Hollywood Bowl, en septiembre del año siguiente. El programa no era acomodaticio: La noche de los mayas de Silvestre Revueltas para la primera parte y la Quinta sinfonía de Chaikovski para la segunda. O, dicho de forma conceptual, la reivindicación de lo desconocido para empezar, y el hombre como dueño de su propio destino después. Las críticas de aquel 13 de septiembre de 2005 hablaron de un director entusiasta pero férreo en su control, capaz de no distraerse ni por el ruido de las alarmas de los coches ni por el olor de los cheetos del público.
El aterrizaje de Dudamel en LA Phil en 2009 se hizo a lo grande, con la ciudad inundada de carteles con la leyenda: “¡Bienvenido, Gustavo!”
En cualquier caso, no sería hasta algo después cuando Deborah Borda le ofrecería la dirección artística y musical de la orquesta, y no fue por la manera en la que dirigió a la LA Phil: le escuchó ensayando la Quinta de Mahler con la Filarmonica della Scala, construyendo un sonido repleto del espíritu vienés de principios del XX y con sus profusiones de música klezmer. Allí pensó que, si Italia podía sonar como Alemania, entonces Los Ángeles podrían sonar como Viena. En 2006 fue designado director titular de la agrupación angelina a partir de 2009. Ya había firmado en exclusiva con el sello Deutsche Grammophon. Meses después, la segunda edición del Concurso Mahler de Dirección de Orquesta declaró desierto su primer premio.
Hacer las Américas
Yendo un poco para atrás, el cambio en apenas una década es asombroso. De Gustavo Adolfo, niño rizado natural de Barquisimeto, que no fue trombonista como su padre porque no le daban los brazos; que inventaba timbales con cuatro latas giradas; que se metió a violinista por pasar más tiempo con sus amigos… pasamos al Maestro Dudamel, amigo íntimo de Steven Spielberg, valedor de la música de fanfarria mítica de John Williams, inspiración y cameo de Mozart in the Jungle y defensor de los niños de los suburbios de East L.A.
De aquellos años de formación en el Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela (“El Sistema”), creado por José Antonio Abreu en 1975, sacó la formación técnica y la certeza de que a través de la música podía construirse una identidad que nos salvaguardara de nosotros mismos. Un día, antes de empezar un ensayo, falló el maestro y Dudamel se puso delante de sus compañeros para no perder el tiempo de trabajo. Cuando se marchó al concurso de Bamberg, llevaba un ejemplar de Las confesiones de Rousseau y otro de Así habló Zaratustra de Nietzsche. Tras el concurso, su primera decisión ejecutiva cuando entró al frente de la Orquesta Sinfónica de Gotemburgo en 2007 fue replicar “El Sistema” en Suecia, sumando al programa a más de 10.000 niños.

El aterrizaje de Dudamel en LA Phil en 2009 se hizo a lo grande, con la ciudad inundada de carteles con la leyenda: “¡Bienvenido, Gustavo!” y un concierto inaugural con la Titán de Mahler y una première de John Adams que evocaba el propio espíritu e historia cinematográfica de Los Ángeles, City Noir. A partir de ahí, su trabajo se ha centrado en vender la idea de que los conciertos de su orquesta no son entretenimiento elitista, sino una manifestación artística comunitaria. La institución ha ido ganando reputación por su obsesión por conectar con la comunidad y hacer que la sintieran su embajadora. Durante estos años el director venezolano no ha parado de repetir aquel lema heredado de Abreu: “El arte es la identidad de una ciudad”. Ya no se trata de cómo suena la orquesta, sino de los alrededores, desde el programa de educación infantil (el YOLA, con más de 1.700 niños involucrados) hasta la creación de festivales de intercambio cultural. Ya no es solo una cuestión de talento: para cuando fue nombrado director musical de la Ópera de París, en abril de 2021, hacía dos años que había descubierto su propia estrella en el Hall of Fame de Hollywood.
“Nos sobran los motivos”
El fichaje de Dudamel es un movimiento agresivo, pero motivos no faltan. Para empezar, hay un claro intento de escalar puestos en la jerarquía orquestal estadounidense y recuperar su lugar histórico. La NY Phil, además de ser la orquesta más antigua de Estados Unidos, había sido la cabeza de lanza de las denominadas Big Three a finales de los 40 y de las Big Five a finales de los 50. Pero en los últimos años se ha generalizado una sensación de cierta decadencia. En 2008, la revista Gramophone la situaba en el puesto número 12 del mundo, cuatro por detrás de Los Ángeles. Mientras que Dudamel hacía escalar puestos a la orquesta angelina, la dirección de Jaap Van Zweden parece haber estancado a la agrupación de la Costa Este, que hoy es situada por los críticos norteamericanos en la parte baja de un hipotético Top 10, con mucho más peso histórico que real.
