Los europeos, según Orlando Figes

Los europeos, según Orlando Figes

ORLANDO FIGES: Los europeos. Tres vidas y el nacimiento de la cultura cosmopolita. Traducción de María Serrano. Ed. Taurus, 2020. 670 páginas.

Orlando Figes es divulgación. Alta divulgación, desde luego. Con amplio despliegue de datos, de análisis de fenómenos, y además de narrativa. No son los suyos libros breves de introducción, sino tratados amplios sobre un asunto que se desarrolla a lo largo de un amplio periodo. Sus tres grandes obras sobre cuestiones rusas son magistrales: El baile de Natasha, La revolución rusa: la tragedia de un pueblo y Los que susurran. Habría que añadir Crimea, la primera Gran guerra, que narra la primera gran Némesis de la autocracia zarista.

El título mismo de El baile de Natasha (Natasha Rostova, protagonista de Guerra y paz) sugiere que se nos va contar la historia de la de la cultura rusa en el siglo XIX, sin concesión a la forzada y también tópica mística del alma eslava. La revolución rusa es un relato detallado. Los que susurran es una historia de la represión estalinista que narra los orígenes del Gran Terror, narra la gran historia y, sobre todo, narra el detalle; es historiador también quien consigue entrevistar a quienes vivieron aquello antes de que desaparezca tu testimonio, y en Los que susurran se muestra Figes más historiador que nunca. Es la historia de cómo unos dirigentes engañan al pueblo, sí, pero en especial de cómo un pueblo se engaña a sí mismo con nefastas consecuencias.

Podría decirse que en Los europeos Figes sigue el mismo esquema de El baile de Natasha, pero tiene un lado muy original, el que integra la biografía con la historia. Esta historia, hay que advertirlo, no es política más que cuando es necesario e ilustrativo para el conocimiento de un fenómeno europeo importante en esos años que van –pongamos- desde los inicios de la aventura musical de Manuel García y sus hijos hasta la muerte de Louis Viardot y de Iván Turguéniev (fallecidos ambos en 1883). Manuel García, escribe Figes, “perteneció a la primera generación de cantantes profesionales que fueron autónomos de cualquier mecenazgo- por parte del Estado, de la Iglesia o de la aristocracia- y que dependió del mercado para ganarse la vida”. Los hijos de García, como ya vimos en el dossier del mes pasado, son María, Manuel y Pauline. Maria Malibran murió demasiado pronto; Manuel se instaló en Gran Bretaña; Pauline, parisiense de sangre española que vivió entre 1821 y 1910, es la gran protagonista de este libro. Con su marido y con su enamorado Turguéniev, desde luego. Pero los tres, que viajaron mucho, que fueron europeos de plena vivencia antes que la gran mayoría, comparten biografía con un paisaje rico, cambiante, que  es el de Europa desde finales de la desdichada Restauración francesa (pocos años antes de la caída de Carlos X) hasta los años de consolidación de los nuevos países, el Imperio alemán y la Italia posterior al Risorgimento. Pero no son estos fenómenos políticos los que interesan en Los europeos, sino los sociales y culturales, de una dimensión política más importante, que van desde la expansión de los ferrocarriles (el ferrocarril tiene un protagonismo muy destacado en el libro, es el motor del comercio y de la globalización de la música y los libros) hasta el desarrollo de los derechos de autor, cuya trascendencia recorre también las páginas de esta obra. Hay una parte de especial interés, a lo largo de todo el libro, sobre la música y la ópera en Europa, su desarrollo, crecimiento y aceptación por públicos cada vez más amplios, la construcción de nuevos teatros y salas de conciertos, la creación de abonos y emporadas, fenómenos de importancia especial para el atisbo de unidad cultural europea que desarrolla el siglo XIX. Una unidad, todo hay que decirlo, que es un ideal, primero de una élite, y pronto desafiado por esa fuerza emergente, imparable, que es el nacionalismo. Como si fuera imposible que hubiera una pequeña europeización sin una rebelión tras otra al pie de los campanarios aldeanos.

Algunas temas son los siguientes. Por ejemplo, el dominio total de la ópera italiana en Rusia, que hizo que La vida por el zar, de Glinka, fuera poco menos que una extravagancia.  Pero una extravagancia llena de italianismo. Fue en esos años cuando la ópera “llegó a ser un elemento unificador de los diversos estados de Italia”. Rossini se convierte en un fenómeno global, internacional (Viena, Londres y, desde luego, París; incluso América). Por entonces estaba vigente el reciclaje de unas partes de tal ópera en tal otra, y Rossini y otros italianos, como Donizetti, fueron destacados recicladores de sí mismos. Berlioz y pocos más se oponían al culto italiano. Se produce el auge de las voces femeninas ante la desaparición de los castrati. Las compañías itinerantes se reducen al principio a los cantantes principales y algunos músicos, pero el auge de los transportes lleva, en el último tercio del siglo, a que viajen compañías enteras, con orquesta y coro. Las técnicas cada vez más avanzadas y baratas de impresión, con grandes tiradas, permitieron a las artes “operar en un mercado más impersonal” [que el financiado por la nobleza], lo que es válido para las partituras y para las reproducciones gráficas.  La riqueza que encierra este libro va más allá de lo aquí reseñado. Es un libro apasionante que nos cuenta cómo se hizo Europa en lo cultural (y lo musical de manera destacada) y cómo un europeísmo cada vez mayor llevó sin embargo a la catástrofe de 1914. Dejamos el libro en 1910, cuando muere, a punto de cumplir ochenta y nueve años, la muy querida Pauline García Briones, Pauline Viardot.