También había una necesidad de contrarrestar la sensación de envejecimiento de la institución. En un primer momento se creyó que era cuestión de lo que sonaba en los atriles, y no de quién lo hacía sonar. Los repertorios se fueron haciendo más arriesgados con la presencia de músicas contemporáneas. La temporada 21/22 cerraba habiendo escuchado obras de Hannah Kendall, Sarah Kirkland Snider, Nico Muhly, Nina Shekhar, Gregory Spears, Joel Thompson o Joan Tower. Pero no resultó, y la mirada pasó del atril al podio. Descartadas las vacas sagradas europeas para sustituir a Van Zweden —apenas mostraron interés—, la búsqueda recayó en perfiles de talento pero que además sumaran una segunda lectura, ya fuera en clave de edad (Santtu-Matias Rouvali y Klaus Mäkelä) o de género (Susanna Mälkki y Nathalie Stutzmann). La lista se fue alargando, aunque la apuesta final ha buscado un camino intermedio: juventud moderada con grandes dosis de entusiasmo.
En un artículo en el New York Times se habla de Dudamel como un agente catalizador del fervor popular, capaz de recalibrar aquel glamour populista y generador de entusiasmos de Leonard Bernstein
Otra de las claves de la designación de Dudamel es su facilidad para construir puentes imposibles, algo que ya ha probado sobradamente en la última década y que se antoja necesario en una ciudad como Nueva York. La idea es tender esos puentes con el mundo latino, con la industria cinematográfica, con la música popular o con las clases desfavorecidas. Para hacerlo de forma efectiva se necesita alguien que tenga un relato, y Dudamel lo tiene: proviene de un entorno de dificultad, y esa narrativa de la superación es una oportunidad que las instituciones norteamericanas no van a desaprovechar. También ayuda el hecho de que la gerente de la NY Phil sea, de nuevo, Deborah Borda, quien le fichara para Los Ángeles tras el concurso.
Pero está el último factor, y tal vez el de mayor peso en el imaginario popular: Leonard Bernstein. Las orfandades de orgullo son complicadas de soportar para una ciudad como Nueva York, que sigue añorando no solo a Bernstein sino al espacio de funambulista que sabía llenar el director dentro y fuera de la ciudad. “Lenny” era a la música lo que Paul Auster a la literatura o, antiguamente, Woody Allen al cine: hijos predilectos del espíritu neoyorquino. El crítico Zachary Woolfe publicaba hace unos días un artículo en el New York Times titulado Will Gustavo Dudamel Be New York’s New Bernstein? En el artículo se habla del director venezolano como un agente catalizador del fervor popular, capaz de recalibrar aquel glamour populista y generador de entusiasmos de Leonard Bernstein. ¿Habrá que iniciar los trámites para cambiar el nombre de pila a Dudamel? El significado de ambos nombres da alas a la esperanza: Gustavo significa ‘huésped de la gloria’, mientras que Leonardo significa ‘intrépido como un león’. Bienvenidos a la era de “Lenny” Dudamel. ¶
Mario Muñoz Carrasco
La dictadura de la acústica
En realidad, la Filarmónica de Nueva York nunca llevó bien abandonar el Carnegie Hall. Desde su traslado en 1962 al Philharmonic Hall del Lincoln Center, el sonido nunca ha conseguido superar la frontera de lo razonable. Pareciera una especie de justicia poética: la barriada de San Juan Hill fue derruida para hacer sitio al complejo. Sucesivos intentos de mejorar su acústica (en el año 63, 64, 66 y 70) no solucionaron un problema de diseño original de Max Abramowitz, cuya estética opulenta aplana el sonido y desnaturaliza los armónicos. Ese ha sido uno de los argumentos recurrentes a la hora de justificar la falta de mejoría de las distintas secciones de la orquesta.
La donación de Avery Fisher en el 73 supo construir un mejor sonido, aunque lejos de las acústicas del resto de salas neoyorquinas. La sorpresa llegó de la mano de David Geffen, uno de los fundadores de Dreamworks y productor de Bob Dylan o Michael Jackson, y su donación multimillonaria poco antes de la pandemia, que ha permitido reformular por completo el complejo con filas asimétricas y reducción de aforo, solventando la mayor parte de las deficiencias a un coste que supera los 500 millones de dólares. Tan azaroso ha sido el tema que, actualmente, se puede visitar una exposición permanente que explica las idas y venidas de la acústica.
En una de las últimas visitas de Dudamel a la NY Phil, antes de su designación oficial, Deborah Borda enseñó al director las excelencias de la nueva sala, estrenada a principios de la presente temporada. La personalidad del nuevo edificio, con espacios abiertos al tránsito durante todo el día, con zonas comunes, con espíritu de comunidad y diversidad, encajan a las mil maravillas con el ideal artístico de Dudamel. De hecho, es como si le hubieran regalado las llaves del Bentley por su mayoría de edad. M.M.C. ¶
[Foto superior: Danny Clinch para la L.A. Philharmonic]



